ahí viene iris chacón... | cecilia argüelles ramos

cecilia argüelles ramos 


Ahí viene Iris Chacón, ahí viene Iris Chacón...

 

 C
 ae en un sueño profundo, abismal, flota en cavilaciones oníricas y de repente, escucha que en la sala el televisor está encendido, de donde proviene el canturreo tropical y sudoroso «Ahí viene Iris Chacón, ahí viene Iris Chacón...». Quiere levantarse y caminar hasta su macho. Tato, hipnotizado, con los labios entreabiertos y haciendo el ruidito ese que la pone bieeeeen bellaca, tiene en la mano derecha su trozo de carne y nervios; dándose el gusto más fiero. Ella llega y mira al televisor. De la pantalla salen dos pedazos de carne descomunales contoneándose de lao’ a lao’ forraditas con unas pantimedias y ataviadas por un reguerete de flecos dorados que se menean al ritmo del desparrame carnal. Son las asombrosas, las fenomenales, las extraordinarias, las deliciosas, las divinas, las taumatúrgicas nalgas de Iris Chacón, La Vedette de América.

     Ella no quiere interrumpirlo, pero quisiera tanto que Tato la agarrara, la restallara en el mueble y se lo metiera al ritmo de «Ahí viene Iris Chacón, ahí vienes Iris Chacón…». Pero no lo hizo, porque siempre es lo mismo: ella queriendo embutido y él tan puñetero, pajero y lejano. Ella, con esos deseos de los que te asfixian, de los que dan ganas de quitarte to' porque el panty ya lo tienes bieeeeen mojao’, pero Tato siempre con esa cara de hastiao’, de ido, de «jódete, que no es conmigo», de «tengo ganas de chingarme a toas’, menos a ti».
Ni modo… Ella, bien bellaca regresa a su cama y como da’ no se va a quedar, otra de tantas veces, se da deo’ intenso una y otra vez, una y otra vez y una y otra vez hasta que comienza a sentir que unas nalgas se van posando en su cara. Unos perniles tiernecitos que valen su peso en oro, carne grado A, jamón del Cairo, bizcocho de tití; se mueven como tembleque navideño como cuando cierras la puerta de una nevera boricua. Esas nalguitas van pal' frente y pa' atrás, pal' frente y pa' atrás y pal’ frente y pa’ atrás y los flecos dorados también se mueven al mismo ritmo encharcaitos de sudor.
     La contrallá de Iris lo hace muy bien, muy diestra la nena. No eran embustes de la TV, se mueve taaaaan bien que con un candente vapor provoca que Ella tenga deseos de sacar la lengua mientras se sigue dando deo’. La Iris, bien golosa, se acomoda mejor para sentir el bailoteo lingual que le estremece el budín almibarado. Pero lo que acaba de joder la cosa es que mientras la Iris se remenea como putibatidora, los flecos dorados del gistro de la Iris le rozan las tetas a Ella y esto sí que la pone bellaquérrima

     Tato, como no es ningún pendejo, entra al cuarto y ve que Ella se da deo’ mientras le pasa la sinhueso a la Iris y que esta se retuerce como epiléctica. Tato se lo quita todito, menos las medias, y esnuíto y rapidito y con mucho desespero se lo mete por el culo a la Iris; sin compasión ni vaselina. A Ella no le encanta la idea, «¡Carajoooooo!, ¿por qué no me lo mete a MÍ?», pero ya estaba jarta de cuestionar, de pataletear, de hacer garatas y lloriqueos. Ella se quería venir y punto, y decide dejarse de musarañas, de sandeces, de pendejaces; y pues, ella se sigue dando deo’ mientras le da lengüita viperina a la Iris y coge del malango de Tato, bien furcia, por el culo.

     Fin de la sesión triple X; “Despierta, mami”. Su hija, Tati, la encontró tiesa, gélida. Intentó despertarla con palmadas en la cara, casi gritándole el mismo "mamiiiiii", como cuando se encabronaba con ella, pero este “mami” sonaba distinto.
Tati siempre había trabajado con modelos: con los «corre que está a punto de llover y se le riega», «no más, que se nos acaba el magic hour», «pero por qué carajo dejaste el spray, si sabías que había que hacerle teasing». También para quinceañeras: «me salió este barro bien asqueroso, please tápamelo», «esta salió al pai’, sin pestañas. ¿Le puedes poner postizas?», «me le haces blower y plancha, no quiero que salga en las fotos con la sereta esa esgreñá», «este makeup está muy suave, pónme más aunque mami se ponga a joder».

     Tampoco faltaban las que estaban a punto de dar el salto al abismo y que antes del acto suicida la llamaban para sacar cita y dejarlas de magazine a ellas, a su séquito y a la ristra de mujeres de la familia: «mama, déjame regia porque el bien cabrón invitó a la ex, sí mija, bien cabrón, es que la bien puta es su mejor amiga», «no maquilles muy too much a las demás, ponme a mí más fierce», «sé que te dieron instrucciones, pero yo no quiero ese maquillaje, a mí me haces otro, ah y ni se te ocurra hacerme los bucles esos de vieja».

     También para las doñitas podridas en chavos que necesitaban cirugía rush porque para tal evento tomarían fotos para la sección de sociales de las revistas más chics del faranduleo nacional. Mientras las arreglaba unas convertían a Tati en confesionario viviente:
«ay nena me harté de los cuernos; ahora me tiro a un pollito y soy feliz»;
«jamona, pero nada de monja, que de vez en cuando me doy mis encajás»;
«ay el otro día estaba picaíta, pero me hice la borracha para tirarme a dos a la vez, así me libro de que hablen mierda»;
«bah a ese me lo tiré casi frente a la mujer, pero la bien pendeja ni cuenta se dio»; «ojos que no ven, corazón que no siente, allá él si se tira a quien sea, después que nunca me entere»;
«hum, a mí me está que la hija de María Eugenia es pata y si no, raspa y pinta».

Tati conocía las ansiedades, las diabluras, los dolores, las envidias, las puñalás traperas y los embustes de cada una de sus clientas.  Sin embargo, hoy sería... diferente.

  Llegó con su caja de herramientas. El asistente de la funeraria le abrió la puerta de la habitación donde cada cuerpo espera pacientemente su turno; nunca había entrado a una. Hace mucho frío y percibe un olor muy particular; apesta a muerte. Tiene náuseas, se le han parado los pelos.
Mira al fondo y allí está, completamente desnuda sobre una plancha de metal. Tati se acerca lentamente y la ve. Tan ida, tan callada, sin nada nuevo que contar; como siempre. Pero hoy hay algo distinto. Cree ver una leve sonrisa en su rostro; la que siempre le negó.

     Nunca te perdoné aquella noche que me diste una pela por preguntar por papi, ni por la otra porque prendí la estufa solita para hacerte café porque llevabas días tirada en la cama, incrustada como un ácaro o por aquella otra que hizo que no volviera a casa nunca más. Ese día que llegué a las tantas de la mañana y me preguntaste  dónde carajos estaba y cuando viste que por mis piernas bajaba la leche de Miguel, no me quitaste los puños y las patadas de encima.  Realmente no eran tus golpes los que me jodían, era ese desierto en tu trato, tu enajenación, tu embeleso, tu espera constante… Siempre detrás del culo de papi y nosotros, ¡un carajo! Tus silencios fueron siempre alfileres de insultos y espinas que abrían mi carne, porque tu rabia era tanta y para nosotros solamente, era todo tu veneno.

     Pero hoy he leído tu carta... Y sí, traje las pestañas postizas, el lipstick rojo, las sombras y el colorete, como tú le decías. Tampoco olvidé la peluca de cabello largo, rizo y rojizo. ¡Y vas a morir!, conseguí que Willie hablara con una amiguita para que nos regalara uno sus trajes de los shows de draga. Es también rojo… ¡Te va a encantar!



Nacida en Utuado, Puerto Rico.  Procura por la vida siendo actriz, locutora, productora, profesora y escritora.  Amante del arte, la naturaleza, los animales y el café.  La conmueve  la lucha por la equidad y justicia social. Actualmente colabora con la revista en red Mujeres con Visión. Cuentas de Twitter e Instagram @CeciliArguelles  

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