Sol a medianoche : [Anette J. Otero González]

Arte por Hajin Bae
El reloj de la Torre marcaba la 1:30 de la madrugada. Ella deseaba correr en contra esas manecillas y volver el tiempo atrás. Pero no era posible, debía emplear cada milésima de segundo en ese abrazo que los alejaría, para luego poder revivirlo una y otra vez. Pero no sería lo mismo, tal vez no recordaría el ronroneo de los gatos, la fragancia que destilaba su cuello, la brisa que acariciaba su espalda, el latido de su corazón que de piedra se había transformado en uno de carne. No quería soltarlo, él tampoco quería soltarla. Ella recordaba que hacía escasos segundos su cabeza descansaba en sus muslos, que ambos tomados de la mano, jamás ella había tomado por tanto tiempo la mano de algún hombre, habían recorrido las oscuras calles del casco de Río Piedras.   

Un poco antes habían compartido un helado, habían almorzado juntos, habían corrido en sana competencia ella sabiéndose ganadora, él haciéndose el perdedor. Se escribieron cartas de amor, poemas y también dedicado canciones. Al principio del semestre, Él le había prestado algunos libros y le había regalado otros tantos. En segundos, las imágenes recorrían todo ese tiempo vivido hasta llegar a ese día en que ella se vio reflejada en esos ojos soles. Ese día en que sus labios hacían contacto por primera vez. Su primer beso, lento, dulce y tierno. En el mismo instante en que las olas del mar se besaban con la arena de una forma ruda, violenta e impetuosa.

Ella había tratado y sí que lo había hecho como una leona cuando protege a sus cachorros, proteger sus sueños, su corazón, su vida. Sin darse cuenta había permitido poco a poco casi perceptiblemente que Él entrara a sus sueños, a sus mañanas, tardes, y noches, a su mente, a su casa, a su cuerpo, a su espíritu y a su alma. Cuando sus manos la tocaban en su abdomen, en su espalda, cuando sentía la respiración sosegada de él en su cuello quedaba indefensa. Ella sentía eso que desde hace años anhelaba silenciosamente, alguien que la escuchara, que la mimara, que la cuidara, que le ayudara; alguien que la amara.

En esa ciudad idílica en la que sólo se encontraban ellos dos, todo corría bien, todo compatibilizaba en líneas estrictamente paralelas. Los autos en las calles circulaban sin contra tiempos, no había asaltos a mano armada ni asesinatos. La gente, ¡la gente era feliz! Pero en la periferia de su mundo nada encajaba, habían yugos desiguales, futuros inciertos y mucha neblina en el paisaje.

Y recordando todo esto corría atrás las manecillas del reloj. ¡Volvía atrás en el tiempo! Luego podría ir detalle por detalle construyendo su historia de amor imposible. Así lo haría una y otra vez como un comportamiento excesivo, enfermizo y masoquista hasta que se volvieran a encontrar en un abrazo que los acercaría aún más.

Cuando el reloj marcó las 2:00 a.m., ella se atrevió a tomarlo de la mano mientras caminaban a su destino, no volvería a sentir esa mano cálida, pequeña y carnosa en mucho tiempo. A la misma vez, ella se preguntaba por qué todo tenía que ser excesivamente complicado, por qué su primer amor, su primera relación, su primer abrazo y su primer beso tenían que tener ese sabor agridulce. Su Espíritu le dijo que su historia era como un sol alumbrando a medianoche; cada cierto tiempo sucedía el acontecimiento más peculiar de las estrellas. Y así era su historia, un eclipse. Y con una sonrisa en la cara lo despidió. Se sentía bendecida al saber que ELLA era la luna y ÉL era el sol.
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