símbolo de ausencia | frank alonso



"The Corridor" de la serie "Locked Ward" por Michael Mazur 


Símbolo de ausencia 

E

n varias ocasiones el individuo se pudiera encontrar en situaciones mundanas, las cuales propulsan a la imaginación al viaje entre montaña y cielo, obligándola a depender de la representación de sí misma por alguna mano, voz y hasta ojo; pues es con tales herramientas que uno se distingue del animal y lograr controlar esos impulsos que suelen llevar justo a la decadencia. En el caso que el individuo se encuentre incapaz de manifestar el aburrimiento y su compañera, la angustia, evitando algún tipo de introversión o exploración, él terminará fatigando ambas caras de su dualismo.  Es aquí que se le invita al lector, que se una a recordar esta memoria, la cual es solo un juego de terapia y que reaccione como corresponde. Dentro de esta memoria, el lector se encontrará nostálgico ante lo que nunca ha sido; como actor en tarima.

Es un martes en la línea de septiembre, y a lo que entras al anfiteatro, rebuscando butaca con tus ojos cansados, sientes el final del medio día y el comienzo lento de la tarde. Entras con un grupo, algunos tus amigos, algunos conocidos, otros de menor importancia y como costumbre, solo piensas en compartir fila con aquel que sabes que te entretendría. Mientras ves a tus compañeros de clase sentados, acomodándose y algunos todavía entrando, irrumpen los pensamientos - ¿De qué nos van a hablar? ¿Cuánto durará? Me gustaría sentarme ahí. – a lo que mantienes tu mirada fijada en el asiento que te corresponde. Te empiezas a sentar y al hacer esto, al bajar hacia los cojines crudos y cocidos, sientes el calor, la energía, la vibración de la gente contraponerse con el frio, el olor y el espíritu del cuarto. Pronto, al ya sentir el asiento, respiras para soltarlo, fijándote en los compañeros que te rodean y parpadeas.

 En la tarima, ves el podio, una mesa, unos papeles, pero nada vivo. Sientes la gente de atrás; el niño que se muerde el labio, sabiendo que esta partido, porque le gusta como duele, como alivia y como lo hace sentir; el que grita con el de al lado sobre cosas que pronto no tendrán ningún tipo de relevancia local, pero se le entiende el escape. A tu derecha, una de las amigas con la cual compartes frecuentemente risas diarias, evitando los llantos; a tu izquierda, la persona que conoces por nombre, pero no por carácter ni por secreto; a su lado, el amigo con quien dialogas diariamente sobre sus intereses compartidos y la dependencia en la idea de la muerte – Todo el mundo vive esperando la muerte y actuamos de acuerdo a ello. Sin ella, sin la fe, no actuaríamos, nos quedaríamos parados, sufriendo, incapaces de soportar lo nuestro. – En la fila frente a ti, encontrabas a otro amigo, el cual envidiabas por tener una inocencia que todo el mundo parecía haber perdido con los pocos años que tenían, bailando con ese sentimiento de estar viejo, numerando todas las cosas que saben.

En la esquina, queda sentada la chica con la cual te sentabas a escuchar sobre sus sueños con tigres y amores, nunca consistentes. Esta te suele hablar de pasada, nunca con paciencia o profundidad, siempre sobre temas agradables. En un momento la querías y aun un poco, pero ya no es de interés, perdida al tiempo. En el centro, la chica que te esperaba a ti, para proyectar sus imágenes subconscientes y demostrarte lo opuesto de lo que esperabas; ella te sentía la frente y te invadía la corriente con piedras que aprendían a nadar contigo y solían hacer más daño, provocar más miedo, sentir más corazón de lo que le habías prometido y terminaban en tus pulmones, negras y jadeantes; alcanzando las estrellas de tus noches y acercándote a la inquietud del silencio; el niño que te admira, pero te hace sentir como si le fallaras; el que tiene una relación bonita y la admiras, pero disgustas de verla; la que te había hablado una noche porque se sentía triste y la confianza en el que no existe es más potente, más corta, que la que surge de los años y el conocimiento; el que alguna vez quisiste como amigo, por observación de sus intereses, pero al hablarle, ver que no era  como te lo esperabas, te desinteresaste. ¿Cuándo empezará? – te preguntas. La sientes correr, la curiosidad que no se basa en ningún tipo de imagen o idea, pero te domina, sin consideración alguna.

 En estos minutos, se corría el hilo, pasándolo de uno en uno, hasta que se cortó por la voz del maestro. Chicos, vayan calmándose que pronto entrará nuestro invitado a hablarle sobre unas cositas que deben conocer. – algo que, solo te deja mitigar tu ansiedad por el comienzo y todavía te deja sin nada que esperar. No sientes nada en específico y sigues mirando memoria tras memoria, a veces deteniéndola por un – ¿De qué se trata la charla? No sé. Pregunté y tampoco sabían. – y continuando fluidamente brincando por escalones flotantes del pensamiento. Piensas en la gente que no se encuentra presente, las olvidas con rapidez. Cuando estás sentando en una butaca, al lado de todas las otras butacas  del universo, el salón lleno, te olvidas de los que se encuentran ausente. Pronto escuchas otro – Vayan calmándose, que se espera que actúen de acuerdo con su edad y se tranquilizan ya. – sentimiento que al ser dicho, trae a todo maestro a la escena, antes quedaban parados ahí, pero no los habías notado. El anfiteatro se ve lleno de estudiantes, maestros, personal y de tu respiración, ante toda la energía acumulada de diferentes seres y diferentes circunstancias. Cuando llega el momento, el maestro anunció – Aquí está él, nuestro invitado a la institución, el cual les estará hablando un poquito sobre su salud. – y al decir esto, entra el orador.

Las paredes de aquel laberinto, lleno de obstáculos metafísicos, se mantenían fijas y derechas. El anfiteatro carecía de ventanas, creando una atmosfera de jaula cuidada, con luces artificiales, puertas voluminosas, conmoción muerta, espíritus cerrados y salidas ardientes. De repente, nada se atreve a respirar, el calor pareció ser dominado por el frio y este flota etéreamente conquistando el espacio y el tiempo.

Ahí queda parado. Hecho de piel y carne desnuda, palpitante y violento. Tiene ojos, pero no tiene cara, no tiene uñas, dientes, labios, nariz, pelo, pestañas, solo aparenta tener ojos y orejas; y con esos ojos, no puede ver nada. Las venas bailan dentro de él, como espectáculo ante el público y él, con sus manos en su cabeza, boca abierta, se queda parado en el centro de la tarima.  Se arrodilla ante los estudiantes y sus infinitas butacas y grita – Perdón. – Sudor le baja por los brazos, la espalda y lágrimas sus ojos. En malas manos, acciones perdidas y pensamientos completos, habían llevado a todos los nombres que tenía. Lo grotesco, ausencia, personalidad, propiedad, sueños, lluvias, cielo, amor, odio, incertidumbre, silencio y otros. Con tantos nombres, queda en el suelo, besándolo y besándolo, hasta que se dejaría comer por el mismo. Su dedos, con cutículas arrancadas, mordidos, recorren las líneas separando las losetas… Y él se para, corre hacia la pared, choca contra ella y luego se soporta de la misma, para no volver a caer. Sus orejas quedan caídas y su cuello cortado, sus pies sangran carmesí ardiente y sus gritos rebotan, circulando toda promesa, de oído en oído. No cede hasta el final; y al final, cae, marcando el silencio por última vez. Al tocar el piso, presento un sonido de finalidad y resistencia. El mundo aplaude.



Frank Alonso es un estudiante que se apasiona por la escritura y la lectura de todo tipo. Practica la poesía y la narrativa en inglés y español, dedicándose a explorar dentro de los microcosmos que crea temas tales como: la dualidad, la cotidianidad, lo místico, lo grotesco, lo psicológico y hasta lo divino. Mayormente toma su inspiración de lo que observa diariamente y de las obras e ideas de escritores tales como: Virginia Woolf, Jorge Luis Borges Julio Julio Cortázar, Arthur Schopenhauer, Martin Heidegger y Carl G. Jung.
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