Se Alquila Apartamento : [Luis S. Pabón Rico]

Yosuke Yamaguchi (Japanese artist):
Arte por Yosuke Yamaguchi

Habían pasado 31 años desde la última vez que había subido las escaleras hacia el apartamento no. 11 de la calle Santa Cruz.  Con el pasar de los años, los recuerdos que Carlos conservaba de aquel edificio iban poco a poco desapareciendo.  Sin embargo, la muerte de su padre hacía unos meses atrás despertó unas pocas de aquellas memorias que se hicieron inclusive más presentes con cada escalón que allí subía. 

Según una vecina que aún vivía allí, su padre había continuado todos esos años como maestro de Música hasta que enfermó. Carlos no sabía cómo aquella vecina dio con su dirección, pero fue ella quien le había avisado mediante una carta la noticia de la muerte de su padre.  Cuando esta le preguntó el porqué de su ausencia al entierro de su padre, Carlos se limitó a contestar que al recibir la carta, ya había pasado la fecha del entierro y rápidamente cambió el tema.

Ahora estaba frente a la puerta del apartamento de su padre.  Luego de unos minutos de vacilación, abrió la puerta y una ola de aire entró y ocupó el espacio vacío de la pequeña sala.  Era evidente que había pasado bastante tiempo desde la última vez que alguien había entrado allí.  No estaban los muebles que recordaba y todas las ventanas estaban cerradas.  Según había escuchado, el terrateniente había ordenado vaciar el apartamento y adjudicaba a la crisis económica que atravesaba el país el que nadie lo hubiese alquilado durante ese tiempo.

Con cada paso que daba, le llegaban más recuerdos de aquel apartamento en donde vivió por 17 años con su padre, quien había sido un pianista concertista venido a menos que se dedicó casi toda su vida a la enseñanza.  El alumno más importante de su padre era Carlos.  La fama que nunca alcanzó como pianista era la que soñaba para su hijo y Carlos tenía que convertirse en ese pianista soñado a como diera lugar.  En un principio, siempre buscó complacer a su padre y practicaba diariamente por largas horas cuando regresaba del colegio.  Sin embargo, con el paso de los años, su padre se volvía más estricto y a menudo mostraba su disconformidad con la ejecución de su hijo y le reiteraba su decepción.  La intolerancia que llegó a tener ante los errores técnicos de su hijo lo volvió violento y una nota fallida era suficiente como para darle en las manos y hacerlo repetir toda la pieza nuevamente hasta que quedase intacta.  El día en que sangraron sus manos, Carlos no pudo más y decidió huir.

Ese fue el recuerdo que le llegó a su mente al entrar a lo que fue el estudio de su padre y encontrar junto a la ventana el único mueble que quedaba en el apartamento protegido por un manto.  Caminó hasta él y, al levantar el manto, allí estaba: el piano de cola negro que la carcoma había empezado a devorar.  Aparentemente era muy costoso sacarlo y el terrateniente decidió dejarlo allí hasta que alguien lo quisiera buscar.  Cuando abrió la tapa, encontró los lentes que su padre se ponía a la hora de Carlos practicar. Entonces un súbito interés por ver el mundo desde la perspectiva de aquel viejo pianista lo llevó a ponerse los lentes. 

Cuando se los puso, las lágrimas bajaron una a una por su rostro.  Fueron varios minutos de emociones encontradas.

Carlos se quitó los lentes, los puso en el mismo sitio en donde los había encontrado y cerró la tapa del piano.  Caminó hasta la puerta y por un momento pensó haber escuchado el principio de aquel concierto de Morellevsky que estuvo tocando la semana antes de irse a sus 17 años, como si todavía retumbase por aquellas paredes.  Una sonrisa se asomó en su rostro y acto seguido, salió del apartamento, cerró la puerta tras él y bajó las escaleras.
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