el regreso del susto | [gabriel torres]



De niño siempre le tuve miedo a Madre. Escondido y lleno de estulticia, por no entender, me posaba detrás de la puerta marrón, llena de signos ilegibles de madera, a ver a Madre convulsionar. Nunca, ni tampoco pregunté, entendí porque cada ciertas horas, mirando la pantalla del televisor, o jugando a los crucigramas con abuela, se sucumbía sin control propio a estos derrumbes, estas torrentes de velocidad que le hacían rasparse con las uñas de las manos la cara; de la silla, bien amarrada y sostenida, las piernas le temblaban a una velocidad incalculable para mi aprecio, y los ojos se le perdían de vista: te miraba fijo, pero no te veía. El cabello, al terminar el huracán, le quedaba revuelto, como queda una ciudad después de más de cincuenta muertos. Los finos labios, delicados, purpúreos, llenos de muerte, acababan empapados en baba; una saliva espesa, de ríos del infierno, que de lejos, desde mi mirada de niño, parecían sangre blanca por la montura de la boca.

Abuela era quien la atendía, y me decía con voz sutil que todo está bien, nene, son cosas que pasan.

¿Cosas que pasan?

¿Que Madre tenga que pasar por episodios de muerte cada cinco horas son cosas que pasan? ¿Que madre no camine por mi cuarto a darme las buenas noches, a leerme un libro de poesía infantil, son cosas que pasan?

No.

Ahora, de pseudo-adulto, sigo con el mismo miedo. A los derrumbes le aguanto las manos para que no se golpee, pero su vista cada vez es más nívea, frívola y muerta. Ya no habla. Me recuerda infantil.

Me recuerda. Sus manos alumbran con víspera de cementerio, como si esperaran algo, como si esperaran la espera misma, como el difunto espera en su tumba flores de vida.

Ya la voz, como cuenta mi hermana, está casi en otro cuerpo, porque en ella no hay estrépito que salga. Solo, pero esto sólo lo percibo yo, sonidos siderales, gemidos inconclusos, no sé si de dolor, o de amor.

Ahora la cuida Abuela, su madre. Sin Abuelo. Desde que «sin abuelo», ella duerme con el televisor prendido y la luz encendida. Tiene tres candados en el zaguán, y solo hay espacio para uno. Llama apresurada que se siente endeble, pero es que sus pensamientos ya no están como deben. Los usa para hacerse daño, y busca bálsamos en Abuelo, Abuelo el muerto.

Aquí ando, siendo un poco después de haberme ido: el regreso del susto está en mis manos.
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