Los premios del 3er. Certamen Literario de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico

by 22.4.15


El pasado miércoles, 8 de abril de 2015, se celebró la premiación de los ganadores del 3er. Certamen Literario de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Las categorías de poesía, cuento, ensayo y dramaturgia recibieron más de 80 participaciones de estudiantes del Recinto. Los ganadores son los siguientes:

Categoría de Poesía
Jurado compuesto por Sofía Irene Cardona, Yolanda Izquierdo, y Carlos Roberto Gómez

Pablo G. Figueroa :
[Pasadizo]

Categoría de Cuento
Jurado compuesto por Zaira Rivera, Vanessa Vilches, y Benjamín Torres Gotay

Rosa del Carmen M. Saiz Uribe :
[El misterio de Hidros]

Categoría de Ensayo:
Jurado compuesto por Teresa Peña Jordán, el Alfredo Carrasquillo, y Ricardo Arribás

: Eliezér Márquez :
[Historia natural de ese aclamado hierofante llamado Yiye Ávila]


La categoría de dramaturgia fue declarada desierta.

Carlos Mejía: [This is NOT Art]

by 22.4.15



Tyger Tyger, burning bright, 
In the forests of the night; 
What immortal hand or eye, 
Could frame thy fearful symmetry?
-William Blake

What do you think about that?
Oh, dude, come on! You just ruined everything!
What?! What did I do?
You started with dialogue. You never start a story with dialogue!
But I thought this wasn’t a story.
It’s an anti-STORY.
So what’s the problem with starting with dialogue? It’s an ANTI-story.
I…don’t know how to answer that. I guess it’s still a clichéd trend.
Ha…
What?
…like your face.
Only because it’s attached to yours!
You got the ugly genes!
I will break this glass and take you with me, so help me!
MY FONT SIZE IS BIGGER THAN YOURS!!
MINE IS IN BOLD

GUYS!
Please…I’m trying to figure this out….

Sorry, Mr. author sir. We’ll try to keep it down.
He has no idea what he’s doing, is he?
Not a clue. So, what’s up with that quote you put up there?
Oh, I thought it would make this more interesting.
But what does it have to do with anything?
It’s interesting.
So?
Well, I don’t know! I thought it might give him some direction.
What direction?! He’s supposed to break the mold or whatever! Give him UN-direction! UN-direction!
AAAAHHH!!! I don’t know! I don’t know! I GOT IT! Let’s
                                                                                                Start
                                                                                        Talking
                                                                               Like
                                                                       This
                                                                        It’s
So
                 Cutting
                                         Edge
Forget it, that’s going to take forever. Oh, god…people are going to write stories about Peacock boy that’ll put us to shame...Wait, what if we sell out and trade words for pictures? Like tumblr?
People write some stuff on tumblr.
Have you read some of it?
Point taken. Pictures. Let’s build a story from pictures:



Dude…it doesn’t count to paste a story that’s already been written.
Meh. Art is dead.
So are we.
DUDE! Too soon…
Too early if you ask me.

Perhaps we could,
Yes I think you’ll agree,
Leave aside the frould,
And delight them with poetry.

“Frould”, you’ll find
is not a word,
You dumb,
Stupid abortion.

What’s this? Are you scared?
You can’t even rhyme
You don’t even dare
To give it a try.

It’s called
Free verse
Google it
You fuck.

I give up. You win. You hear me?! You all win, you cynical fucks!
Who are you talking to?
All of you out there! He’s trying! He’s trying really hard! He wrote about a transdimentional space goat! Nixa called it “creative”! CREATIVE!
Hey, hey…it’s ok… We all have our bad days. Sorry about this everyone. My brother needs some sleep, so we’ll just wait for something to come out of this. Just remember:

THIS IS NOT ART

How’s that supposed to make me feel better?
(Shh…It’s the best way of getting people to defend it as art)

My lips are sealed.

Isabel Almonte: [Beneficios de Ser Chubby]

by 20.4.15
Lane Bryant: campaña "I'm No Angel"

El pasado miércoles recité en un open mic varios poemas: entre ellos un poema de amor para mi ex-novio/amigo italiano. Éste es súper clichoso. Leerlo me destrozó un poco, así que decidí contar una anécdota graciosa: “y nada, quería decir que este traje lo usé en CESCO para hacerme la embarazada y no hacer fila”. 

Entonces, empecé a recordar este gracioso acontecimiento, que de hecho, no solo pasó una, sino dos veces. La primera vez, comía con mi hermano en un restaurante donde la mesera ya nos conocía. Asi que con la misma falsa confianza con la que nos relacionábamos, me dijo, “Mamita, ¿tú estás embarazada, verdad? Se te nota. Te vez bien bonita. ¡Felicidades!” Y yo, como es obvio, y con cara de “hell no”, le dije, “No chica, no estoy embarazada.”

Después se disculpó.

“Es que estás más hinchadita, la nariz y eso”, dijo.

Whatever.

El punto es que se fue, y quedamos yo y mi hermano en la mesa haciendo la digestión de comida y de una de las situaciones más incómodas que le puede pasar a un chica con la normal inseguridad que viene cuando sabe que está más gorda que antes.

Nos reímos.

Luego fuimos a CESCO para, hacer lo doblemente irónico: una fila kilométrica y pagar. Llegamos a esta oficina, y todavía me rondaba por la cabeza el jodío comentario de la mesera. Decidí aprovecharme de mi condición post-traumática.

Fue casi automático.

La gente me miraba mientras yo pasaba por su lado, como cuando uno corta por el paseo para virar a mano izquierda en un tapón. Caminé a donde la señora de seguridad.

“Disculpe, ¿la fila de embarazadas?”

“Por aquí dama”.

Me le colé a casi ciento cincuenta personas. Había solo dos personas frente a mí, y una de ellas parecía estar haciendo un show igual al mío, lo único que profesional (con silla de ruedas y todo). Aguantándome la risa de nerviosismo, de felicidad, de astucia, de trampa, de ese sentimiento de cuando te robas algo de una tienda, pagué las multas de mi hermano.

Salí sonriente.

“¡Vamos, ya pague!” le dije.

Y mi hermano como que, “¿qué?” Y yo, “Sí, estoy embarazada y no estoy para esas filas”.

Escuché a mi hermano reírse también.

El evento fue el tema de conversación en mi casa. Una semana después, me di cuenta de que mi marbete había vencido. Con la preocupación en el alma de volver a ese terrible lugar, pensé: puedo volver hacerlo. Sin embargo, cuando llegué a CESCO ese día, no había fila.

Después de todo, no soy un ángel, y con el mismo traje puesto me hice la embarazada.


Edgardo G. Ortíz: [Amalia]

by 20.4.15


Por mi parte, soy, o creo ser, bastante cursi, pero jamás he conocido un hombre tan melancólico y necesitado como Carlos Casalduc. 

Era una tarde de principios de semestre, y me sobraba tiempo para la próxima clase, así que salí a tomar un café y leerme una novela para pasar el rato. Recuerdo que leía El Conde de Monte Cristo por cuarta vez. Miré el reloj, y como aborrezco todo café servido dentro de la Universidad, emprendí marcha hacia el casco de Río Piedras. 

Debí cortar por la facultad de Humanidades, porque cerca del puente que da acceso a la Brumbaugh me encontré a Antonio, el menor de los gemelos Casalduc, sentado en un banco liándose un cigarrillo. Ese verano lo había pasado de internado y no vi rastro de ninguno de mis amigos. Me sorprendió que efectivamente no lo hubiera visto ni a él ni a su hermano hacía casi dos meses. Después de un todobién, de esos que no se contestan, me ofreció un cigarrillo. Negué con la cabeza, era demasiado temprano, y él hizo un cómico gesto de allá tú mientras lamía el papel para sellarlo. Me dijo que iba para el apartamento, que si quería ir, y yo que, de momento, no tenía nada mejor que hacer, opté por acompañarlo. Por lo visto su verano había transcurrido sin mayores novedades. Antonio nunca se destacó por dar cuentas detalladas de nada, siempre acababa uno mismo atando los cabos. 

Cruzábamos la Ponce de León cuando le pregunté por su hermano. En el apartamento con Amalia, contestó. ¿Con quién? Amalia, Pollina. ¿Con Pollina?, no le creí. Sí, Pollina. Me tomó un minuto asimilarlo. Pollina era una muchacha que conocimos una vez fumando frente al Teatro. Era el tipo de persona a la que le dices que te duele una herida y la toca por fastidiarte, sólo porque le da risa. En realidad su nombre era Amalia, pero a sus espaldas le decíamos Pollina, porque la llevaba terriblemente mal cortada, de modo que no le sentaba muy bien, pero más que nada porque no la soportábamos en discusiones. Andaba siempre con un chamaco del Programa de Género que se llamaba Wálter o algo así, no recuerdo. Nosotros le decíamos Heteronormativo. Juntos hacían una formidable pareja de debate, él transgrediendo la subversión abyecta de queseyoqué y ella dilatándose con rodeos, al punto de hacerte olvidar su argumento inicial. Los detestábamos a ambos. Naturalmente, la idea de que Carlos estuviera a solas con alguien como Pollina, que no era fea pero bastante por debajo de los estándares del grupo, me sobrecogió. Antonio, en cambio, se reía de mí. ¿Te sorprende?, preguntó. Concluí que no, si algo distinguía al mayor era que no sabía estar solo. 

Bajamos las escaleras hasta el redondel de la calle Humacao, cerca de donde ellos se hospedaban. Según pude reunir del pobre recuento de Antonio, a Carlos lo había dejado su novia de seis meses a principios de verano y este, abatido, no tardó en recalar en los consoladores brazos de Pollina. Nada me prepararía para lo vivido esa cálida tarde de agosto. 

Se trataba de un edificio de dos pisos: Antonio y Carlos ocupaban el nivel inferior, mientras que su hermana (que de paso está buenísima) compartía los altos con una amiga de la infancia. El acceso al apartamento se daba mediante un portón que abría a un pequeño patio, espacio que esta vez por alguna razón lucía muy distinto. En los cuatro años que conocía a los hermanos Casalduc, jamás había visto un solo indicio de vida en esa lúgubre loza de cemento, pero ese día la vi poblada de todo género de flores, orquídeas, plantas medicinales, bonsáis y hasta una enredadera comenzaba a hacer suya la pared que albergaba la puerta de entrada. Era, en todos los sentidos, otro lugar. ¿Qué carajo pasó aquí?, pregunté. Antonio volvió a reírse. Pollina, claro. Debo admitir que las plantas le habían dado un nuevo soplo de vida al patio, pensé que quizás este nuevo episodio amoroso de Carlos podría resultar al menos en algo ventajoso. 

Avanzamos hasta la puerta abierta, frente a la cual se habían puesto a secar dos mats de yoga. Son de pilates, aclaró Antonio con las cejas bien arriba, como queriendo decir que no me atreviera a confundirlos. Ni bien me había disculpado cuando entrábamos a la sala y me azotó un fuerte tufo, dulce y empalagoso, como si alguien me hubiese enterrado una rama de canela en cada fosa nasal. No pude más que toser incontrolablemente. Pude identificar que el hedor provenía del humo de una pequeña estaca que quemaba encima del televisor. Me eché el cuello de la camisa encima de la nariz. Antonio me miró con los hombros alzados: te acostumbras. Es un incienso, dijo Carlos, que aparecía por el pasillo del apartamento. Se me hace difícil incluso ahora detallar lo que llevaba puesto ese día: una especie de camisa (camisa, blusa, nunca supe bien) con el cuello abierto hasta casi el ombligo y de mangas exageradamente anchas, muy largas para ser cortas pero a la vez muy cortas para ser largas, un pantalón de tiro embolsado que sólo pude asociar con los de Alí Babá (aunque bien los de éste fuesen de más gusto). Para rematar, unas sandalias de gladiador. Era todo un espectáculo penoso. 
Logré retirarme la camisa de la nariz para decirle a Carlos que parecía que lo habían sacado de una lámpara mágica. Es un dashiki, es de África, contestó él. ¿Te la regaló Pollina?, bromeé. Me corrigió: Amalia. Ah, pues te sienta muy bien. Mentí. 

De alguna otra parte del apartamento el sonido de una ducha hizo vibrar el aire. Me excusé de no estar allí más tiempo con el pretexto de mi próxima clase, para la cual realmente aún faltaba. Pronto saldría Pollina de la ducha a rociarme con Dios sabe qué diablos y no hubiese podido soportar mucho más la penumbra de tanto infortunio. Carlos me despidió en la puerta, no sin sentirse impelido a regalarme un cuarzo. Lo acepté, y ahora se lo saco en cara cada vez que me invita a una clase de crossfit o algo parecido porque según él sutana o mengana están metidas en eso. Ya no está con Amalia, obvio, pero afortunadamente aún queda una que otra planta con vida en su patio en la Humacao.

Eugenio Gil De La Madrid Figueroa: [Inocencia]

by 20.4.15


     
Por fin llegaron las autoridades a la escena del crimen. Frente la marquesina hallaron a la madre de 23 años atropellada. Pareció como si hubiese tratado de huir. Luego fueron notificadas que a unas millas habían localizado el vehículo familiar. Adentro estaba el esposo de 34 años. Fue descubierto muerto. La causa: un escape de gas.

Por fin, las autoridades entraron a la casa y descubrieron al hijo, un niño de 6 años. Este había salido de su escondite y lo primero que le preguntó al oficial fue:

—¿Ya dejaron de pelear?—

Wilfredo Burgos: [Trance Bachata]

by 20.4.15



Esta es la historia de Rey, a quien conocí después de masturbarme en el baño del Vidys. Está allí, mirando a lo lejos en el tedio tropical del San Juan que se derrumba sobre mí. Se toma una cerveza, fría, bañada en rocío que sucumbe ante los desfases climáticos cual gringo que se baja y se derrite en las compuertas de las Llegadas del Luis Muñoz Marín. Rey la disfruta, a destiempo. Algo quiere contar. Y yo, que nací con la enfermedad de la coquetería, me le siento al lado y lo saludo con voz de ultratumba, para que sienta un poco de mi hombría. 
Saludos. Hace calor, ¿verdad? lanzo en mi pequeña dosis de labia caribeña, única en su tipo.
Rey no contesta. Me mira y parece que no necesita compañía. Por lo tanto, me alejo y ordeno una cerveza para mí. La más barata, porque la cosa está mala. Él no se mueve. Pero ha seguido mis pasos y, con su mirada que abre mundos a abismos del alma que arrebatan la tranquilidad, me trae de vuelta hacia él. Se da otro sorbo de su fría. Abro la mía y le sigo la jugada.
Oye, Sandrita grito con toda la barriada saliéndose a través de mis cuerdas vocales. Ponme la bachata de Anthony Santos que me gusta. Deja ver si me quedan cincuenta chavos.
Rey no habla. Me desespera. Agito su lata a ver cuánto le queda. No queda casi nada. Hago el aguaje de buscar un dólar entre los bolsillos raídos. No creo que pueda complacerlo. La de él vale una peseta más y me descuadrará el presupuesto de las 24 horas. Vuelve y me mira fijamente. Permanece lelo, pero lanza la primera munición: sonríe. Su risueño semblante hace juego perfecto entre cabellera medio larga y ondulada por el molde de una almohada a la que le imagino el olor. Todo se combina con una barba tímida, rala, que se siente suave, grácil, cordial y cortés al que la toque y hasta para quien la mira. Rey enamora, sin hablar, en vaivén de ojos, con sonrisa jovial que te suaviza las tensiones de una mañana de lunes.
Empieza mi bachata, al fondo, y hace juego perfecto para desbaratarme la angustia de la rutina que todo lo maltrata. Vuelo instantáneamente. De pronto, Rey está en mi boca y yo le paseo los contornos sobre la mesa adornada con residuos de cerveza. Le sostengo los cabellos como nadando sin saber nadar. Le miro a los ojos y quedo sumergido en silencios de otros tiempos. Le acaricio el pecho, la espalda, el cuello y el rostro como si se concretara el éxodo de mi cuerpo en el suyo, que es todo pasiones contenidas, que es todo sonrisas mañaneras bajo sábanas que huelen a futuros prometedores. Rey responde, sin malicia. Rey me lame, sin razón. Bajo, subo, abro la bragueta de su pantalón corto. Saco, saboreo, chupo, no resisto.
El punteo de la primera guitarra me carcome los sentidos. El mambo está en pleno apogeo. El coro llora en hecatombe de voces y yo sufro en trance cadencioso. Rey me abriga y me rindo. He alcanzado la bendita plenitud.
Ahora, la bachata cae en un abismo de almas que no me escuchan. Los acordes finales tocan lo que queda de mi cuerpo. La cebada hecha amargura se agudiza en cada papila. Un grito me despoja del conjuro.
Rey, ¿estás bien, mi pana? le pregunta el regordete que todas las noches me patea sin pensarlo dos veces. 
Él le contesta mientras, lentamente, empuja mi cuerpo hacia la otra esquina de la mesa. Lo veo partir, pero, al fin, hablando. Compartiendo, mientras asiente repetidas veces con la cabeza, lo bien que le va en el semestre. Yo, me levanto, y me acomodo bien la bolsa de basura que carga mis tres piezas de ropa. Me arreglo el semblante con una servilleta pasada por sudores de una lata, y acomodo el vaso plástico con el menudo en el bolsillo del lateral izquierdo de mi abrigo raído.
Me dispongo a salir derrotado. Como siempre. Pero, de pronto, me lanzan una segunda munición. Rey extiende su mano sobre un pequeño grupo de amigos recién formado y me regala cincuenta centavos. A falta de amor, me ayuda con la limosna. A falta de caricias, me despido entre sonrisa y risas y vuelvo a sentarme en la esquina habitual, desde la que siempre escucho la bachata que me adormila, mientras imagino un lugar en el que pueda volver a ser feliz sin la necesidad de soñarlo todo.


Esther Andrade: [Plagio]

by 20.4.15


Río Piedras: Arte Urbano


Lo peor es cuando has terminado un capítulo
y la máquina no aplaude.

Orson Wells



Lleva meses aterrorizada con el tintineo del cursor en la pantalla de la computadora. No logra organizar sus ideas y en ocasiones escribe oraciones empleadas en cuentos anteriores. Se deja seducir por el humo de la yerba que inhibe los sentidos. El sabor a té le impregna los labios, la lengua, el paladar. La mente y la pantalla continúan en blanco. 

Las paredes a su alrededor se transforman en papeles de líneas. El suelo se cubre de decenas de páginas estrujadas. Se queda mirando fijamente el armario de libros que se contorsionan formando una cara de payaso. Se burla. Lo ignora. 

Aturdida, cierra los ojos y se le escapa una lágrima. Esta recorre suavemente la mejilla, luego besa sus labios secos, espera en la barbilla hasta saltar al abismo. En el silencio del pequeño cuartooficinaestudio, puede escucharla caer al suelo, creando el sonido de una ola al golpear un arrecife. 

Se sienta frente a la computadora y entabla una guerra con el cursor. Escribe…borra. Escribe….borra. Inhala, escribe, borra. Inhala, escribe, lee, borra. Escribe, inhala, lee, lee, escribe, inhala, borra. Siente que la batalla, por el momento (aunque teme que para siempre) la gana el cursor. 

Una brisa entra por debajo de la puerta y, suavemente, en complicidad con el humo, comienza a formar un pequeño remolino. Las letras del teclado se desprenden. Primero, las consonantes; luego las vocales, y por último, los números y los signos de puntuación. Todas se unen al remolino de humo que, poco a poco, se convierte en la figura de un hombre sin rostro. Temerosa, sin poder moverse, puede ver cómo dentro del torso las letras forman oraciones. El miedo y la confusión se apoderan de ella. Se escurre hasta el piso. Gatea. Se arrastra tratando de alejarse del humohombre, que ahora se sienta y mide fuerzas con el cursor.

Siente frío. Las paredes sudan y el papel se arruga. Se abraza las piernas y lo escucha hiperventilar, sacudiendo el escritorio con su furioso tecleo. Súbitamente levanta los brazos y señala al cielo, lanzando una carcajada maléfica. 

El humohombre renueva con afán su escritura secreta. Las oraciones se desprenden de su cuerpo mientras escribe, y él se desvanece al compás de cada tecleo. La brisa se lleva el humo al techo y forma una nube gigantesca. Se desata una tormenta y comienza a llover letras. La impresora escupe decenas de papeles. 

Ella sostiene en sus manos temblorosas y empapadas de letras, lo que parece ser su mejor escrito. Cuenta la cantidad de páginas y el filo del papel abre una pequeña herida en el dedo índice. El hilo de sangre mancha las hojas, creando dibujos como en la prueba de Rorschach. Se espanta y las deja caer regándolas por el suelo. En el techo, el humo recobra su forma de hombre y la observa detenidamente. Aumenta su ansiedad y el corazón galopa a la velocidad de una estampida de cebras. Boca arriba en el piso, se agarra el pecho. Se le escapa el aliento. La brisa aglomera el escrito, mientras de la nube llueven páginas en blanco sobre su cuerpo inmóvil. 

Pierde la noción del tiempo. Pasan los días, las semanas, los meses y nadie sabe de su paradero. Las autoridades tocan a la puerta. No contesta. La brisa se cuela por debajo de la puerta, se enreda con el humo y se escapa de la habitación bajando las escaleras. Se detiene en la acera. Se mezcla con las hojas de los árboles y las páginas sueltas de un periódico que vuela sin rumbo. La portada reseña la noticia de una mujer desaparecida. 

Las autoridades regresan, fuerzan la puerta y encuentran el cuerpo de la mujer en estado de descomposición. El agente trata de descifrar la escena. Hay papeles pegados en las paredes, libros regados por el suelo y el cadáver sobre una mancha violeta oscuro. El oficial nota los papeles con sangre y decide recogerlos. El humo envuelto en la brisa regresa y con un rudo golpe entra por la espalda del agente poseyéndolo. Aturdido, el hombre se incorpora, se mira las manos y observa su alrededor. Palpa su rostro, recoge el escrito y lo coloca en el bolsillo de su chaqueta, sin que nadie lo note.
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