Wilfredo J. Burgos Matos: [Camila]


Después de que Pedro se viniera, Camila vomitó semen en el pequeño zafacón que acompañaba su diminuta cama, se lavó la boca y llamó al próximo cliente. Su entrepierna estaba adolorida, sudorosa, cansada, pero así es que se consigue el dinero en este país en crisis. Por eso, chichó irreverentemente como una flor carnívora que araña carnes ajenas para poder llevarle comida a sus siete gatos y, de paso, comprarse un Whopper y un apple pie. 

Desde que llegó de Samaná al archipiélago maldito que hoy llaman la Isla del Encanto, no sabía lo que era estar bellaca, no entendía lo que era sentir, gemir, gritar como puta de caserío. Simplemente sabía abrirse, como emulando la rutina de las oficinistas que, a falta de pan, le comen la pinga al doctor o al abogado, o al que sea que le sirvan. Camila era una máquina, un envase en el que se depositan las penurias y las soledades de los machos que le rinden pleitesía al falo, a la punta gorda y roja, palpitante. 

Pero un día, cansada del tejemeneje, luego de clavarse a cinco, Camila decidió coserse la chocha. Así mismo. Cosérsela como mujer que recurre a la Celestina. Estaba decidida y sabía que, a pesar del extraño y, en estos tiempos, costoso procedimiento, sería capaz de volver a sentir el amor a través de un buen roce de clítoris, o a lo mejor con una buena estrujada de boca entre cada lasca de carne, de su propia carne. Así fue que conoció a doña Clotilde, la gran cosedora de cricas del país. 750 dólares costura desde afuera y 1,200 costura doble, desde adentro y desde afuera, para que “vuelvas a ser más virgen que María”. 

1,200 exactos. “Qué se jodan los gatos por esta semana”, se dijo a sí misma. Ella quería una herramienta nueva, una flor a punto de ebullición orgásmica, un volcán contenido. Y le abrió las patas a Clotilde, que en 25 minutos le dejó el canto como nuevo. “Te quedó bella, mi amor”, informó alegremente la clandestina cirujana de chochas. 

Ahora Camila tendría que sentarse a esperar, en un café del Condado, a que llegara el hombre de su vida. Eso le dijo Cloti, que también era santera. Lo imaginaba blanco, de ojos azules y panza pequeña. A ese es al que le daría el fruto nuevo, su reinstaurada virginidad. 

Por eso, bien arreglada, con un traje floral, esperó una semana en la que llegaba, siempre, a la misma hora de lunes a viernes, 7:35 a.m. Y así, sin prisa, pero con varias onzas de cafeína corriéndole por el cuerpo se marchaba a las 7:35 p.m. Una rutina de 12 horas mientras esperaba al hombre ansiado. 

Impaciente, pero esperanzada, esperó otra y otra y otra semana. Cuando ya habían pasado dos meses se sintió inútil, celosa de las amigas que le contaban sobre sus últimos polvos y ella, intranquila, internalizaba que ya no tenía comida y que sus gatos ya no estarían al regresar para hacerle compañía. Sin previo aviso, Camila envejeció, sin querer, y ahora, tan siquiera por casualidad, se miraba su tota. Sin embargo, alicaída y a punto de marcharse, al cabo de cuatro meses escuchó a sus espaldas el susurro de las mariposas que se le guardarían en el estómago. Era él, como lo había imaginado. Sin más y sin menos, blanco, de ojos azules y panza pequeña. 

Su sonrisa y sus ojos perdidos la atraparon, y se hallaron en un beso. Para ese entonces, solo restaba rescatar otros siete gatos y volver a ser feliz para siempre, mientras abrazaba, en silencios y suspiros, al hombre que le comía su chocha hermosa sin pena. Camila volvió a gemir. Camila volvió a sentir. Camila se había recuperado a sí misma. 

A pesar de su vejez, y de lo gastadas que estaban todas sus extremidades, nunca entendió por qué aquel hombre la clavaba en todas las posiciones con el gusto con el que se coge a una princesa de veinte años. Por eso, una mañana de marzo, eternamente curiosa, Camila se zafó de los brazos de su amado y saltó de la cama. En su baño, que seguía siendo igual desde que era puta, buscó un espejo para mirarse ahí, en el mismo cofre de la pasión. Encendió el bombillo y al contemplarse se dio cuenta de que allí nada más quedaban pedazos secos de su propia piel, vellos ralos y un color tenebroso que no podía explicarse ni al compararse con la noche. 

Devastada, con lágrimas que le trazaban el contorno de sus arrugas y en búsqueda de una explicación, corrió hasta su cama para toparse con una caja a medio cerrar, tres velas, un ramo de rosas, una cruz y un gentío que lloraba en recordación mientras le rezaban a su cuerpo muerto.
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