la selva [luis gabriel morales guzmán]






No pude esperar más y comencé a abrirme camino entre la multitud: ¡tenía que ser parte! Quería probar una dosis más concentrada de esa extraña mezcla de excitación con miedo que provocaba ese lugar. Para solamente observar de lejos y oler la peste a moho y aguas estancadas mejor no hubiera venido.

Sumergida en la bruma negra de gente mal oliente me guiaba hacia donde la atención de todos estaba puesta. Tenía una idea de lo que me esperaba, pero aún seguía colándome por la conmoción.

Los golpes se podían oír a pesar de los exaltados gritos de la multitud. Traté de cruzar por el lado de un grandulón, pero mi cartera se enredó con la cadena de la suya. Fue un inconveniente bastante incómodo. Instantáneamente percibí que todos esos objetos que usaban (pulseras con pullas, correas con cadenas y todo lo demás) no estaban ahí por estética. Imaginé el daño que podían infringir y empecé a preocuparme. No quería estar ligada de ninguna forma a un gorila sádico apestoso a sudor. Traté de desenredar el fino cinturón negro de la cartera, sin que se diera cuenta, pero fue algo que no pude hacer con mucha efectividad. El hombre se fijó que había estado forcejeando con su cadena y me estaba mirando con odio. Esta manada no era conocida por su amabilidad con los extranjeros. Aunque me haya tratado de camuflar como ellos se darían cuenta que no soy de su manada porque de perfume no usaba sudor.

—Cuidado con lo que haces —gruñó, al parecer creyó que yo intentaba robarle su cartera.

—No-no, no pienses mal; yo… —me agarró por mi hombro.

Seguramente llegaría con la boca rota a mi casa: no era bueno. Sabía que era un peligro estar ahí y aun así me arriesgué. Cerré los ojos, esperando lo mejor, pero el gorila ese me levantó sobre la multitud, como si fuera cualquier cosa. Con histeria traté de agárrame de su cresta violeta y negra, pero el gamberro ese me lanzó hacia al frente. 
 
—¡INFELIZ! —grité de camino al suelo.

Estaba molesta y adolorida, pero podía caminar, algo tiesa, pero caminaba. No podía esperar nada más de una bola de salvajes. Me levanté. Enseguida traté de buscar el lado bueno a la situación: ¡estaba en primera fila! Al menos, eso creí. Cuando vi que venía a mí el chico que le destrozó la cara al otro con el pavimento, me di cuenta que estaba en la arena.

—¡No! Nononono… —grité haciendo señas histéricas de negación—, yo no vengo a retarte.

—Cruzaste la línea: ¡pelea! —me retó de arrebato.

—Sólo quería felicitarte —no se me ocurrió nada mejor y seguramente no se me ocurriría nada peor que eso.

El chico comenzó a tomar una pose ofensiva. ¡Me iba a quebrar toda! Comencé a caminar alrededor de él, tan distante como la gente me permitía alejarme y teniendo cuidado de que no me empujaran adonde la bestia esa. Sé que quería desmembrarme para luego alimentar sus mascotas conmigo.

Para percatarme de cuan grave era el asunto y asustarme más de que lo ya estaba, miré detenidamente el aspecto del chico. Tenía las manos llenas de sangre, prácticamente como si se las hubiera lavado en la de su contrincante; aún a la distancia que estaba se podía oler. No tenía camiseta y era flaco con músculos pequeños, pero fuertes como un felino grande. Su nariz era perfilada y larga: muy hermosa para ser la de alguien que se dedicaba a romperle las de los demás. Se sacó su macabro cabello rojizo de la cara manchándola con sangre, y vi su mirara perversa. Ya era suficiente: “me voy”.

          Me volteé para tratar de escapar, pero ellos no me dejaban: las apuestas habían corrido. Traté de empujar, mordí y aruñé todo lo que pude. Grité pidiendo ayuda y hasta lloré, pero lo único que hacían era reírse de mí y cerrarme el paso. Alguien me haló por mi blusa hacia atrás, y la desgarró. Se trataba de mi contrincante. Casi me dejó siendo comida para todos los ojos de esos cerdos. Sólo esperaba no tener que deleitar su paladar. Con la mano izquierda subí el lado suelto de mi blusa para cubrir el sostén y dejé la otra lista para defenderme.

—Vermilión, Vermilión… —gritaba la multitud de simios perturbados.

El chico, que aparentemente se llamaba Vermilión, arremetió contra mí nuevamente. Yo, en cambio, no iba a dejar que me matara y mucho menos que me desvistiera frente esa manada de buitres hambrientos. Solté mi blusa y con las dos manos agarré el cinturón de mi cartera. Llevé mis manos hacia atrás como si sostuviera un bate y cuando se me acercó, le descargué ese monumental golpe en la cara que lo envié al "séptimo infierno”.

¡Ja! Obviamente no iba venir desarmada a ver una partida de bestias pelear en un alcantarillado. Ante de bajar, arranqué un ladrillo de una muralla y lo metí en mi bolso. Eso no era todo, no sabe lo que le esperaba si me hacía sacar el gas pimienta.

—¡La nena! ¡La nena…! —creo que eran mi minúscula fanaticada apoyándome.

—La nena no, me llamo Liz —grité llena de excitación.

Por un momento pensé que lo disfrutaba, pero recapitulando lo que pasaba: estaba en una pelea clandestina midiéndome con un chico que aparentemente esta noqueado después de quebrarle un ladrillo en la cara.

—Espero no haberlo matado…

—Recuerda que los gatos tienen 7 vidas —alguien me gritó de la multitud.

Intuitivamente le di la espalda a Vermilión para ver de quien se trataba. Estaba muy enfocada en encontrar quien me habló para notar que la cosa aquella se paraba nuevamente. No pasó mucho para sentir un ardor seguido de un inmenso dolor en mi espalda. El tipo ese me había cortado con algo. Caí rendida en el suelo del dolor.

Vermilión me miró y supe que me haría pagar con creses lo que le hice. Se sentó encima de mí, pero no antes de que yo sacara el gas pimienta. Cuando se acercó lo suficiente, se lo eché en los ojos.

—Perra maldita —dijo echándose al lado contrario al que yo me eché cuando compartí del mismo gas irritante que le regalé.

Chillé como cachorro maltratado, por el ardor. Esas cosas no funcionan como yo quisiera. Eran un arma de doble filo, pero dolían más de lo que imaginaban. Esperaba que con eso fuera más que suficiente, pero lo que vino después me asustó aún más. El chico rujió como una fierra, el sonido era tan violento que me dejó inmóvil. Mis músculos no reaccionaban, estaban tiesos del terror. Era la misma reacción de las presas que se quedaban estáticas ante el rugido de una fiera.

Con el ojo que me quedaba, pude ver cómo me mostraba sus filosos colmillos y corría en cuatro patas, hacia mí, dejando un rastro de colorante escarlata dondequiera que tocara. La concentración del miedo fue tan grande que me intoxicó. Dejé de respirar y el habla me abandono por completo. La multitud comenzó a huir del lugar y alguien empezó a halarme hacia la estampida con mucha rapidez.

Sólo podía ver las largas patas de esos caballos de pelaje negro y con crines que tenían verde, rojo, violeta o hasta azul. Entre ellos se habría camino la fiera, tratando de alcanzarme con locura. Transpirando sangre e irradiando rabia. Me mataría si no hacía algo, y no podía moverme. Solamente podía observar que se hacía cada vez más opaco el hilo rojizo que dejaba a mi paso mientras ese desconocido me arrastraba fuera de todas esas bestias que me pateaban y me pisaban con sus solidas herraduras.

Moriría en una alcantarilla, a varias cuadras de la urbanización donde vivo. Sería arrasada por esa violencia que yacía debajo de nuestros pies, que, aunque estuviera al frente de nuestras narices, permanecía invisible y ajena para muchos. Sería mutilada, destruida y devorada, sin que nadie pueda hacer nada.

La pestilencia, el olor a moho y a orín: que mal lugar para morir... Permanecí mirando hasta que pude percibir el fin. No era difícil reconocerlo. Siempre tiñe todo de negro con rojo.

L.Gabriel Morales es oriundo de Utuado. Nació el 1988, siendo así el tercer hijo en su familia y desde su adolescencia mostró gran interés por la literatura juvenil por lo tanto ese vendría siendo el género que aspira escribir. Lleva 10 años escribiendo, además estudia Química en la UPR Recinto de Rio Piedras y donde espera conseguir estudio graduados.


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