Simbi la Flambeau : [Alexandra N. Sánchez Soto]


La Madame extendió su abanico de cartas hacia mi. Las examiné de manera meticulosa, izquierda a derecha respectivamente, pausando dudosa sobre algunas de ellas. Escuché su llamado. No dijo mi nombre, pero La Carta me llamó. Inmediatamente fijé mis ojos sobre Ella, que resaltó por encima de todas las demás a las que ya ni siquiera veía. Me dejé seducir. Ahora solo podía ver la carta que me llamaba mientras una de mis manos se colocaba sobre Ella instintivamente. La froté, un poco tímida, con la punta de los dedos de mi mano derecha. Me dispuse, entonces, a tomar La Carta. De inmediato el resto de las barajas reapareció intentando confundirme, aunque yo solo necesitaba una. Nunca dijo mi nombre, pero La Carta me llamó.

Una vez desprendida de las demás no me atreví a voltearla, sino que la observé y la sentí vibrar en la yema de mis dedos. Yema, naipe, yema. Poco a poco su vibración fue ascendiendo dentro de mi cuerpo deteniéndose interválicamente en mi muñeca, en mi codo y en mis hombros. Inmovilizando mi cuerpo gradualmente. Su energía me fue atravesando hasta adentrarse cada vez más hondo entre mi cordillera, ése punto medio entre mis pechos donde todo lo siento. Mi cuerpo inmóvil se encontraba en estado de alerta cuando finalmente la sentí agitarse vertiginosamente hacia el sur. Se erizó mi piel, se contrajeron algunos músculos, se humedecieron mis labios.

Levanté mi vista hacia la Madame que esperaba pacientemente por mi. Volteé mi carta sin mirarla y se la mostré. “Simbi La Flambeau”, vociferó. La Madame soltó una carcajada y compartimos una reservada mirada de complicidad. Comprendí que no era necesario decir nada. Yo sabía cuál era el mensaje. “Esto me pasa por bellaca”, pensé para mí. Entonces la Madame habló y me ofreció su muy atinada interpretación de La Carta, aunque no era necesario.
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