De historias tercas y libros que se desmayan : [Roberto A. Talavera Pagán]

by 15.4.16


Las historias que nos habitan deberían ganarse el Premio Nobel de la Terquedad. Y es que si solo fueran tercas, no habría problema. Lo que pasa es que, además de ser tercas, se asoman cuando uno menos las espera o las necesita, cuando la mente está perdida en el vaivén de eventos cotidianos; en el intento de vivir.1 Las historias que nos habitan le huyen al papel en blanco, como si temieran ser plasmadas mediante la letra escrita. Corren como “las otras muchachas corrían perseguidas por sus trenzas”.2 Se escapan. Parece que tienen miedo a convertirse en literatura con “l” mayúscula o minúscula, ¡o crepúscula! Les cae pesado darse a conocer y servir de medio para entablar un diálogo, un intercambio mágico en que se hace a otro partícipe de la propia experiencia. También los libros nos tienen miedo. Y, sorprendentemente, mientras más extenso el libro, más nos temen.  Una vez escuché a alguien decir que tuvo que perseguir una copia del Quijote por toda su cuadra y que luego la encontró desmayada de terror dentro de un clóset.
Así es fácil, echarles la culpa a otros, aunque sean seres inanimados… ¡Qué mucho nos aterra leer y escribir! ¡Qué miedo le tenemos a la palabra!  Y esto no salió en el periódico de esta mañana: nuestros padres tampoco leían, ni nuestros abuelos. Ellos nos tratan de convencer, llenos de orgullo generacional, que en los “tiempos de antes” los señoritos y las señoritas se devoraban con gusto las bibliografías obligadas y que, asimismo, los escritores buenos de verdad están todos bajo tierra. Bueno, allá ellos con sus paquetes, pero a mí no me convencen. Ya lo dijo un poeta: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”3. “Nos quieren hacer pensar que fue mejor”, debió haber dicho.
Entonces resta preguntarnos, ¿por qué le tenemos miedo a crear y a disfrutar lo creado? ¿Por qué le tenemos miedo a la literatura? A falta de omnisciencia, solo me queda inferir. Tal vez le tenemos miedo a escribir porque no queremos desnudarnos frente a los demás; no queremos quitarnos la máscara siniestra que oculta nuestro ser interior. A lo mejor pensamos que no tenemos la capacidad, que por alguna razón ese gen supersónico con que nacen los escritores consagrados no nos fue concedido por el azar. Probablemente nos convencemos de que para escribir hay que saber hacer malabares con el lenguaje o poder recitar el contenido del diccionario todas las mañanas, cual si fuera una oración solemne. Quizá pensamos que nuestra creatividad está siempre de compras o en un crucero por las islas y que no tenemos nada “importante” que decir.
 Del mismo modo, le tenemos miedo a leer porque creemos que el tiempo no nos da y que invertirlo en leer un buen libro sería un desperdicio imperdonable. Tal vez nos profesamos incapaces de entender personajes complejos, tramas laberínticas o vocablos arcaicos.  Acaso nos aterra encontrar en los libros un pedazo de quienes somos o, de repente, sentir la impresión de que conversamos con alguien que siempre nos acompaña4. Es posible que le tengamos miedo a perdernos en otra realidad y que nuestras raíces se desarraiguen de este suelo y flotemos… y flotemos… Tal vez no queremos ver en lo pequeño, algo grande; en lo cotidiano, algo digno de reflexionar. O le tenemos miedo a participar de la experiencia del otro, a viajar a otra dimensión, a ponernos los zapatos del vecino, a “vivir la vida que otros soñaron”5. En cualquiera que sea el caso, estamos mal. Bien mal.
Propongo entonces, si me lo permiten, que dejemos de echarle la culpa a las historias tercas y a los libros que corren cuadras enteras y se desmayan. Y, además, si tenemos tanto miedo, debimos habernos comprado un perro hace tiempo. Dejemos ya de inventar obstáculos y atrevámonos a enfrentarnos al papel en blanco y a perdernos en las páginas de un libro. Nadie dice que será fácil― si es fácil, ¿de qué sirve?―, pero, sin duda alguna, será una de las pocas cosas que sí valdrán la pena.
______________________________________________________________________________

  1. Imagen de Julia de Burgos.
  2. Federico García Lorca, “Romance de la Guardia Civil Española”.
  3. Jorge Manrique, “Coplas a la Muerte de su Padre”.
  4. Idea de Antonio Machado.
  5. Miguel de Unamuno, “Leer, leer, leer, vivir la vida”.

Se Alquila Apartamento : [Luis S. Pabón Rico]

by 15.4.16
Yosuke Yamaguchi (Japanese artist):
Arte por Yosuke Yamaguchi

Habían pasado 31 años desde la última vez que había subido las escaleras hacia el apartamento no. 11 de la calle Santa Cruz.  Con el pasar de los años, los recuerdos que Carlos conservaba de aquel edificio iban poco a poco desapareciendo.  Sin embargo, la muerte de su padre hacía unos meses atrás despertó unas pocas de aquellas memorias que se hicieron inclusive más presentes con cada escalón que allí subía. 

Según una vecina que aún vivía allí, su padre había continuado todos esos años como maestro de Música hasta que enfermó. Carlos no sabía cómo aquella vecina dio con su dirección, pero fue ella quien le había avisado mediante una carta la noticia de la muerte de su padre.  Cuando esta le preguntó el porqué de su ausencia al entierro de su padre, Carlos se limitó a contestar que al recibir la carta, ya había pasado la fecha del entierro y rápidamente cambió el tema.

Ahora estaba frente a la puerta del apartamento de su padre.  Luego de unos minutos de vacilación, abrió la puerta y una ola de aire entró y ocupó el espacio vacío de la pequeña sala.  Era evidente que había pasado bastante tiempo desde la última vez que alguien había entrado allí.  No estaban los muebles que recordaba y todas las ventanas estaban cerradas.  Según había escuchado, el terrateniente había ordenado vaciar el apartamento y adjudicaba a la crisis económica que atravesaba el país el que nadie lo hubiese alquilado durante ese tiempo.

Con cada paso que daba, le llegaban más recuerdos de aquel apartamento en donde vivió por 17 años con su padre, quien había sido un pianista concertista venido a menos que se dedicó casi toda su vida a la enseñanza.  El alumno más importante de su padre era Carlos.  La fama que nunca alcanzó como pianista era la que soñaba para su hijo y Carlos tenía que convertirse en ese pianista soñado a como diera lugar.  En un principio, siempre buscó complacer a su padre y practicaba diariamente por largas horas cuando regresaba del colegio.  Sin embargo, con el paso de los años, su padre se volvía más estricto y a menudo mostraba su disconformidad con la ejecución de su hijo y le reiteraba su decepción.  La intolerancia que llegó a tener ante los errores técnicos de su hijo lo volvió violento y una nota fallida era suficiente como para darle en las manos y hacerlo repetir toda la pieza nuevamente hasta que quedase intacta.  El día en que sangraron sus manos, Carlos no pudo más y decidió huir.

Ese fue el recuerdo que le llegó a su mente al entrar a lo que fue el estudio de su padre y encontrar junto a la ventana el único mueble que quedaba en el apartamento protegido por un manto.  Caminó hasta él y, al levantar el manto, allí estaba: el piano de cola negro que la carcoma había empezado a devorar.  Aparentemente era muy costoso sacarlo y el terrateniente decidió dejarlo allí hasta que alguien lo quisiera buscar.  Cuando abrió la tapa, encontró los lentes que su padre se ponía a la hora de Carlos practicar. Entonces un súbito interés por ver el mundo desde la perspectiva de aquel viejo pianista lo llevó a ponerse los lentes. 

Cuando se los puso, las lágrimas bajaron una a una por su rostro.  Fueron varios minutos de emociones encontradas.

Carlos se quitó los lentes, los puso en el mismo sitio en donde los había encontrado y cerró la tapa del piano.  Caminó hasta la puerta y por un momento pensó haber escuchado el principio de aquel concierto de Morellevsky que estuvo tocando la semana antes de irse a sus 17 años, como si todavía retumbase por aquellas paredes.  Una sonrisa se asomó en su rostro y acto seguido, salió del apartamento, cerró la puerta tras él y bajó las escaleras.

Una o más personas : [Lara González Soler]

by 15.4.16
Dagens foto - 164: Save Tonight by petertandlund, via Flickr:
Arte por: Peter Tandlund

Cuando uno deja caer un celular nuevo
pierde el miedo a las alturas.
El primer rasguño,
le abre paso a los demás.
¿Y a quién carajo le importa
el segundo?

Cuando uno pierde a una persona,
esos son otros veinte.
Perder a una persona
es tenerle miedo a los lazos,
y a los hospitales
y a las citas médicas
y a las llamadas telefónicas
y a los mensajes de Facebook
y a todas esas cosas
que dejamos de temerle
cuando empezamos a ser grandes.

La primera persona
le abre paso a las demás,
y comienza el conteo regresivo,
y cualquiera puede ser el próximo,
porque muchas cosas pueden cambiar
en dos días,
de martes a jueves.

Cuando uno pierde a alguien
por primera vez
todo es posible.
Así que uno siempre
deja una luz prendida.
Tú sabes,
por siaca.

Silencio : [Verónica Noriega]

by 15.4.16


El silencio no tiene palabras, oculta gritos llenos de emociones. Magno evento en el que decidimos callar. Solo escuchas tú. El silencio.

Hombre lobo: [Verónica Noriega]

by 7.4.16
Arte por Vincent van Gogh
Come.
Claramente es humano.
Parece un hombre lobo con su barba.
Saborea la comida como lo haría yo.
Una mujer de pelo rizo interrumpe mi vista
¿Ironía?
Hay asientos disponibles,
pero de lejos es mejor.
Me acercaré.
Me pregunta: ¿Comiste?
Bella pregunta.
Me agrada. Todo me agrada.
Es mejor que estar durmiendo como mi cuerpo desea,
 pero aquí manda otra cosa.
(Me place observarte.)
Limpia el plato con un pedazo de pan.
Eso solo lo hace un hombre que sabe disfrutar la vida.
Servilleta al final.
Toma iced tea, único fallo.
Normal. Nadie es perfecto.
Su mirada es brillosa. Me encanta.
Me pregunta: “¿Ya?”
Esa pregunta claramente me saca una sonrisa.
Este escrito será difícil de entender para mis lectores,
eso es lo único seguro aquí.
Se roba las galletas, fantástica decisión.
Ahora disfruta de la música.
No me habla.
Seguro piensa que hago algo más importante.
Si supiera que solo disfruto de él.
Me bloqueó el teléfono.
Nos vamos.

Las conjugaciones del verbo amar : [Gabriela López Toledo]

by 7.4.16
Arte por Minwoo Sung

Te conozco desde el principio.
Comprendo tu manera de razonar.
No lo hagas, vas a caer.
Déjame abrigarte.
Necesitas de mí para prosperar
y aquí estaré.
Así, me vuelvo tu héroe
en cinco, cuatro, tres, dos, uno.
Yo te amo.


No es fácil estar aquí,
pero prometo no dejarte.
Aun así, me voy de tu vida
una, dos, tres, cuatro ocasiones,
hasta que en una de ellas no retorno.
Yo te amé.
No, yo te amo.


Se te hace fácil vivir sin mí,
los días pasan, y tu vida sigue.
Te enteras de la verdad y
yo no murmuro por uno, dos, tres,
para no tener que aceptarlo.
Me da envidia y trato de hacerte daño.
Pero aun así créeme cuando digo:
Yo te amo.


No, yo te amé.
No, yo te amo.


Después de uno
dos, vuelvo afligido.
Culpando al viento y al mar
de nuestra separación.
Culpando a la sociedad por mis fallos.
Tú me miras por un segundo,
y en mí no ves el amor
que yo digo, creo sentir.
Susurro que te amo por última vez,
pero no me estás escuchando.
No quieres escucharme.
Yo te amo.
No, yo te amé.


Al pasar el tiempo,
cuando mi pelo ya blanco,
todavía recuerdo.
Debí hacer algo.
Debí aceptarlo.
Debí decirlo.
Debí quererla.
Yo te amé, pero nunca tanto.

Diccionario de la RAU : [Oscar Avilés]

by 7.4.16
Arte por Joey Guidone

Diccionario de la Real Academia de lo Urbano

cardiopatía. 

s.f. Habilidad que tienen dos personas  para comunicarse de corazón a corazón. Ej.: ¹Nosotros nos comunicamos por cardiopatía. ²En el hospital el celular pierde la señal. Activa tu cardiopatía para tener comunicación directa. ³Ella y yo, somos el uno para el otro: nuestra cardiopatía surgió desde el primer momento que nos vimos.

SIN TÍTULO : [Irene Alberty]

by 7.4.16


I

Al mundo lo escribimos ciego y sin piel,
entre relámpagos de muelas quebradas.
Le crecieron huesos y se ancló en tus ojos
hasta que lloraste lagos de sal y melaza.

Avanza Laura,
ya mismo Adán abre la boca y te nubla la lengua.

II

Envejecían, los estrujábamos y los quemábamos.
Y aún así, seguían los días dando candela.
Subieron a mis ojos pero ya éramos creación.
Los saltos al vacío sabían a sombras viejas
y me apetecía el sabor de clavícula humedecida.

Estabas desnuda, Laura y tenías errores gramaticales,
y en todas las O de oscuridad,
Adán te penetró con la mirada.

En la L de Laura, encontraste el refugio de Lejos,
y te acostaste a vivir con los ojos abiertos.

III

Adán solo,
truena al océano.
Se arranca otra costilla.

Dualidades : [Ana García Román]

by 6.4.16
Arte por Eckart Hahn
A principios del mes de agosto comencé a perder el apetito.  Sólo mirar la comida bastaba para sentirme llena.  A modo de supervivencia tomaba jugos y batidas.  No entendía qué era lo que me estaba pasando.

A principio del mes de agosto fue que hospitalizaron a mi abuela por última vez.  Ya ella no era la misma de antes.  Veía figuras moverse en su cuarto y a veces se le olvidaba cómo comer o quiénes eran sus nietos... Pienso que de mí nunca se olvidó porque llevamos el mismo nombre.

Supe que ya le quedaba poco cuando me contó que un hombre vestido de blanco la visitaba en el cuarto del hospital y tenía conversaciones con ella.

(Yo seguía sin comer).

Ana era esa abuela perfecta que te recibía con una sonrisa y un buen plato de comida.  Era la abuela que contaba historias, hacía torres de cajas de Kleenex y jugaba a las muñecas.  La que se alegraba de la primera menstruación y la que lloraba contigo cuando te dejó el primer novio.

Pasaron los meses y Ana existía cada vez menos.  Esa Ana se iba y con ella mis ganas de comer. Paulatinamente se convirtió en la Ana que no sabía masticar, la que se le olvidaban los días, la que no recordaba que ya estabas en la Universidad, la que ya no se podía levantar de la cama... Hasta convertirse en la Ana que ya no reconocía voces.

(Yo seguía sin querer comer).

Llegó septiembre y Ana seguía en el hospital. Yo todavía no comía. Mientras más se iba la primera Ana, más se me cerraba el estómago.  El 3 de septiembre Ana decidió que ya era hora de descansar y dejar a la segunda Ana (a mí) ser libre; así que cerró los ojos para no volver a abrirlos.  Ese fue el día en que al fin me di cuenta por quién en realidad vivía. No lo supe hasta ese momento, pero yo moría poco a poco al ver a la primera Ana morir.

Al fin decidimos dejarla descansar para siempre y reunirnos en familia para celebrarla. Fue allí, en la misma casa en la que la primera Ana me vio crecer, donde por fin comí.

Atocha : [Lian]

by 6.4.16
(Arte por Hajin Bae)


Thursday March 4th, 2004


There was something special about this train.  I didn’t  know what it was. My life was usually unexciting, and that was okay. I was used to it. Every day, the same thing: college and work. I saw the same people, I behaved the same way, and I went to the same places. But on this train, no. On this particular train car, I could relax in a way I would not have known I needed. 

Only good things happened on this train. I didn’t really think too much about it since it might have seem strange but the reality was that every day I looked forward to getting on this train. You rushed inside just as the doors were sliding shut and took the seat across from me with a gentle sigh of relief. I looked at you but I quickly returned my attention to the paperback on my hand. Your feet tapped the floor and your fingers drummed  an impatient rhythm on the side of the seat. A while later, I heard you groan but I didn’t look up to see why.

In one of the stops the train made, an elderly man came on board. You kindly offered him your seat.

"Excuse me," you said, and I looked up into your dark brown eyes under a bed of curly brown hair. You were smiling politely at me. "May I sit next to you?" After a second or two, I nodded and removed my bag from the space next to me. "Thank you," you replied.

I'd be lying if I said I wasn't shaken by you, but I was. I don't understand why but staring at you quickened my heart and made the blood rush to my face, which I promptly hid behind my book again. You tapped my shoulder and leaned in.

"What are you reading?" I felt your shoulder lean against mine as you tried to read the text and I swallowed hard.

"Rhymes by Gustavo Bécquer."

You made a face. "Never heard of him."

I showed you the cover. "I've never met anyone who has." You nodded apprehensively.

"Sounds like a challenge." You smirked. I shrugged.

You didn't ask anything else nor attempted conversation for the rest of the ride. I got off at Atocha and noted with vague disappointment that you didn't get off at this station as well.


Friday March 5th, 2004

I didn’t see you at the station as I boarded the train and the seat across from me remained empty all the way to Atocha.

To be continued...

Sol a medianoche : [Anette J. Otero González]

by 6.4.16
Arte por Hajin Bae
El reloj de la Torre marcaba la 1:30 de la madrugada. Ella deseaba correr en contra esas manecillas y volver el tiempo atrás. Pero no era posible, debía emplear cada milésima de segundo en ese abrazo que los alejaría, para luego poder revivirlo una y otra vez. Pero no sería lo mismo, tal vez no recordaría el ronroneo de los gatos, la fragancia que destilaba su cuello, la brisa que acariciaba su espalda, el latido de su corazón que de piedra se había transformado en uno de carne. No quería soltarlo, él tampoco quería soltarla. Ella recordaba que hacía escasos segundos su cabeza descansaba en sus muslos, que ambos tomados de la mano, jamás ella había tomado por tanto tiempo la mano de algún hombre, habían recorrido las oscuras calles del casco de Río Piedras.   

Un poco antes habían compartido un helado, habían almorzado juntos, habían corrido en sana competencia ella sabiéndose ganadora, él haciéndose el perdedor. Se escribieron cartas de amor, poemas y también dedicado canciones. Al principio del semestre, Él le había prestado algunos libros y le había regalado otros tantos. En segundos, las imágenes recorrían todo ese tiempo vivido hasta llegar a ese día en que ella se vio reflejada en esos ojos soles. Ese día en que sus labios hacían contacto por primera vez. Su primer beso, lento, dulce y tierno. En el mismo instante en que las olas del mar se besaban con la arena de una forma ruda, violenta e impetuosa.

Ella había tratado y sí que lo había hecho como una leona cuando protege a sus cachorros, proteger sus sueños, su corazón, su vida. Sin darse cuenta había permitido poco a poco casi perceptiblemente que Él entrara a sus sueños, a sus mañanas, tardes, y noches, a su mente, a su casa, a su cuerpo, a su espíritu y a su alma. Cuando sus manos la tocaban en su abdomen, en su espalda, cuando sentía la respiración sosegada de él en su cuello quedaba indefensa. Ella sentía eso que desde hace años anhelaba silenciosamente, alguien que la escuchara, que la mimara, que la cuidara, que le ayudara; alguien que la amara.

En esa ciudad idílica en la que sólo se encontraban ellos dos, todo corría bien, todo compatibilizaba en líneas estrictamente paralelas. Los autos en las calles circulaban sin contra tiempos, no había asaltos a mano armada ni asesinatos. La gente, ¡la gente era feliz! Pero en la periferia de su mundo nada encajaba, habían yugos desiguales, futuros inciertos y mucha neblina en el paisaje.

Y recordando todo esto corría atrás las manecillas del reloj. ¡Volvía atrás en el tiempo! Luego podría ir detalle por detalle construyendo su historia de amor imposible. Así lo haría una y otra vez como un comportamiento excesivo, enfermizo y masoquista hasta que se volvieran a encontrar en un abrazo que los acercaría aún más.

Cuando el reloj marcó las 2:00 a.m., ella se atrevió a tomarlo de la mano mientras caminaban a su destino, no volvería a sentir esa mano cálida, pequeña y carnosa en mucho tiempo. A la misma vez, ella se preguntaba por qué todo tenía que ser excesivamente complicado, por qué su primer amor, su primera relación, su primer abrazo y su primer beso tenían que tener ese sabor agridulce. Su Espíritu le dijo que su historia era como un sol alumbrando a medianoche; cada cierto tiempo sucedía el acontecimiento más peculiar de las estrellas. Y así era su historia, un eclipse. Y con una sonrisa en la cara lo despidió. Se sentía bendecida al saber que ELLA era la luna y ÉL era el sol.

Simbi la Flambeau : [Alexandra N. Sánchez Soto]

by 6.4.16

La Madame extendió su abanico de cartas hacia mi. Las examiné de manera meticulosa, izquierda a derecha respectivamente, pausando dudosa sobre algunas de ellas. Escuché su llamado. No dijo mi nombre, pero La Carta me llamó. Inmediatamente fijé mis ojos sobre Ella, que resaltó por encima de todas las demás a las que ya ni siquiera veía. Me dejé seducir. Ahora solo podía ver la carta que me llamaba mientras una de mis manos se colocaba sobre Ella instintivamente. La froté, un poco tímida, con la punta de los dedos de mi mano derecha. Me dispuse, entonces, a tomar La Carta. De inmediato el resto de las barajas reapareció intentando confundirme, aunque yo solo necesitaba una. Nunca dijo mi nombre, pero La Carta me llamó.

Una vez desprendida de las demás no me atreví a voltearla, sino que la observé y la sentí vibrar en la yema de mis dedos. Yema, naipe, yema. Poco a poco su vibración fue ascendiendo dentro de mi cuerpo deteniéndose interválicamente en mi muñeca, en mi codo y en mis hombros. Inmovilizando mi cuerpo gradualmente. Su energía me fue atravesando hasta adentrarse cada vez más hondo entre mi cordillera, ése punto medio entre mis pechos donde todo lo siento. Mi cuerpo inmóvil se encontraba en estado de alerta cuando finalmente la sentí agitarse vertiginosamente hacia el sur. Se erizó mi piel, se contrajeron algunos músculos, se humedecieron mis labios.

Levanté mi vista hacia la Madame que esperaba pacientemente por mi. Volteé mi carta sin mirarla y se la mostré. “Simbi La Flambeau”, vociferó. La Madame soltó una carcajada y compartimos una reservada mirada de complicidad. Comprendí que no era necesario decir nada. Yo sabía cuál era el mensaje. “Esto me pasa por bellaca”, pensé para mí. Entonces la Madame habló y me ofreció su muy atinada interpretación de La Carta, aunque no era necesario.

Outro : [Noel Bosch]

by 6.4.16


I can hear the oceans skirt grinding against the sand that lies beneath me, its song unuttered and serene. I stand motionless on the ground as a sense of contentment overcomes my entire self. They are watching. I know. The creatures of my dreams are coming to me as they scream my name. Turning my head sideways, I see them making their way towards me —no —I’m pleading for them to come to me, to lie on this floor that is constantly getting colder and colder, for I no longer desire to be alone. I ask them to approach me for I am just like them, part of a system that only sees to it that we end up suffering. They come closer, my brothers and sisters.

The first creature arrives and grabs a piece of me. He takes it away as if it had no value whatsoever. In time another one does the same. I lie there watching as they disembody me, as if my pieces are no longer significant to this material world governed by money and hypocrisy. It’s almost depressing the thought of being torn apart as you struggle to hang on to life and the fact that these strangers, whom you believed were your lifelong companions, are the ones carrying out the task falls heavily into your heart.

  Another takes my leg; the others, my fingers. The little ones takes my eyes —which they find so amusing —and just like that my entire self was gone. All that remains is my brain and heart: two of the holiest part of my body, which they left unperturbed on the cold damp floor, waiting. In time, a creature bigger than all of the others came, a female with a far­reaching hat made of feathers from birds no longer existent. She grabs my heart, splits it in two and throws it into the ocean. This she does to my brain as well, and a gently emptiness begins to reign upon my soul, but in a matter of seconds a boiling sensation overcomes my void. Life finds a way, as my heart and brain regain structure and my new body come to be. I begin to feel anew.

In time both —heart and mind —finally converge, as if the only thing standing between was the blindness I had towards myself.  Rising calmly from the cold and liquefying field, I could hear a strong and yet soothing song play as the creatures from the field behold my resurrection.

I'm the king of my own land...

As I listen to these words, I feel as if my body was being illuminated. I feel like the sun, shining and ever present.

Facing tempest of dust, I’ll fight until the end...

My lips curl up into a smile as I inhale readying myself for the scream, not one of agony or pain but of joy and life.

Creatures of my dreams, raise up and dance with me...

Now and forever, I’m your king...

The creatures raise the body parts that once belonged to me as they shout and dance beneath the coming morning. Those pieces that were so full of corruption and emptiness no longer mean anything to me. They became a memory, for now...  Now I am but reborned and unspoiled, cleansed by the molecules of water.  I am the new generation bound to nothing and yet, a slave to all. I join the creatures in their festivities, shouting towards the rising sun. My lungs are burning with energy as we fasten the pace of the dance. This is my outro, this is the beginning of my end...

Hay mujeres : [Marian Lavandero]

by 6.4.16


Hay mujeres
que pintan con besos un tormento.
Que son la réplica de Eris,
y saben hacer llorar al ojo del huracán.

Hay mujeres
que son hijas de la calma.
Saben apaciguar,
son ninfas, la luz que centellea en el mar.

Hay mujeres
que son melancolía.
Tienen el cielo lleno de recuerdos
no dejan ir, se tejen lágrimas en la piel.

Hay mujeres
que son intermedios.
Les sienta bien el color gris,
son un deseo tibio que nace en el pecho.

Hay mujeres
que son misterio.
Saben ser caricia de licor amargo
y berrinche de confite oculto.

Hay mujeres
que son niñas.
Duendecillas chifladas
que dejaron de ser la fantasía del hombre
para convertirse en su propio sueño.

Hay mujeres
que son cien mujeres.
Son el encanto de la lámpara
y la genialidad del genio.

Hay mujeres
que huelen a limpio.
Se les enreda la pureza en cada pelo.
Hablan en susurros, desconocen lo perverso.

Hay mujeres
que son compás.
Y te desordenan las huellas
para que reconstruyas tu camino.

Hay mujeres
que son imposibles.
Que esperas siempre porque nunca llegan,
saben a sal.

Hay mujeres
que son cara y cruz.
Te besan negándote y se marchan mientras te nombran.
Te aman mientras te olvidan y olvidándoles las amas.

Hay mujeres
que son veneno.
Galopan sobre su pecho abatido.
Tienen vanidad felina, son nocivas para la salud.

Hay mujeres
que son aeropuertos alejados y estaciones de tren.
Son vertientes de tantas contradicciones
que te hacen hallar paz.

Hay mujeres
que no hay por dónde.
Suenan a herida sin tocarlas
y te hacen desear la muerte antes que a ellas.
Mujeres contra las que no hay razones que encajen
y las conviertes en adiós para darles un sentido.

Hay mujeres
que son aves de paso, bodas de un día.
Postres eternos en medio de una prisa carnal,
engaños a la rutina, tu alma animal rendida al instinto.

Y está esa mujer...
que aparece como los aciertos.
Que se atreve y se queda.
Tiene el pelo del color de tu almohada,
le da la vuelta a tus excusas y las convierte en motivos.

Es un signo de interrogación abierto,
todo lo que la poesía aún no ha escrito.
Le das la bienvenida a casa.
Te ama sin evitarlo y le amas sobre todo, por supuesto.
© 2015 Convergencias Editores. Con tecnología de Blogger.