el negocio : [carmen angélica figueroa guzmán]

Carmen Angélica Figueroa Guzmán


La mañana

Es una mañana vulgar para todos. Mi cuñada madruga para preparar el desayuno mientras su marido a penas se mete a prepararse en el baño. Miro mi reloj y me percato de que son las 7:30 de la mañana; seguro que mi hermano nuevamente será impuntual con su llegada al trabajo. Digo, si es que tiene uno, como él alega, pues, gigante parte del día se la pasa en los bares del vecindario bebiendo con sus dudosos amigos.


El olor a duelos

El olor a duelos y quebrantos me despierta el estómago a tal punto que tengo que salir de mi cama para empezar el día. Aunque esté molida del cansancio. Decido esperar 15 minutos para que todos los vecinos vayan al baño para luego entrar y darle uso. Ya están peleando de nuevo. Mi hermano como siempre echándole la culpa de que no tengamos suficiente dinero para pagar las cuentas a pesar de que mi cuñada tenga dos trabajos con los que lidiar. Deberían tener suerte de que mi madre y yo cuidamos al niño mientras ellos siguen discutiendo.


Cerebro de avellana

A veces no entiendo como mi hermano puede quejarse tanto de que no tiene dinero si él mismo malgasta nuestros ahorros. Desde que mi padre murió, la depresión y amargura hizo presencia en su mirada. El ambiente del apartamento se volvió lóbrego. La crisis entró en nuestras vidas. Las limitaciones achicaban la esperanza, la envidia se alimentaba y el amor se desvanecía. Esto a tal punto, que no podía entender cuál era su ahínco porque yo cambiara mi sueño de ser doctora por uno de enfermera. El canon de la sociedad poco a poco me daba la oportunidad de crecer en el mundo laboral sin embargo, mi hermano lo veía muy oneroso. En eso tiene cuantiosa razón. Pero su increíble argumento de que era mejor que me casara, tuviera hijos y fuese una mujer dulce, me confirmaba el pensamiento de que su cerebro era; y sigue siendo, del tamaño de una avellana.


Desayuno de duelos y quebrantos

A las 8:00 de la mañana salgo para la universidad. Hoy tengo examen y no pienso llegar tarde por culpa las discusiones tempraneras de mi hermano. No tengo tiempo para eso. No es hasta que me asomo a la sala que veo a mi sobrino desayunándose los duelos y quebrantos que mi cuñada había estado preparando hace un rato. El apartamento olía solemne, pues mi hermano ya se había ido luego del enfado sobrante que había tomado con mi cuñada, dejándola en silenciosos lamentos. Mi sobrino ya estaba esperándome en la puerta, seguramente queriendo que yo lo acompañara hasta la escuela. Recojo mis cosas, me despido de mi cuñada y tomo camino con mi sobrino hacia mi novedosa hazaña.


El tumbe

Luego de un día extenso, regreso al apartamento donde me encuentro con todos: mi madre, cuñada, hermano y sobrino teniendo una extraña discusión. Luego de cinco minutos tratando de entender lo que sucedía, escuchando los llantos de mi sobrino, la histeria de mi madre, la frustración de mi cuñada y los argumentos de mi hermano, levanto la voz para hacerme presente en el lugar. Nunca se sabrá la altura necesaria para exigir una explicación. Cosa que quisiere no haberla pedido, pues, mi hermano alto en cólera, comenzó a gritarme y reclamarme por mi estilo de vida de tal manera, que nada bastó para que me golpeara. Fue entonces cuando su aliento delató su estado mental y físico, lo cual no me sorprendió en lo más mínimo gracias a no su tan dichoso hábito adquirido entre sus dudosos amigos. Luego de encerrarse en su cuarto y dejar a mi madre y cuñada en medio de la discusión, mi madre me dijo que mi hermano había gastado todo el dinero ahorrado del cheque mensual de las herencias de mi padre -y que recién llegaba a principios de cada mes para bien haber de mis estudios y los gastos tradicionales- en un negocio de licores que planeaba construir junto a sus -nuevamente- dudosos amigos en la calle fronteriza. Sin embargo, el plan se hizo ascuas, ya que su socio, el que estaba a cargo de la recolección del dinero, misteriosamente se fue a la huida. 

Nunca sabríamos de él.

La noche 

Era una noche vulgar para todos. No hubo más palabras. Tampoco cena.
© 2015 Convergencias Editores. Con tecnología de Blogger.