esterilidad | [antoinette luna]



Observaba a su realeza por medio de ojos entreabiertos y cubiertos por un leve filme de cansancio.

Ella era resplandeciente, todo un mundo.

Poseía un arcoíris en sus labios y el interior iridiscente de una concha sobre su piel.

Un manto copioso y verde bosque cubría sus hombros morenos—aunque en ocasiones, me preguntaba que si descansaban o nacían.

Sus cabellos resbalaban como cascadas, y no se podía identificar ni un solo color. A veces juré que era fuego como el sol. En otras ocasiones proclamaba que los cabellos eran de los tonos pálidos del trigo.

Realmente, no soy una fuente de confianza, pues solo veo en verde y azul.

Su rostro no presentaba más que una invitación cariñosa y apasionada, pero sus ojos cargaban el filo y la frialdad de una tormenta—y las esquinas de sus labios, haladas hacia arriba como la curva de una luna, no eran suficiente como para engañarme.

Venía con cierto propósito plasmado en mi mente.

Yo me encontraba ante la imposibilidad de repartir huevos por un año más. La idea me parecía insufrible, un labor memo.

Era cruel, el entregar los huevos hermosos, pero putrefactos y purulentos en su interior.

Los niños no sabían lo que recibían, pues el colorido exterior les presentaba una distracción de la triste realidad en que vivían. Buscaban estos pequeños obsequios en la grama y entre las raíces de los árboles. Delicadamente, colocaban estos huevos en cestas antiguas.

Luego de un tiempo, las cestas de guita comenzaban a emitir un olor acre.

Claro, les parecía imposible a los padres de los inocentes niños que los adornados huevos fueran la fuente del olor maligno: unos obsequios tan hermosos…

Tome un paso más hacia ella, y sus ojos se nublaron—sonó un relámpago.

—¿Sí? 


Su voz era femenina, pero, ¿qué abarca la feminidad?

Era un tronido, pero una caricia del viento; un monzón, triste, pero un día soleado; era el colapso de una estrella, pero el nacimiento de una nébula…

Pausé.

No repitió la interrogante, mas yo sentía el eco de su palabra.

Yo, humanoide, de frente a un todo, me sentía como un punto, una elipsis.

Mis orejas cayeron al mismo tiempo que mis bigotes. Mis dientes se sentían como un impedimento a la comunicación efectiva. Muy grandes, muy animalescos.

—Grandiosa, deseo, solo deseo que me permita repartir un obsequio duradero, de hermosura autentica.

Mi voz, usualmente un ronroneo sutil pero seductor, escapo mis labios como un chillido escalofriante, lleno de duda.

—¿Qué ocurre con los huevos que produzco?

¿Cómo decir que sus óvulos eran podridos, en estado de descomposición, como el cariarse de los huesos?

—Podría ser una novedad cambiar las cosas. ¿Qué tal un chocolate, o piedras coloridas? Gemas puede producir usted con facilidad.

Sentí el espacio vibrar con una intensidad profunda, cada fibra de mi ser siendo sacudido por la frecuencia de la angustia.

—Te puedo hacer polvo. Te puedo ahogar en un diluvio. Te puedo deshacer y rehacer nuevamente.

Calmamente, dijo las palabras. Despacio. No era una amenaza, ni una advertencia, sino un hecho que ella presentaba como una inevitable ocurrencia. El próximo paso a seguir en el bulto en el tiempo que había sido mi vida.

—Huevos serán— dijo ella con finalidad.

Ella no pretendía cambiar, aunque su tierra quedaba estéril y sus cielos llenos de oscuridad.
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