canis mayor | [ignacio j.a. pérez esquilín]


Vas a matarme con tus manos de cañón, tus ojos de escopeta. Quiero que bajo la misma nube de algodón descanse el murmullo de nuestras venas. Como el Mesías, con espinas me sube por la cabeza el castigo de tu hermosura que quema la feria de recuerdos que ondulan como banderas. Eres la inquilina de ese seso que ruge tu nombre. ¿Lo oyes? ¡Huye! Vete, mientras quedo yo aquí con los pies dentro del agua, río de violetas eternas que vislumbraron el paisaje donde las sábanas de boda acurrucaban los tesoros escondidos en el pectoral siniestro.

¡Huye! Huyes sin dolor. Alma mía dejaste desnuda, como si fuera una perra, montada en esa ave
de la revolución industrial. Alas traidoras laten, terremoto sin razón, y vuela en ti un hombre
duro y la mitad de su descendencia, sin alguien que defienda esta ilusión que dejaste con la
corona puesta, mientras el rey pensaba conquistar el sinuoso imperio, de la capital al norte, de la
capital al sur.

Te sigo por el aire.

Dormiré a tus pies para guardar lo que sueñas, dormiré a tu lado para suspirar tu resquicio, dormiré en ti para sentir el dolor, mientras me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba. Sola te irías, sola te irás, tal vez te mientes, tal vez te mentirás.

¿Me oyes?

Grito tu nombre, inhalo tu nombre, exhalo tu nombre, estudio tu nombre, duermo tu nombre, visto tu nombre, calzo tu nombre, sudo tu nombre, desayuno tu nombre, almuerzo tu nombre, ceno tu nombre, vivo…tu nombre, ¡porque eso soy!

Estas manos, secas, sin escudo de guerrera, están falta de una mortaja antes del entierro, junto a la silueta que anhela ese regreso. Extranjero foráneo que se carcome al colonizado, extranjera nativa que se carcome a esta mente colonizada que no hay minuto del día que estar contigo no quiera. Quisiera que de mi cuello honrado quitaras esta cadena, pero encadenado quedo cuando al hipnotizarme, sin razón, el fuego me sube por la cabeza. Sacaría ese boleto de ida, sería piloto de esta locura, pero ya eres mujer perdida. Doncella de ese canciller te has convertido, la bella y la bestia. Me arrastras, allí estoy. ¡Te quiero!, repito, ¡Te quiero!, deliro, ¡Te quiero!

Y tú, cegada.

¿O yo?

Sigues arrinconada en la finca de mis recuerdos. Cada vez que te menciono, mil vidrios se clavan en mi lengua. Me desespero, me desvelo, me desato, me desadoro, me desacoto. Como a víbora pequeña me matas, como a víbora pequeña me mato- tú resplandeciente como Canis Mayor, le ciegas la realidad a un infeliz.

Si matarte pudiera, pudiera sin ti seguir.

Sin ti seguir, matarte no debiera.

Con firmeza serena, me viro en el mattress, mi brazo cae al vacío, sobra.

No hay tiempo que perder…destapo el manubrio, impulso el acelerador y arranco.
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