De historias tercas y libros que se desmayan : [Roberto A. Talavera Pagán]



Las historias que nos habitan deberían ganarse el Premio Nobel de la Terquedad. Y es que si solo fueran tercas, no habría problema. Lo que pasa es que, además de ser tercas, se asoman cuando uno menos las espera o las necesita, cuando la mente está perdida en el vaivén de eventos cotidianos; en el intento de vivir.1 Las historias que nos habitan le huyen al papel en blanco, como si temieran ser plasmadas mediante la letra escrita. Corren como “las otras muchachas corrían perseguidas por sus trenzas”.2 Se escapan. Parece que tienen miedo a convertirse en literatura con “l” mayúscula o minúscula, ¡o crepúscula! Les cae pesado darse a conocer y servir de medio para entablar un diálogo, un intercambio mágico en que se hace a otro partícipe de la propia experiencia. También los libros nos tienen miedo. Y, sorprendentemente, mientras más extenso el libro, más nos temen.  Una vez escuché a alguien decir que tuvo que perseguir una copia del Quijote por toda su cuadra y que luego la encontró desmayada de terror dentro de un clóset.
Así es fácil, echarles la culpa a otros, aunque sean seres inanimados… ¡Qué mucho nos aterra leer y escribir! ¡Qué miedo le tenemos a la palabra!  Y esto no salió en el periódico de esta mañana: nuestros padres tampoco leían, ni nuestros abuelos. Ellos nos tratan de convencer, llenos de orgullo generacional, que en los “tiempos de antes” los señoritos y las señoritas se devoraban con gusto las bibliografías obligadas y que, asimismo, los escritores buenos de verdad están todos bajo tierra. Bueno, allá ellos con sus paquetes, pero a mí no me convencen. Ya lo dijo un poeta: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”3. “Nos quieren hacer pensar que fue mejor”, debió haber dicho.
Entonces resta preguntarnos, ¿por qué le tenemos miedo a crear y a disfrutar lo creado? ¿Por qué le tenemos miedo a la literatura? A falta de omnisciencia, solo me queda inferir. Tal vez le tenemos miedo a escribir porque no queremos desnudarnos frente a los demás; no queremos quitarnos la máscara siniestra que oculta nuestro ser interior. A lo mejor pensamos que no tenemos la capacidad, que por alguna razón ese gen supersónico con que nacen los escritores consagrados no nos fue concedido por el azar. Probablemente nos convencemos de que para escribir hay que saber hacer malabares con el lenguaje o poder recitar el contenido del diccionario todas las mañanas, cual si fuera una oración solemne. Quizá pensamos que nuestra creatividad está siempre de compras o en un crucero por las islas y que no tenemos nada “importante” que decir.
 Del mismo modo, le tenemos miedo a leer porque creemos que el tiempo no nos da y que invertirlo en leer un buen libro sería un desperdicio imperdonable. Tal vez nos profesamos incapaces de entender personajes complejos, tramas laberínticas o vocablos arcaicos.  Acaso nos aterra encontrar en los libros un pedazo de quienes somos o, de repente, sentir la impresión de que conversamos con alguien que siempre nos acompaña4. Es posible que le tengamos miedo a perdernos en otra realidad y que nuestras raíces se desarraiguen de este suelo y flotemos… y flotemos… Tal vez no queremos ver en lo pequeño, algo grande; en lo cotidiano, algo digno de reflexionar. O le tenemos miedo a participar de la experiencia del otro, a viajar a otra dimensión, a ponernos los zapatos del vecino, a “vivir la vida que otros soñaron”5. En cualquiera que sea el caso, estamos mal. Bien mal.
Propongo entonces, si me lo permiten, que dejemos de echarle la culpa a las historias tercas y a los libros que corren cuadras enteras y se desmayan. Y, además, si tenemos tanto miedo, debimos habernos comprado un perro hace tiempo. Dejemos ya de inventar obstáculos y atrevámonos a enfrentarnos al papel en blanco y a perdernos en las páginas de un libro. Nadie dice que será fácil― si es fácil, ¿de qué sirve?―, pero, sin duda alguna, será una de las pocas cosas que sí valdrán la pena.
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  1. Imagen de Julia de Burgos.
  2. Federico García Lorca, “Romance de la Guardia Civil Española”.
  3. Jorge Manrique, “Coplas a la Muerte de su Padre”.
  4. Idea de Antonio Machado.
  5. Miguel de Unamuno, “Leer, leer, leer, vivir la vida”.
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