te voy regalar una memoria | [krystel bravo]




Escrito en las páginas de un cuaderno confiscado

Sábado, 19 de noviembre del 2016
2:20am


Querida Xaymara:

Disculpa que invada tu cuaderno. Sé que casi no me conoces, pero quizás mi imposición lo haya decidido el destino y no yo. Que difícil debe ser escribir junto a una extraña y qué atrevida debo ser para halarte hacia mis letras, en tu espacio, con tu tinta, tu pluma, tus líneas, pero la espontaneidad nunca arrepiente, siempre vale la pena. No importa la dimensión en la que nos hallemos, escribirte siempre habrá valido la pena y no hay nada más hermoso que una carta escrita a puño y letra.

Desde que comencé a escribirte esta carta tuve un propósito en mente: regalarte una memoria. Quise dar este paso tan agigantado, tan vulnerable, así, de la nada. Regalarte una de mis más preciadas memorias solo porque… me parece que la mereces. Mereces una memoria incondicional. Quizás estoy equivocada, quizás no, es cuestión de fe. (Hace tiempo aprendí que debería enfocar mi fe en las personas de carne y hueso, pero eso es otra memoria para contar en otra carta). Te voy a compartir este pedazo de mí, porque la escritura siempre conlleva un acto de reminiscencia. ¿Y para eso estamos hoy aquí no? Estamos escribiéndonos para recordarnos.

Recuerdo cuando estaba en cuarto año de escuela superior. Mi clase graduanda…digamos que no me comprendían. No me trataban mal porque yo me marginaba, pero sé que fui testigo de muchos abusos de estudiantes como tú y como yo que fueron juzgados por ser diferentes.

Yo siempre logré enajenarme de esos círculos.

Recuerdo una vez en la hora del recreo que comencé un juego de pantomima al azar. Ella se encontraba en el balcón del tercer piso del pasillo escolar y yo en el campo desde abajo me dedicaba a tirarle besos, como si yo fuera Romeo y ella Julieta.

Yo le amé. ¿Sabes? Esa mujer sabe cómo funciona mi cabeza. Lo nuestro era una amistad de esas que retienen la pureza de la infancia, sin celos, sin drama, ella sin vergüenza (o quizás con un poco de vergüenza) me tiraba flechazos imaginarios y yo los esquivaba. Le devolvía los golpes, recargaba mis armas y con las palmas llenas de aire, yo jugaba y ella jugaba y éramos poesía consonante, éramos hermanas. Mientras tanto a mi alrededor se conglomeró el público. Los estudiantes se preguntaban que rayos estaba haciendo yo, danzando sobre la grama, lanzando besos y flechas imaginarias. Mi burbuja imaginaria me mantenía en calma. Con una pared entre medio de sus juicios y mis alegrías. Los sueños, los versos, los besos y las flechas se fueron convirtiendo en un juego; un partido de pelota.

Me tildaron de demente y me aclamaban en mi locura, mi trance, embriagada de amor e inocencia yo les invitaba a que se me unieran, que jugaran conmigo a la locura, que jugaran conmigo al amor invisible. Pero nadie se me unía.

Ella tiraba besos desde su cómodo balcón fuera del escrutinio, y yo abajo bateaba sus besos. Los observaba volar en alguna dirección. Dos o tres los bateé como homeruns y dos o tres fueron fouls. Y yo bateaba y era árbitro simultáneamente. Mis gritos de frustración y alegría se llevaron la mayor atención del público que se mantuvieron atentos a mi espectáculo. Yo necesitaba un equipo que velara las bases que me inventé, necesitaba un bateador que no tuviera miedo a fallar. Hice un llamado al público a que cruzara mi burbuja, que soltara la vergüenza y que formase parte de mi equipo. Desde luego, estábamos ganando. Aplaudían con cada batazo, cada carrera, pero nadie quería jugar. Nadie se atrevió.

Entonces sonó el timbre y entre risas se fueron dejándome sola, en la sombra, arrancándome de la única dimensión en la que puedo existir. Normalmente estoy ajena a todos, ella, mi amada amiga no me abandonó, pero no creo que llegó a cruzar la línea atrevida que divide la poesía de la realidad.

Ese día aprendí realmente a estar sola. Aprendí a amar la pantomima, aprendí a amar las aclamaciones aunque lejanas, aprendí a amar la multiplicidad de mi vida, cuando las burlas se contagian, aprendí, Xaymara, que el amor más puro lo encuentras en la soledad. En el recreo, en la pantomima, en el juego, lo encuentras en tu burbuja y no en la de nadie más. Los peores testigos algunas veces son la mejor audiencia. Yo solo quería jugar. Ser feliz fuera de las haciendas de crueles pupilas que solo te quieren esclavizar con timidez, con callar. Pero yo crucé, Xaymara. No escapé. ¿Entiendes? No me escapé. Me atreví a desear algo inasequible a sabiendas de que me iba a decepcionar. Fito Paez una vez escribió que el hombre se hace fuerte cuando se decepciona. Y solo el fuerte, el decepcionado, aprende a amar de verdad.

Por esto te escribo, por eso me impongo en tu vida con mis memorias. Porque te amo.

No te asustes. No es una declaración de amor…Bueno… sí lo es. Te digo que te amo sin ataduras, sin tabúes, te lo digo con la más sincera inocencia. Te digo que te amo porque quiero ser más fuerte. Porque quiero ser más valiente. Y me atrevo a amarte sin conocerte, porque siempre es mejor comenzar amando. Porque quiero presentarme con originalidad.

A puño y letra, esta noche te escribo para recordarte que eres genial y que ojalá que nadie que diga lo contrario pero si alguien lo hace, te reto a que juegues con pantomima y le lances un beso. Te reto a que ames con fervor en este mundo tan hostil, tan cruel, en este mundo que no te da una razón para tener fe, este mundo que no te da nada en que creer. Vístete de soledad, en tu burbuja de arte, enajénate de las burlas del mundo que no quieren jugar, y demuéstrale a todos que quedarse en las gradas juzgando a los que enriquecemos el mundo con otras dimensiones es una pérdida de tiempo. Amar duele pero siempre se extiende, siempre es contagioso, y contagiar el amor siempre es más fácil para nosotros los artistas, y esa energía, nunca es en vano. Te contagio mi amor de extraña y haciendo esto desde el fondo de mi corazón, te doy las gracias.

Gracias por escribir junto a mí.
Gracias por vestir tu capa roja.
Y ahora, más aún gracias
por albergar mis memorias.

Amorosamente,
K
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