las golondrinas de melín [nomar nikko borrero]

n. nikko borrero



El eco del llanto era tan fuerte que retumbaba por toda la casa. Ricardo despertó quedando sentado en la cama. Su corazón latía con fuerza. Pequeñas gotas de sudor que se habían formado en su frente comenzaron a bajar al unísono de sus latidos. Su mirada se encontró con la de su esposa, quien le dio la impresión de llevar rato despierta. Su expresión era una de molestia y desespero. Una que Ricardo conocía muy bien.

—Te toca a ti —dijo la mujer en tono lúgubre.

—Raquel, cariño… —comentó el esposo con calma.
—Yo fui anoche —le cortó, con una media sonrisa; triste y empática.  

—No, mi vida —reprochó.
Tú, ni te despertaste anoche. Y de hecho, después de calmar al niño, tuve que lidiar con tus ronquidos hasta que el sol decidió terminar de arruinar cualquier oportunidad de sueño.

El hombre miró a la mujer de ojos cansados. La conocía lo suficiente como para saber que no cedería. Acercó su mano al rostro desvelado de su esposa. Ella echó su cara hacia atrás evitando la muestra de lastima disfrazada de cariño. El llanto seguía consistente y Ricardo estaba seguro de que su hijo no detendría su escándalo hasta que uno de ellos lo tranquilizara.  

—Estoy cansada de que me hagas lo mismo todas las noches —señaló la mujer visiblemente emocional.—Me prometiste que me ayudarías y son innumerables las veces en que no te levantas y soy yo la que tengo que quedarme con él hasta que se canse.  

—Raquel, tranquilízate, amor. No lo hago a propósito. No es mi culpa que mi sueño sea pesado. Además, sabes que siempre has padecido de insomnio.

—No, Ricardo, —respondió, levantando los brazos casi en modo de súplica.padezco de insomnio desde que él nació. Y sé que hay veces que lo escuchas y prefieres hacerte el dormido para que sea yo quien lo atienda.  

El llanto, más fuerte ahora, llegaba en intervalos breves; los quejidos de un bebé que se queda sin aire al llorar por largos periodos. Ricardo volvió a acercar su mano al rostro de Raquel. Esta vez ella se permitió sentir su caricia. Una lágrima se encontró con su mano a mitad de mejilla. En un gesto sutil, la secó con uno de sus dedos.

—Voy mi amor, papá va ahora —vociferó Ricardo lo suficiente fuerte para que su hijo lo escuchara, pero lo suficiente dulce para que supiese que no estaba molesto.

De inmediato el llanto del niño redujo su intensidad, convirtiéndose en un sollozo pausado con indicios de cansancio. Raquel tomó la mano de su esposo y la apretó con fuerzas. Y aunque trato de sonreír, Ricardo pudo ver claramente el reflejo de un alma rota y perdida.


—Llévale su osito, siempre lo tranquiliza.

—Está bien —asintió.  

Raquel le soltó la mano permitiéndole levantarse. Ricardo se detuvo y la miró con gesto de genuina curiosidad.

—¿La finca de Don Tomás? —preguntó sonriendo.

—No, amor, esa fue la que le cantaste anoche —apuntó Raquel y al terminar la oración se cubrió la boca como quien dice algo de lo que se arrepiente de inmediato.

—Esta bien mi cielo... —le aseguró el esposo.

—Perdóname... mis noches han perdido sentido. Las horas no tienen significado alguno que no sea el de prolongar mi martirio. A veces me despierto y me encuentro parada frente a la ventana. Luego me pregunto cuanto tiempo llevo ahí... ya no se nada... —se lamentó la esposa con los ojos humedecidos.

—Escúchame, yo iré hoy, ya estoy levantado y pude dormir algo. Tú, mi vida, quédate y descansa. La próxima vez te toca a ti, ¿está bien?

—Cántale...

—Las Golondrinas de Melín —se adelantó.

En respuesta ella sonrió. Una sonrisa tenue y abatida.

—Sí, las golondrinas de Melín... Su preferida.
Dicho esto su mirada se quedó fija. Vagando en un recuerdo grato perteneciente a un momento fugaz, vivido demasiado deprisa. Un momento cuando su vida era más sencilla, llena de noches apasionadas, amaneceres románticos y amores intensos. Raquel cerró sus ojos y con un suspiro pasó a la tierra de los sueños y las pesadillas. Ricardo se tomó un instante para admirar a su amada. Se acercó a ella y le subió las sábanas hasta el cuello. Ricardo besó con delicadeza su frente.

—Descansa cariño —susurró.

En ese preciso momento el llanto del niño tomó fuerzas de nuevo, provocando un estruendo tras el breve lapso de calma. Como si supiera que su mamá se acababa de quedar dormida y que esa noche no la pasaría a su lado.

—Ricardito, voy mi pequeño —comentó su papá tratando de consolar al niño.  

El llanto se intensificó.


—Voy bebé, voy —anunció con calma.

Ricardo salió de la habitación cerrando la puerta con delicadeza. Camino hasta el final del pasillo y entró al cuarto de juegos de su hijo. Se acercó a un tablillero lleno de peluches y juguetes buscando el venerado animal relleno de algodón.

—¿Dónde estás? —se dijo a sí mismo al no divisar el objeto.

De imprevisto sintió algo suave rozar su pie. Siguiendo su instinto, se agachó y buscó con su mano hasta sentir el fiel acompañante y amigo de juegos de su niño.

—Te tengo —murmuró levantando victorioso el oso.

Ricardo miró a la criatura inanimada en la oscuridad de la habitación y aunque apenas lo podía ver, estaba muy familiarizado con su aspecto. Era un poco mas grande que la palma de su mano, su pelaje, color marrón pálido, estaba manchado y maltratado por el sin número de veces de haber terminado nadando en la piscina; y por más que le decía a Ricardito que su mejor amigo no podía nadar, el niño seguía insistiendo en hacerlo, tal vez esperando hacer quedar mal a sus papás. Un pequeño destello de luz, producto de un reflejo, rebotó en el ojo que le quedaba al oso y le recordó la última aventura acuática en la que fue partícipe. Había permanecido tanto tiempo en la piscina junto a su hijo que el hilo que sujetaba su ojo izquierdo se había debilitado hasta deshacerse.

Los llantos del niño tronaban ahora sin cesar, sonando más fuertes que nunca. Ricardo apretó el peluche en su mano y luego, tras de una breve pausa, salió del cuarto dirigiéndose a la cocina. Al llegar, salió por la puerta que daba al patio trasero, no sin antes recoger un viejo abrigo colgado en un perchero en la pared. Cerró la puerta tras él y caminó a lo largo de la piscina que ahora se encontraba descuidada y vacía. Se sentó en una vieja silla de resina que poseía las cicatrices de un objeto abandonado a la intemperie. Junto a ella estaba situada una pequeña mesa. El padre suspiró y con ojos llorosos colocó el pequeño oso frente a la cruz de madera rodeada de velas en varios estados de consumo.

Ricardo comenzó a cantar a la vez que encendía las velas.

Las golondrinas de Melín,
¿dónde están?
Ya no están aquí,
¿y porque?
Porque se fueron a dormir.

Ricardito dejó de llorar.
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