poema III-IV | [camille l. valentín]



poema III

Una humanidad ciega,
que se queja,
pero no emplea,
y la muerte se vuelve inminente
cuando los ojos de la gente
han visto tanto
que ya nada les sorprende

Se me oprime el pecho, 
pierdo la razón y me 
cuestiono: ¿Por qué, dios
mío?

Estoy intentando recoger las sobras,
y el cadáver,
de una sociedad
que también se ahogó
en las olas del mar,
que llora en silencio,
que aún no ha levantado la protesta
porque tiene miedo de rendir cuentas

pero que,
en silencio solloza,
cuando reconoce
que son nuestras las manos
las que pueden tener la gracia
de abrirse al refugiado,
de abrazar a esa mujer
a la que le quitaron la dignidad,
al hombre que hoy no tiene
qué darle de comer a sus polluelos,
o a los niños que buscan
las migajas de pan
en el suelo sucio
que tú, y yo,
en zapatos impecables,
pisamos firmes,
sin mirar hacía bajo
para no darnos cuenta
de que la desigualdad social
reina desde nuestras casas
y que, tenemos que cambiar.



poema IV

Tenemos miedo,
y no es para menos,
de cuanto se nos permite ser libres
y no nos encadena,
porque las regulaciones
y los sistemas nos han convertido
en esclavos de las esposas
y las cadenas.

Nos acostumbramos y 
dimos por normal el 
abandonar nuestras 
esencias, ideas, sueños 
y metas, porque nos han 
dicho que de grandes 
no hay tiempo para eso, 
que soñar es de ilusos 
y volar, de pájaros.

Hemos aprendido
a regularnos unos a otros,
a ser llaves que solo cierran candados
de gentes que también son llaves
y cierran lo que nosotros
tenemos de candados.

¡Dictadores! Nos han impuesto

el hablar, el vestir, en dónde y cómo 
caminar, cuáles son nuestros límites 
y donde nunca pisar fronteras.

Piden, exigen,
que seamos más
cada vez haciéndonos menos,
que purifiquemos tras los confesorios
nuestras almas negras e impuras,
llenas del instinto humano.


No callan,
y siguen dictando pautas
e implantando reglas
sobre cómo debemos comportarnos,
qué lujos son necesarios
y qué tanto necesitamos
para sentirnos realizados

¡Y gritan!
¡Y nos escupen las caras!
Y con tanta palabra rebuscada
nos educan para ser nada,
mientras nos insultan
sin más filtros que el método,
que la rigidez de los versos
y la poca iluminación de la verdad.

¡Y nos ciegan!
Manipulan la información que nos llega,
esconden la miseria
porque son conscientes
del despertar que espera.

¡Y con el protocolo nos ofenden! 
Velos como nos dicen burros con 
sus turnos de espera, con sus citas 
y sus reuniones de reses.


¡Y nos observan!
Nos miran desde el lente,
nos estudian bajo las lupas
de sus laboratorios
como las ratas
que para sí somos.

Malditos canallas,
son ellos, sí, solo ellos,
los que nos duermen las ganas,
nos dejan sin palabras
y nos envuelven con su técnica
Pero ¿qué cuando el individuo despierta?
Lo matan,
lo apaciguan,
lo callan.

Creyendo que no nos daríamos cuenta
de la ausencia de uno de los nuestros,
de aquel al que le decíamos "loco"
con sus teorías de conspiración
y sus canciones que reclamaban
al dormido, al ave,
al ser interior que busca librarse,
sin embargo,
no hacíamos caso
y dábamos por perturbado.

¡Ah! Nos siguen cohibiendo de todo,
por todo,
para todo,
pero la mente no falla
y siempre está al que le crece el deseo
de tocar lo intocable,
de pasar por lo impasable,
y así lo hace, o lo intenta,
solo y callado,
con aquello que nos han prohibido;
palpa, desnuda,
inhala, seduce, exhala,
hasta que comienza a sentirlo
y comienza a fluir,
se vuelve denso,
un pensamiento borroso,
algo desconocido,
y, al fin,
conoce.


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