en resalto [Gael Solano]


En la edición Volumen 4 No. 2, Caminos Convergentes destaca al escritor español Gael Solano. Nació en Vitoria, España, en el año 1978. Su amor por las letras se hizo patente a muy corta edad, pero no fue hasta probar en varias profesiones que decide dejarlo todo para sumergirse de lleno en su pasión; la escritura. 
En su haber cuenta con 7 libros publicados, una mención honorífica internacional y trabaja como Director del programa escolar en el Festival de la Palabra. También es colaborador asiduo de varias revistas y blogs y nunca se cansa de acudir a dar charlas o talleres para aquellos amantes de las palabras.



El destino del gorrión



Memento Mori.

No conseguía sacármelo de la cabeza.

Memento Mori.

     Era algo demasiado profundo para analizar allí, desnudo, después de haberme acostado con Carol. Miré a mi amante que tenía los ojos entrecerrados disfrutando relajada con los vestigios de su último orgasmo y pasé mis dedos con ternura por su cara.

Era guapa, de las chicas más guapas con las que me había acostado; de hermosas curvas e inteligente; pero no había sido aquello lo que me hizo llevármela a la cama…

—Eres un quetzal. 

—¿Qué? —me preguntó saliendo de la modorra en la que estaba sumida—. ¿Es alguna especie de insulto?

Sonreí ante su ingenuidad.

—Es un ave.

Lanzó un suspiro desperezándose mientras me miraba divertida.

—Tú y tu manía de tildar de pájaro a todo el mundo.

—Deberías sentirte halagada.

—¿Por?

—Porque el quetzal está considerado una de las aves más hermosas del planeta —le instruí—. Está en peligro de extinción y quedan muy pocos ejemplares.

—¿Así que soy una de las pocas quetzal que quedan? —me preguntó mientras se volvía a poner sobre mí moviéndose provocativamente en un juego prohibido—. ¿Y qué animal eres tú?

—Un oso amoroso.

Escapó un pequeño grito de sorpresa cuando me abalancé sobre ella para ponerme encima. Me gustaba besarla y alejarme para grabar en mi mente la imagen de ella ruborizada ante el momento.

—¿Qué animal eres?

—Un pinzón.

—¿Te gusta comer semillas?

Reí. Reí divertido.

—Me gusta comerte a ti, mi querido quetzal.

La besé. Aunque me costó callarme que hay varias variedades de pinzones. En mi caso, me siento relacionado con el geospiza difficilis septentrionalis, más conocido como el pinzón vampiro.

La penetré de nuevo, sin decirla que son famosos por ser capaces de picar a otras aves hasta hacerlas sangrar sin que pongan ningún impedimento. Al igual que yo me alimentaba de ella, de su lujuria, del calor de su abrazo… 

Todas las semanas seguíamos la misma rutina. De sábado a jueves nos ignorábamos, aunque a veces coincidíamos con miradas pícaras en el campus de la universidad, y el viernes quedábamos para estudiar juntos.  La chica lista y el mal estudiante… un juego de roles de lo más satisfactorio en mi caso. 

No soy tonto, tan solo no me esfuerzo lo que debiera. Para mí hay cosas más importantes como por ejemplo…

Memento Mori.

Me corrí con esa frase en mente. Inundé a mi bello quetzal con mi esencia sin dejar de pensar que no era mía, que tan pronto terminásemos cogería sus cosas y se iría de allí. Era un juego al que ambos habíamos accedido, no podía culparla. 

—Que gustazo.

Sonreí agradecido ante el cumplido, pero antes de poder decir nada ella ya había cogido su móvil y estaba revisando sus mensajes. 

—¿Te vas? —pregunté sabiendo la respuesta.

—Sí, Miguel me ha llamado; vamos a ir al cine.
No ser su novio no me incomodaba, lo hacía el hecho de que no pudiese esperar diez minutos más.

—Espero que te diviertas con el gorrión.

—No tanto como hoy con mi pinzón.
Rió divertida, yo también. 

—¿Tenemos tiempo de repetir una vez más?
Me miró con esa lujuria que solo yo conocía; esa parte de ella misma que no podía enseñar a nadie más.

—He quedado en veinte minutos…

—Tendrás diez para llegar…

Se dejó convencer con besos en el cuello mientras hundía mis dedos entre sus piernas arrancándola pequeños gritos de placer. Soy un vampiro que no bebe sangre, sino sexo. La mordí en el cuello acelerando el ritmo en que la tocaba y deslicé mis fantasías en su oído con suaves susurros.

—El gorrión tendrá que esperar a que termine contigo.
Nunca me lo preguntaba. No parecía importarle por qué le llamaba gorrión. Tan solo disfrutaba de nuestros encuentros y me dejaba jugar con su cuerpo. Cada viernes era mía como no lo era de nadie más. Una diosa al servicio de un mortal. 

—Eres malo…

La besé. Esa forma tan eficaz de callar a alguien y me alimenté de la lujuria de su cuerpo por tercera vez aquella tarde. 

Le había prometido diez minutos, llegó media hora tarde. La acompañé hasta donde había quedado, aunque aceleró un par de calles antes para que nadie notase que íbamos juntos. La vi besarle mientras me miraba lujuriosa y me daba un último guiño pícaro calmando de golpe el mal humor que tenía su novio por la tardanza. 

Le sonreí. Por el suelo, varios gorriones más daban saltos buscando algo que comer por la acera. 

¿Casualidad?

Lo dudo. El cielo es demasiado exacto.

Memento Mori. Me repetí.

Y era verdad. Les vi alejarse y no pude dejar de observar aquel fantástico culo que había sido mío toda la tarde. El gorrión, como siempre, debería conformarse con las sobras que le dejaban.

Y en cuanto a mí, debía ir a mi casa a descansar. Mañana me tocaba visitar a una dulce cotorra. 

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