poemas de camila ayala




 La Coronación de María

La mujer se viste de cardenal el sábado y el domingo asiste a misa de albar.
Hasta el día de hoy, se desconoce del lugar en el que vivía
Da igual vivir en una casa, 
en un refugio o en una pocilga 
si los cuartos no tienen ventanas.
Aquí se sueña con que llegue el domingo 
y los días todavía no los ha comenzado a contar el Señor
Si Dios pudo descansar al séptimo día 
¿podré yo quitarme el collar de perro que me sofoca?

El corsé ya me ha triturado las costillas
¿Seré mujer al fin que las palabras me saben a sangre?
Hoy es el séptimo, el sexto, el quinto día y Dios ha descansado toda la semana.
Las rodillas me duelen al doblarme a rezar
¿Cuántas veces me puede doler un músculo 
hasta que el cuerpo se acostumbre a la incomodidad?

Hoy es el cuarto, el tercer día
Y si Cristo resucitó al tercer día 
quizás pueda yo volver a sentir las piernas.
Hoy es el segundo, el primer jodido día
Y todavía no he aprendido a hablar. 
Me tiemblan los labios 
y por primera vez puedo formar la palabra
(Auxilio)

Quizás si me pinte de la virgen María 
haya lugar para mí en el cielo
Oh Dios, si en algún lado te encuentras
Te pido que protejas mi alma, si alma me queda.





Metrópoli

Los domingos se desperdician únicamente en caminatas inanes alrededor de la ciudad.
En la oscuridad todo luce igual y las sombras de las putas 
se confunden con las de los matones.
Hace seis meses hubieses disfrutado andar de la mano y contar en voz alta 
cada uno de los rótulos luminiscentes que adornan a las barras 
adoptadas por los ebrios y los solemnes; si tan solo ellas me adoptaran a mí.

Más embriagante que el licor 
es volver a cada uno de los callejones donde hicimos el amor. 
Ahora las ratas se han adueñado del santuario que un día fue nuestro.
Me pasan por el lado los hombres del barrio 
con los ojos tan punzantes como las cuchillas que esconden, 
mas no les temo.
Moribundo soy desde el día en que te fuiste. 
Esta noche solo temo encontrar el amor en la misma persona 
que lo perdí aquel día.



Carta 1

A mí nadie me advirtió sobre la manera en la que funcionaba el amor. 
Mi madre describía aquello tan tierno y lozano, 
conociendo bien que ella pretendía ser amada 
por un hombre con el corazón envuelto en alambre. 

No la culpo, siempre he pensado que las personas comienzan a encogerse 
por el miedo a perder el cariño; 
tanto así que lo que prevalece son unos ojitos de canica 
y las manos arrugadas de tanto unirlas al rezar. 
Quizás no sea al amor a lo que le tengo pavor, 
sino a lo que lo inspira. 

Quisiera poder explicarte que este temor que siento no es controlable
que el miedo ya se ha alojado en mi garganta y me prohíbe hablar. 
Quisiera decirte que te amo, 
aunque tu voz suene como los ladridos de un perro hambriento.
Que te amo aunque tus besos sean mordientes y dejen la bacteria en mi piel. 
Te adoro y eso es suficiente 
como para tolerar una eternidad siendo devorada por una jauría 
con la esperanza de que algún día 
se aquieten y obedezcan a su dueño. 

© 2015 Convergencias Editores. Con tecnología de Blogger.