esa mañana en San Germán : [katerina ramos jordán]

Katerina Ramos Jordán
—¿Quiénes están allí?— preguntó la mujer a la misma vez que enfocó la vista hacia nuestra dirección. Lo primero que noté fue que la anciana de ochenta y nueve años leía concentradamente un libro azul que combinaba con su bata deteriorada. Tenía una muralla de libros que aparentaban ser escudos requeteusados para defenderse de todos los percances de la vida. Sus pies, recostados de la silla de ruedas, lucían achicados e hinchados de tantas piedras con las que se topó aquellos años cuando podía caminar. 

Nos acercamos a ella con la misma delicadeza como si se tratara de una reliquia sagrada en un museo. Al vernos, la mujer se quitó los espejuelos y cerró el libro con la misma calma con la que un agricultor espera por su cosecha. Por un momento su mirada delataba una confusión severa, ya que se encontraba frente a dos extrañas y una cara familiar que no reconocía. Aún así, cuando mi abuelo le recordó quién era, su boca formó una onda sutil y alegre. 

Se sintió un temblor. La invasión de recuerdos se reflejaba en sus pupilas. 

Al ella sonreír, las pocas arrugas -para sus ochenta y nueve años de edad- que se marcaron rápidamente en su rostro, nos dieron la bienvenida a San Germán cuando fuimos a visitar a Cari. 

Cari es parte de esas cuchucientas guerreras que lucharon contra un matrimonio abusador, machista e inoportuno. El único diente que le quedaba y que lo enseñaba sin vergüenza era evidencia de todas las batallas peleadas, aunque no necesariamente pérdidas. Los dientes que faltaban eran aquellos con los que podía aparentar estar feliz en el momento en el cual su marido agricultor se iba con otra. 

Aquella boca había aguantado tanto dolor. Su único diente, que brillaba al igual que el aura de un santo, estaba lleno del mismo amor con el que ella saludó a mi abuelo, a pesar de que le acordaba al cabrón de su exmarido.

Al sentarme al lado de Cari, la guerrera con la armadura azul, observaba su estructura frágil y esbelta, su piel firme y sutilmente arrugada y su mirada triste, pero llena de amor. Sin pensarlo mucho, abuelo comenzó a hablar sobre recuerdos antiguos de cuando Cari estaba casada con Tato, el agricultor. Las palabras que salían de su boca se convirtieron en bombazos y tiros para los oídos de Cari. Aquellos recuerdos eran los que todavía la atormentaban por las noches. Los eventos traumáticos de la guerra desencadenaron las historias dolorosas que se veían escondidas dentro de su mirada.

—Fíjate que Tito se enamoró de mí. Él siempre fue el que me buscaba. Me acuerdo cuando llamaba a casa— decía Cari al hablar con una voz cortada como el café de las tres de la tarde. 

Siguió hablando de cómo conversaban por teléfono, en aquella época cuando los aparatos eran un privilegio y no una obsesión. 

Me imaginaba un teléfono de pared color azul cielo como su bata, como sus libros. Visualicé a una Cari con pelo brilloso y bucles tan perfectos que parecían ser pintados a perfección. Me imaginé una Cari con piel pura y blanca, libre de cicatrices. Desafortunadamente las imágenes llenas de juventud que se componían en mi mente, se fueron deteriorando como un mahón viejo al lavarse.

—Tato era maestro en el Colegio y una estudiante jovencita, jovencita se enamoró de él. ¿Tú sabes cómo fue? El dio un examen y una joven en la parte de atrás del salón fue la última en salir y ahí le dijo que estaba enamorada de él. Claro, ella no tenía buena nota y no había podido contestar el examen. Después tuvieron relaciones sexuales por algun lao’ y yo me enteré— relató Cari. 

Mientras la mujer con la armadura azul iba diciendo sus historias de guerra, observaba su mirada recordando todas las batallas que vinieron después de este evento sangriento. Una traición que provocó una muerte para el alma y un dolor en la sonrisa. Desde este momento los dientes se comenzaron a pudrir. Luego de que Tato tuvo ese desliz de lujuria en alguna esquina de un armario en el Colegio, todo cambió. El agricultor escogió sembrar sus cosechas en otro lado y se fue con la estudiante jovencita que le robó el corazón.

El rostro de Cari se veía cada vez más arrugada mientras pasaban los minutos, porque me daba cuenta de la inmensidad del dolor que pudrió sus dientes. La tristeza que percibí en su semblanza fue tanta que no podía mirarla por mucho tiempo y me fijé en sus piernas. Eran las piernas más finitas y frágiles que había visto en mucho tiempo, me acordaron a un gallo de pelea; eran piernas estrechas, rojizas y aparentaban débiles. Como un gallo de pelea que se mantiene firme al recibir golpes, las piernas de Cari estaban rojas de toda la sangre que ardía con resentimiento. No obstante, paradójicamente, ese dolor ella lo había transformado en amor.

En ese instante llamó la hija menor de Cari y ella, enseñando el único diente en todo su esplendor, le dijo “te amo” como tres veces corridas. Esa mirada de amor incondicional que Cari puso al contestarle la llamada a su hija me hizo darme cuenta que a pesar de todos los dientes podridos, todas las mañanas de agonía y todas las cosechas inútiles, la misericordia había sido la protagonista de esta historia.

Los libros azules que combinaba con la armadura azul de la gran guerrera ya no me aparentaron ser tan ficticios y patéticos. Cada cual perdona y se olvida de maneras distintas y Cari usó sus libros y su fe para filtrar su dolor. Aún con sus piernas ardientes, sus recuerdos torcidos por la tristeza, Cari había perdonado a Tato. 

Su único diente brillaba más que el sol ardiente del oeste, esa mañana que fuimos a visitar a Cari a San Germán. 
© 2015 Convergencias Editores. Con tecnología de Blogger.