Mell Rivera Diaz: [Tu muerte es una mentira del neoliberalismo y te extraño]


Hace un tiempo me enteré de que se murió el tipo que repartía los papeles en la entrada de la Iupi, la entrada que pienso como principal, por el museo y el tren. Tengo uno de sus papeles guardado en mi cuarto, a modo de recordatorio. El papel fue un regalo, de hecho, de un profesor amigo. Creo que me lo dio como un chiste, pero todavía lo tengo. El papel dice que el ébola es una mentira del sistema neoliberal. Recuerdo conversaciones que tuve con otro amigo en torno a ese tipo –no sé cómo se llama– y su sionismo. Creo haber leído, también, un escrito que hizo mi profesor amigo sobre este tipo, sobre el mucho trabajo que era crear estos papeles, que son como una suerte de collage interesante, para luego imprimirlos y pasarse el día repartiéndolos en el portón.

Yo nunca lo conocí bien. Para mí –suena horrible decirlo– es como si hubiera muerto parte del paisaje universitario. Como si un día muriera la torre, o el tipo que canta Hare Krishna; o toda la Tuna Bardos pereciera en un horrífico accidente. Murió el tipo –murieron los pájaros, las cotorras, los arboles universitarios. No lo concibo.

Presumo que el tipo tenía familia y hasta tendrá una tumba en algún lugar. Quizás si mi vida fuera un libro algo interesante, me tocaría investigar a este tipo para encontrar que fue asesinado por agentes del sistema neoliberal que tanto criticaba. Yo encontraría su guarida, su impresora, sus instrucciones de cómo hacer collages y tomaría su manto, perpetuaría el legado. Algún día, inevitablemente, el sistema neoliberal me alcanzaría y yo moriría peleando la buena batalla. Otro estudiante me extrañaría, se tomaría la tarea de investigar, continuaría nuestra tradición. Pero supongo que la vida no es un comic y el tipo no era Batman.

Supongo, también, que yo no sería el Robin más apropiado. Solo pocas veces tomé los papeles que ofrecía. A veces entraba por la carretera para no tener que decirle que no con la boca. Otras veces aprovechaba que había mucha gente y pasaba rápido antes de que fijara su mirada en mí. En algunas ocasiones tomaba los papeles y los botaba en el zafacón que está cerca del monumento a Eugenio María de Hostos o quien fuera. Once in a blue moon, como dicen, me quedaba con el papel e incluso le echaba una ojeada. No me reía. Tampoco lo tomaba muy en serio. Yo tampoco es que ame al neoliberalismo.

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Llevo algunas semanas leyendo novelas de Haruki Murakami. En sus relatos, como en las historias japonesas, permean los fantasmas. Estos son diferentes a los fantasmas occidentales y muchas veces están vinculados a lugares específicos. Como Eduardo Lalo que decía que la universidad está llena de fantasmas.

Si mi vida fuera una novela de Murakami, apuesto a que yo pasaría por el portón y me encontraría al fantasma del tipo este susurrándole a la gente al oído que el ébola es una mentira del sistema neoliberal, que la Cruz Roja es malvada, que hay que mirar al petróleo, a los diamantes, a todo el dinero. Yo le reclamaría que por qué se murió, que no tenía derecho, que quién va a luchar contra el neoliberalismo ahora. Le diría que su muerte es una mentira del neoliberalismo y que me rehuso a creerlo.

¿Qué se dice de alguien cuando se muere? Especialmente de alguien tan inconsecuente y a la vez vital. Inconsecuente para mí, quiero decir, con mis seis clases, mis ensayos, mis cosas, mi vida. El tipo a veces solo un obstáculo, a veces otro personaje colorido del ensemble de la entrada a la Iupi, a veces una pérdida de cinco minutos en lo que mi amigo se detiene a hablar con él y yo me quiero ir porque ¿qué le pasa a ese tipo? Y esa gente también muere –todos morimos– y dejan de ser cosas para ser recuerdos. El recuerdo de un obstáculo, de un personaje, de cinco minutos “perdidos”, de esa rara vez que te preguntas si él tiene razón y somos todos los demás los que estamos locos y ciegos ante la verdad. 

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Recuerdo la noche que me enteré. Estaba en Mona Lisa tomando con tres amigas profesoras. Estábamos hablando de todo un poco cuando una de ellas lo mencionó mientras se fumaba un cigarrillo. Recuerdo el suspenso que me causó cuando paró de hablar para fumar. Cuando lo dijo me afectó como por medio minuto. Hubo otro medio minuto de silencio en el que todos los presentes miramos para todos lados, como buscando la muerte para que no nos sorprendiera. Después de eso fluyó el alcohol y llegó la comida, quizás como un intento de conjurar ese memento mori: ese recuerdo de que todos moriremos y quizás todos seamos, en última instancia, inconsecuentes para la mayoría de los demás. 

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Anoche venía subiendo por las escaleras de mi casa. Mi madre estaba en el piso de arriba. Me dijo, al verme, que yo estaba rebajando, que eso la hacía triste de una manera extraña, que sentía que me estaba perdiendo, que yo estaba desapareciendo. Me agarré el estómago y le dije que estuviera tranquila, que faltaba mucho por desaparecer, que era imposible perderme.

Me pregunto cómo sería desaparecer, perderme, morir. ¿Será un acto de libertad, de desprendimiento, como tomarse unas vacaciones extendidas para ir a un lugar en el que nadie te conoce, un lugar en el que te puedes reinventar? ¿Será que morir es como cambiar de escuela? Me pregunto si así se siente el tipo ese en cualquier plano existencial que habite o no, si se siente libre, whatever a thing such as freedom is, you know? 

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