"esto es una morgue, no una cafetería. ¡gracias!" | nomar nikko borrero




Nomar Nikko Borrero


L
eía el viejo letrero sobre la puerta. Fue lo primero que notó al abrir los ojos. El silencio lo había despertado, el inquietante sonido de la nada. Se sentó con dificultad tratando de asimilar 
el porqué y el cómo había llegado hasta allí. Sus extremidades no respondían de manera normal causada por una rigidez extrema que aún no entendía. La mesa donde se encontraba acostado se sentía helada e incómoda, la sábana blanca que lo cubría tenía un hedor nauseabundo que rondaba entre la putrefacción y el vómito. El dolor extremo en su cuerpo era algo que jamás había experimentado. No lograba mover su cuello y tan solo podía girar su torso con lentitud para observar alrededor. Miró sus manos y vió una multitud de arañazos profundos que se desplazaban por sus brazos. Las heridas se veían rojizas creando un contraste con su piel pálida. Tocó su rostro y aunque la sensación en sus dedos era casi inexistente estaba seguro que el contorno de su cara estaba muy lejos de ser el mismo que alguna vez tuvo. Su cabeza estaba tiesa e inclinada hacia un lado. La quijada permanecía fija pero en un ángulo irregular y su lengua, de ninguna manera, cabía por completa en su boca.

―Cristina… balbuceó con dificultad a la vez que sus manos llegaron al cuello. Una larga herida lo rodeaba por completo hasta donde dejaba expuesto el hueso en su totalidad.

     Se acordó de los último enfrentamiento con su amada. De la manera en que aquella mujer sonreía y se burlaba de él. Del atrevimiento de escupirle en la cara insultos como poco hombre o impotente. De lo mucho que disfrutaba acostarse con otros y lo viva que le hacía sentir. Luego recordó el placer divino de apretar su garganta, ver su cara tornarse morada y la vida escapar de sus ojos repletos de capilares rotos. Pero todo había sido demasiado rápido.

     No estaba conforme. Sin saberlo, él había esperado más de ese momento. Ahora comprendía que tan solo le había entregado en bandeja de plata la salida más rápida. La más conveniente para ella. No era justo. La satisfacción no llegó cuando Cristina se tornó inerte y dejó de enterrar sus uñas en su piel. La paz jamás hizo su tan esperado acto de presencia cuando ató la soga a su propio cuello poco después. No. Ella lo había desafiado hasta el final y aún después de muerta él estaba seguro que reía desde el más allá. Cristina pagaría por lo que hizo de una manera u otra, viva o muerta, cuantas veces fueran necesarias. Personas como ellos siempre terminaban en el mismo lugar. Solo tenía que seguirla, así podría vengarse.

     La certidumbre de que pronto la vería de nuevo le trajo una malformada sonrisa en un rostro deforme. Escuchó pasos y volvió a acostarse sobre el metal congelado.

     Un hombre de bata blanca entró por la puerta creando un estruendo mientras comía un emparedado. Se acercó a la mesa e hizo un examen de las herramientas acomodadas en 
orden. Tragó el bocado y sacudió las migajas de su ropa de manera descuidada. Fue hasta donde se encontraban los pies del ocupante de la mesa y levantó una etiqueta atada a uno de sus dedos. Luego tomó la escápula en su mano.

―¡Comencemos, Edgardo Martin! Sorpréndeme, muéstreme qué secretos esconde. A ver, dígame: ¿qué te hizo ser tan mala persona? ―dijo con una sonrisa burlona ―¡Se me olvidaba! Los muertos no hablan ―añadió con una carcajada dándole unas palmadas en la cara.

     Colocó el filo sobre el centro del pecho y comenzó con la primera incisión rutinaria de la autopsia mientras silbaba alguna melodía fuera de tono que le molestaba más a Edgardo que el hecho de que le estuviese abriendo el pecho. El cuerpo había decidido volverse cuerpo, así podría seguir a Cristina hasta el mismo infierno de ser necesario sin ese conjunto de carne. No se rendiría hasta verla sufrir, por segunda vez. El dolor de las incisiones era cada vez menor, apenas ya sentía nada y estaba seguro de que pronto pasaría a su próxima parada.

―¡Maldito! ―gritó un hombre obeso con una envoltura de papel en la mano mientras se acercaba a la mesa. ―Eres un sucio, ¿porque no me habías dicho que tenias una modelo aquí?
―Bah, ni tanto. Pero échale un vistazo, está en aquella mesa ―le señaló.

Dando un enorme mordisco a su hamburguesa, el guardia de seguridad, caminó a donde le había indicado su amigo.

―Aquí no hay nada, mentiroso… ―le dijo tras levantar varias de las sabanas
―¿Que dices morón? ―le contestó sacando sus manos ensangrentadas.

     Se dirigió a la ubicación de su próximo trabajo donde se encontró con una mesa vacía. Se dobló y recogió un familiar papel rectangular del piso. Era una de las pequeñas etiquetas utilizadas para identificar cadáveres.


―Cristina Martin… leyó en voz baja. Ambos hombres se miraron, boquiabiertos.

     Al escuchar su nombre, el desespero se apoderó de Edgardo, quien trató de moverse. Pero ya su cuerpo se negaba a responder y comenzaba a sentirse desvanecer. Gritó y maldijo en silencio el nombre de la mujer que lograba escapar del infierno que merecía. La que el juró llevar en persona hasta el más allá.

―¿Escuchas eso? ―susurró con horror el hombre cuya comida ya había pasado al olvido.

El pelo de sus espaldas se erizó con el perturbador sonido de las carcajadas de una mujer.



Nació en Mayagüez, Puerto Rico, en el año 1975.  Se crió en New Jersey hasta los 10 años y, tras ese tiempo, se mudó a San Sebastián. Amante a la lectura desde niño, e inspirado en preservar las historias de sus abuelos, no fue hasta el 2014 que empezó a compartir sus escritos.
Sus trabajos se pueden encontrar en las antologías de Laberintos (2016) y Frightened (2017) además de varias colaboraciones por publicar en las antologías de El Cafetal (2017), En la Vejez (2017) y Pecados y otras Fechorías (2017). También está trabajando en su proyecto más ambicioso Bajo La Sombra del Yagrumo y otros relatos que tal vez sucedieron (2017-2018).
 
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