poemas de andrea daniela gorrín sepúlveda

a. gorrín sepúlveda


Lugar Idílico 

Sobre su hombro veía 
sus manos tocando el mundo.
Descansando las mil y una miradas,
acariciando su cabello al caer por su cuerpo desnudo.
Veía cada lunar, cada poro de belleza.
Nada imperfecto,
todo sereno, todo grato… 
y bajo recóndito e informal silencio
el tiempo comenzó.
Como comienzan los besos más deseados 
y los días se convirtieron en segundos
a causa de su aliento puro e inquieto
que lograba escaparse de esa cárcel 
rojiza, húmeda 
a la que llama “labios”. 

¡BÉSAME!
Gritaba
con un susurro certero.
¡BÉSAME! 
Ansiaba
apretando acaricidamente todo. 
Pues éramos los únicos en aquel locus amoenus;
Solos, revolviéndonos (por dentro) entre las ramas del Edén. 

Pero el tiempo fue limitado, 
los segundos se convirtieron en días 
y el lugar perfecto llego a su fin.
¿Cuándo volverá? 
Gritamos;                                                                                                                         
aún no lo sabemos.
¿Cuánto tardará? 
Insistimos;
imposible contestar.
Solo se oían aquellos alientos a la distancia,
libres al fin de aquella cárcel penosa. 
Aquel lugar perfecto derramándose por nuestros dedos
sus dedos/ hechos de casta pureza  
que ahora, con ganas mortales
besan esta piel tan amorfia
mientras se encuentra con sus ojos 
que sobre sus hombros la estudiaban
con lujuria y atrevimiento
imaginándola, reconociendo lo cierto;
lo maravilloso que reside en su alma;

mientras le hace extraordinariamente el amor.



Oda a la pregunta

Amor, 
algún día me harás una pregunta.
Te destrozaré/ desnudaré el alma alguna noche,
sabiendo que te grabas penas en la piel
 a carne / sangre viva.
Penas que desconocemos / desconoces,
que te empeñas por descubrir,
volando, alucinando, jubilando,
dejando pedazos a merced de la palabra pronunciada.
Soy yo, amor
quien clava sus penas (sus preguntas) en ti.
Quien arrebata su alma contra tu piel
porque vos me has enseñado a dar pasos
por los rincones de la duda, del por qué (…)

                                                          (si/no)



Para los poetas 


Me llamarás poeta si dedico mis palabras

al amor, a la patria, a la vida y a la muerte.

Llámame poeta si te digo nuevamente

que el infierno es luminoso y el alma es decadente.

Me llamarás poeta si te lleno la mente 

de ideas con gran ímpetu y discordancia
y lograré trascender a la vida en la que aciertes 
que he de prorrumpir despacio, no repentinamente.
Me llamarás poeta si mis versos son instantes
en los que relacionas con sentimientos incesables 
de aquellas intransigencias y largas disputas, 
de las vidas anteriores y sus colecciones de estaciones. 
Me llamarás poeta cuando encuentres las respuestas 
o adquieras, aunque sea, cierto grado de conciencia 
en el que has de descubrir que -quizás- no soy poeta 
pero que todas estas letras -sin duda- son dirigidas a usted. 


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