alter(ación): [krystel bravo]

Krystel Bravo

La cabeza. Me. Duele. La cabeza siempre me duele. Cuando no me dolía, yo fingía dolor. Mi cabeza se acostumbró a doler. Siempre, por el lado izquierdo, el ojo se siente como que va a explotar. Pero eso es lo de menos. 


El dolor no existe. El dolor no existe. El dolor no existe. Quizás.


La enfermedad no existe. La enfermedad no existe. Eso siempre me decía ella.


Existo yo.


Soy una debilidad. Cierro los ojos y la escucho a ella golpeando la puerta de mi cuarto. Me duele el brazo. Cierro los ojos. 


Me despertó un escalofrió. En penumbra, el suelo inestable alrededor de mi cuerpo, la tierra alterada como cuando se exhuma un cadáver. Me ahogué respirando tanta humedad. Se me retorció la lengua seca, activando las glándulas salivales desesperadamente.

Ella no me deja olvidar. Soy un síntoma. Soy…una llaga en su vientre. Ella me lo recuerda todos los días. Todos los días.


Despierto con dolor de cabeza y falta de llanto. Solos los débiles lloran y yo finjo no ser débil, así que finjo que no lloro. Escondo mis llantos entre tos. 

Toso.
Toso
Toso.

El quejido resonó devuelta a mí. Calibra mi voz, una garganta hueca después de tantos años de terapia involuntaria. Psicología barata
.

Ella prefiere escucharme tosiendo. Le agrada el sonido. Los doctores a los que me llevó nunca me dieron medicinas. Me decían que yo debería ser agradecida. Yo veía los doctores en sus oficinas, el edificio azul en la esquina de la calle 22. Yo veo los doctores en mi casa también. La tercera casa a la derecha en la calle Sibila. Me dicen que tengo que ser agradecida.  Me dicen que tengo que ser agradecida mientras desayunamos y me preparo para la escuela. Todas las mañanas ella me dice como se desvive cocinando, limpiando, trabajando. Ella se desvive haciendo el ridículo, ella se desvive siendo lo que nunca quiso ser por mi culpa y yo debo estar agradecida. Agradecida por su desvivir. Los doctores me lo dicen y ella me lo dice. 


Todos me dicen que no debo llorar. 


Los zapatos los tengo al revés. Ella está en la cocina y yo no quiero salir de mi cuarto. Me duele la cabeza, pero eso es lo menos que me duele esta vez, yo no quiero que ella vea que estoy llorando,
no quiero que ella me vea. Me está llamando. Me está llamando otra vez. Puedo escucharla buscando entre las ollas. Puedo escucharla. Tiene las ollas en mano. Este es el peor momento para salir.

Ojalá mi dolor de cabeza sea más fuerte. Algunas veces choco mi cabeza contra la pared para que el dolor aumente. Mas. Mas. Mas. Escondo mis llantos entre tos. 


Tosí.
Tosí.
Tosí.


Es lo primero que hacen los infantes cuando llegan al mundo.


Me duele la cabeza mucho pero no sé qué hacer. ¡No sabía que hacer! ¿Querías que te contara verdad, querías que recreara todo esto?¿Querías que lo reviviera otra vez? Tú y todos aquellos que fingen querer ayudarme, pero ustedes solo quieres repetirme lo que ya sé. Todos son amigos de los doctores que se enteraron que fui una ingrata y por eso quieren castigarme, encerrarme como dios manda. Pero verdaderamente lo único que puedo decirte es que tengo un hombro dislocado del cual no le hablo a nadie. Ponerme los zapatos es más difícil de lo que piensan con el hombro dislocado. Ella dislocó mi hombro. Eso es lo único que recuerdo de aquel día.

Estreché mis brazos, observé su longitud con detenimiento. Húmero. Radio. Cúbito. Ouch.Contraje los dedos. Carpos. Metacarpos. Falanges. Ouch. La tierra aún se desliza de mi piel arrugada y húmeda. Me astille la espalda. El cuello. La cintura. Me levante. Me erguí. Me estire. Despierta. Viva. Alerta. Sentí el cuero adquiriendo consistencia, flexibilidad. Sentí los músculos contrayendo en calor. Todo estaba en su lugar, justo como lo dejé. La tierra aquí, no es tierra. Es una metáfora.

Ella nunca entendió el concepto de la dislocación, pero explicarle algo solo dejaba otra cosa dislocada.


Yo sé…
Yo sé… soy débil.
El dolor no existe.
El dolor no existe.


Si existe.

El dolor no existe. 


La escucho gritándome desde la cocina. Tengo que salir. Salí. Yo Salí. La estufa está prendida. Hay una olla sobre la estufa. Hace calor. No puedo respirar. Esta gritando algo pero el dolor de cabeza es demasiado agudo. Poco a poco el dolor de cabeza se posiciona sobre mis oídos. Soy débil… soy…débil…

Chupé oxígeno de un sorbo agudo y errático, las tripas se me calentaron con rabia, la gravedad me aplasto de un golpe y...
Eco.
Eco...
...eco


El sonido va resumiendo su posición sobre mis oídos. Ruido. ¡Hace tanto que no escucho ruido! Escuche el crujido de la madera al ser golpeada por un puño frustrado y amenazante. El susurro del líquido que burbujea hirviente y se derrama sobre la estufa encendida. Psssssssssssss
La luz golpeó sobre mis párpados. Mis fosas nasales se abrieron absorbiendo el olor a madera vieja, y a canela quemada. Abrí los ojos lentamente. Yo estaba de pie, frente a ella. Mujer alta y autoritativa. La ira cavaba ásperas arrugas sobre su rostro contraído. Abrió la boca y repitió sus gritos.


"¡¿Me escuchaste, pendejita?!"

Me pegó. La fractura estrechó sus gritas por mi pómulo derecho.


" ¡Respóndeme puñeta!"

Estiré la esquina de mis labios hasta una media sonrisa. Di buen uso a mi renovada libertad. De un impulso tomé la hoya hirviente de la estufa y azote a la mujer con exuberante fuerza. Ella cayó al suelo, me senté sobre su abdomen con el caldero en mano y derramé la hirviente farina sobre su rostro, sobre cada cavidad facial expuesta. Los ojos, la nariz, la boca. Me aseguré de rellenar su tracto respiratorio con la crema. Su garganta se apretó con esfuerzo, sobre la sien tenía una herida que sangraba generosamente. Hizo gárgaras. La yugular brotaba de su cuello.


Tosió.
Tosió.
Tosió.


Aspiró atragantada. Le observe detenidamente. En sus ojos enrojecidos por los capilares esforzados vi como sus viles pupilas dilataron lentamente. Me levanté del suelo. Puse la hoya sobre la mesa y apagué la estufa. Tomé un paño del lavamanos y limpié el exceso de farina sobre mis brazos. Inhale lentamente. Observé mi cometido, me sentí satisfecha. Mi mejilla crecía, inflada de sangre y decepción.


Abrí la nevera, busque una bolsa de vegetales congelados, y el momento en que aquel frio rozo el cutis herido, el golpe de gravedad me aplasto nuevamente
.

El dolor no existe…Solo el frio.

De vuelta a la penumbra, a la humedad, al silencio. Ahora es que los doctores hablaran de verdad.

El dolor no existe. Antes tenía que repetirlo pero ahora es más fácil recordarlo.
El dolor ya no existe.






© 2015 Convergencias Editores. Con tecnología de Blogger.