2059 de Raquel Lanseros, en el ojo de Marta Jazmín García

 2059 de Raquel Lanseros
Raquel Lanseros
2059 no es una fecha de muerte», dice Marta Jazmín García en su visita al primer libro puertorriqueño de Raquel Lanseros. El título, a decir verdad, es una fecha de incesante nacimiento.  No únicamente porque al final del poema homónimo sea la figura de una madre quien enfrente la violencia de la mortalidad, sino además porque nos invita a mirar en retrospectiva todo lo que su autora ha escrito antes y mientras sucede esa fecha y aun después, cuando su voz siga entrelazándose infinitamente con sus lectores.  


Presentación a 2059, de Raquel Lanseros (San Juan: Ediciones Aguadulce, 2016)

Decía el poeta español José Hierro que “la poesía se escribe cuando ella quiere”.  Es en esa suerte de espontaneidad y franqueza donde emergen los versos más filosos y trascendentales, precisamente porque nacen de la necesidad del mundo antes que de la voluntad de su enunciador.  Me atrevo a afirmar que tal es el magnetismo que produce la poesía de Raquel Lanseros. 

La suya es una expresión que trasciende los límites territoriales y que llega a los lectores como una auténtica y lúcida exploración del sentir humano con la que todos podemos identificarnos.

Encontré por primera vez la poesía de Raquel Lanseros en Los ojos de la niebla, su tercer libro publicado que fue para mí, como bien me anunciara el título, una alternativa para mirar y traducir la incertidumbre de estos tiempos que corren.  De igual manera me sentí con sus otros libros Diario de un destello y Las pequeñas espinas son pequeñas, pues aun en los versos donde se anuncia la soledad, el pertinaz paso del tiempo, el desamor, la muerte, no predomina una perspectiva decididamente nostálgica o triste.  Por el contrario, en sus versos,  muchos de los pasajes que refieren instantes dolorosos se transforman en sentencias de sabiduría  que exaltan una voluntad optimista frente a la imposibilidad de evadir el sufrimiento.  Tal y como declara en su poema “El hombre que espera”:

No hay desdicha que le haya sido ajena.
No existe humillación que desconozca.
Es por eso que sabe hablar de amor.

Nunca es tan sencillo ni justo definir brevemente el trabajo de un autor cuando se trata de alguien con la trayectoria y la productividad de Raquel Lanseros. No obstante, creo que a lo largo de sus páginas se puede apreciar una poética del tiempo. En su universo, las leyes físicas se adhieren a los márgenes de la intuición y de la sensibilidad. La niñez y la muerte remiten a un escenario común. Es decir, son al mismo tiempo antípodas y rutas convergentes; instancias que la poeta reconstruye a través del lenguaje. Así, donde es imposible recuperar el pasado, emerge la memoria y donde es insostenible la incertidumbre del futuro, impera la imaginación. Como inquiere en su poema “Al calor de un angel”:

Me habían dicho que un día seria grande.
Pero de estas cenizas nadie me había hablado.
No morir. ¿Como se hace?
¿Con honra? ¿Con ejemplo?
¿Con la imaginación?
¿Con la memoria?

La muerte que pronuncia Lanseros no es, sin embargo, esa que conocemos como un final rotundo. La poeta nos habla de una vida que se “entrega por capítulos” y nos parece reafirmar que para sentir la vida, para invocarla de verdad, es necesario agudizar la conciencia de la muerte. En su poema “Un joven poeta recuerda a su padre”, la voz poética parece alcanzar esta conciencia cuando expresa: “mi corazón dividido y atónito,/ comienza a descubrir que la vida va en serio.” Esto, refiriéndose quizás a ese momento en que por fin somos capaces de percibir el peso y la caducidad de un instante en esa “línea vacía de contenido” que es el tiempo, en palabras de Lanseros.
  
De ese modo y ante la imposibilidad de entender o calcular este misterioso designio que  nos mantiene vivos, queda abrazar el lugar inamovible de la poesía, pues como reza otro de sus poemas: 


La verdad no esta en nadie, pero acaso las palabras pudieran engendrarla. 

Precisamente con las palabras, la poeta impone su voluntad frente a la incertidumbre, su sensibilidad frente al temor de mirarse en el espejo de la senectud y de la nada, pues “Siempre quise una muerte a la altura de la vida”, afirma en el poema que da título al libro que hoy nos convoca: “2,059”. Y es esta la fecha hipotética/ poética de un plazo vital exacto y acuciante, que por su inusitada presencia en el calendario, invita a redefinir el paso del tiempo, a mirarlo en proporción del intento y la perseverancia y no del miedo, pues como expresa su poema “Puestos a preferir”:

Olvidar el aroma de la lucha
es también perecer, es apartarse
ser un triste reflejo
no ser siendo
imitar el mohín de los sepulcros
diluyendo la nada sobre el algo.
Yo creo en la vida, sí, pero con tilde.
La vida que es la muerte amordazada.

La voz poética de Raquel Lanseros se decanta por la suficiencia y el riesgo de vivir, de ser. En esa disposición, vemos cómo la vida comienza, abarca el territorio del cuerpo, la fibra de lo inmediato. Pero más aún, la vida se va construyendo en el deseo y también, en el lugar de lo imposible. En uno de sus poemas más emblemáticos, la voz poética expresa:

Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado

Esencial en la poesía de Raquel Lanseros que podemos encontrar en esta antología, presentada por Ediciones Aguadulce, es el menoscabo de la fatalidad. A su modo de ver el mundo, las puertas del tiempo no son fechas que indican un límite, sino puntos de fuga, convergencia y continuidad donde se entrelazan las experiencias de todos los seres humanos. Justamente, en uno de sus poemas la autora se equipara en términos cronológicos con otros poetas, resaltando así el carácter inmortal y fecundo de la palabra, una vez pronunciada:

Tengo los mismos años que vivió García Lorca
trece menos que Rilke
dos más que Pizarnik
tres menos que Pavese.
Un año más que Whitman cantándose a sí mismo.

Concluyo que 2059 no es una fecha de muerte.

Esta antología de poemas, primer libro puertorriqueño de Raquel Lanseros tiene como título una fecha de incesante nacimiento. No únicamente porque al final del poema homónimo sea la figura de una madre quien enfrente la violencia de la mortalidad, sino además porque nos invita a mirar en retrospectiva todo lo que su autora ha escrito antes y mientras sucede esa fecha y aun después, cuando su voz siga entrelazándose infinitamente con sus lectores. Porque no es el tiempo, es la poesía y como dice Raquel Lanseros: “Poesía es lo contrario de la muerte/ esta certeza súbita de lo desconocido".

-Marta Jazmín García Nieves


Marta Jazmín García Nieves



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