Félix M. Cortés Rodríguez: [Cantata de la creación o el 30 de febrero]

Obertura

“It begins, as most things begin, with a song. 

In the beginning, after all, were the words, 
and they came with a tune. That was how the 
world was made, how the void was divided, 
how the lands and the stars and the dreams 
and the little gods and the animals, how all of
 them came into the world. 

They were sung.”

Neil Gaiman, Anansi Boys


Presentación inicial: Exposición

No recuerdo cómo terminé en esta parte de Francia. Tampoco los metros que tomé. Aproveché el adelanto que me dio la editorial para darme un pequeño viajecito desde esa cosa monstruosa compuesta de dos arcos de metal en alguna parte de Barcelona a la que llaman Estación de Francia. Hice mal porque no fue mucho dinero, pero estaré bien hasta el próximo cheque. No tenía a Carlos cerca para pedirle ayuda. Luego de acompañarme a mi nuevo hogar, se fue a las islas griegas que tanto anhelaba visitar y ni me invitó. Pero puedo sobrevivir. No es la primera vez que lo hace. Y no lo culpo, yo habría hecho lo mismo. De hecho, lo hice entonces.

Al salir del último metro no estaba seguro si había llegado o no al lugar correcto. ¿La Torre Eiffel no era tan grande, entonces? ¿Dónde está el Arco del Triunfo? ¡¿Y el Museo del Louvre y la pirámide de cristal que se encuentra en frente?! Miré el nombre del lugar: Ópera... Okay. Caminé, apreciando los lugares, los postes y hasta las aceras, evitando pensar en cómo se supone que volvería al apartamento si nunca estuve pendiente a mi ruta. Llegué a una estructura muy hermosa. Era una cafetería: Le Grand Café Capucines. No sé mucho de arquitectura, pero recordé mis clases de diseño gráfico en la cual se habló de Art Nouveau. Todo se veía rojo y dorado. Unas plantas bien trabajadas decoraban el exterior junto a unas mesas con manteles color azul.

Entré. El interior parecía un collage artístico de esculturas, pinturas y diseños. Sentía que estaba en un arcoiris de carmesíes y ámbares, entre ángeles, bestias, mujeres de ojos grandes y cabellos ondulados y paisajes con flores congeladas justo en el momento en que una brisa las empujaba con pasión. Me senté en una mesa en la esquina, pedí trufas con té Chai y seis cucharadas de azúcar y observé mi reflejo entre los espejos que decoraban pedazos de las columnas. Fue entonces cuando la vi de espaldas y la recordé. Su cabello parecía oro blanco y su piel emanaba una especie de luz sobrenatural, como si reflejara la luna llena. Su cuerpo, ancho, me recordaba a Brunilda (no me culpen, salí de una estación llamada Ópera. Wagner estaría orgulloso de mí), pero una mucho más sexy. Pero su físico no fue lo que llamó mi atención, fue aquel tiempo pasado en el que tomábamos clases en una pequeña islita. Se encontraba sola, bebiendo una taza de no sé qué, pero no con mucho gusto. Vi su reflejo en el espejo. Se veía nerviosa, mirando con sus mágicos ojos azules cualquier cosa que se reflejara en sus espejuelos. Pensé dejarla en su trance e irme a buscar un metro que me llevara a la estación y volver a mi hogar en cuanto terminara mi té. Pero una atracción extraña de reconocimiento me obligó a acercarme y saludarla.

Dueto

—¡Hey!— y moví mi mano.

Ella me miró, y me sonrió. Me reconoció pero no se entusiasmó ni nada. Tampoco esperaba que lo hiciera. Nunca fuimos amigos. Es una de estas personas a las que admiras a distancia. La recuerdo en las clases. Siempre demostraba tener control del ambiente que la rodeaba. Esta vez, sin embargo, se notaba muy tensa. 

— ¿Qué haces por acá?— me preguntó.

— Me perdí.

—¡Que mal!

— ¿Y tú qué haces por acá?

— Tengo una audición.

— ¿De ópera?

—Sí.

Recuerdo que su obsesión era ser la mejor soprano del mundo, como María Callas. Una vez le pregunté cuáles eran sus sopranos favoritas para poder escribir un cuento sobre ella. Mencionó a Angela Gheorgiou, Renée Fleming y Natalie Dessay. Ni puta idea de quiénes eran, pero ya da igual. No las usé como quería en lo que escribí. Por otro lado, espero que tampoco recuerde esa historia. No me sentí satisfecho con ese cuento.

—¿Es por aquí cerca?—pregunté—. Me bajé horita en una estación de nombre Ópera. Todo como que está relacionado con eso por aquí.

—¿Quieres acompañarme?

—¿A la audición?

—Sí.

— ¿Me dejan entrar?

Me uní a su mesa, le ofrecí trufas, pero no quería comer. Me las terminé todas y me bebí el té. Ella dejó casi toda su bebida. Salimos juntos a donde quiera que fuera la audición. 

— Es en el Palais Garnier.

—¿No que eso solo se usaba para ballet desde no sé cuando?

—Lo volvieron a abrir, el 30 de febrero.

—¡Qué cool! ¿Y te estás quedando cerca de aquí? O sea, sé que no me interesa saber, pero no es como que me quiera quedar contigo ni nada de eso. Yo puedo volver a mi casa si me dices dónde queda la estación. No es como que quedarme contigo esté mal… No me refiero a esa manera, ¿okay? No te puedo ver de esa manera. O sea, no es como que piense que eres fea. Pienso que eres sexy, pero no te veo con ojos de sexy, ¿entiendes? Te vistes bien cool, eso te hace ver sexy. Pero no es como que solo la ropa te haga ver sexy. No me refiero a que sin ropa te veas sexy. De seguro te ves sexy pero no te quiero ver sin ropa. Eh… No es como que está mal si te viera sin ella pero no... No quiero… Como que… ¡Ugh!

— Tranquilo. Estoy en el Continental.

—Ni idea de cuál es. ¿Es bonito?

— Está bien. 

Caminamos en silencio durante un rato. Mientras, recordaba cosas que había escrito durante nuestra clase de autoficción. La curiosidad me mataba. Quizás estaba de más preguntarle, pero me atreví.

— ¿Te acostaste con alguien para llegar aquí?

— Eh… Con muchos sí, pero para llegar aquí no. ¿Y tú?

— Lo mismo. 

— Pensé que eras virgen.

—¡Nah! Ya superé eso hace tiempo.

Quería seguir hablando con ella. Montarle alguna conversación sobre algo. Ella comenzó.

—¿Sabes algo sobre alguien del grupo?

— Pues de Melissa. Está bien. Su papá murió hace unos meses y le dejó un Jaguar. O sea, el carro Jaguar, no un jaguar de verdad.

— Okay.

— ¡Y Carlitos estaba conmigo por acá!

—¿Carlitos?

—El viajero.

—¡Ah! Ya sé. ¿Estás con él?

— Ahora mismo no. Está de vacaciones por las islas griegas.

—No me refiero a eso. ¿Es tu pareja?

—¡NO! No lo es. Es solo un panita. Solo eso. Un amigo cool. 

—Estás bien rojo.

—¡Cállate! ¡Perdón! ¡Ugh! No digas nada.

—Gracias por acompañarme.

Aria

Yo adoro la Sagrada Familia. Te juro que la amo. Vivo justo frente a ella. Me encantaría ver cómo un dragón se trepa en una de sus torres y lanza llamas al viento mientras todos corren menos yo, que no podría quitar la vista de él. Es un lugar tan mágico que no me importa si fracaso en la vida y me vuelvo un mendigo, siempre y cuando pueda estar cerca de ella. Pero el Palais Garnier tiene un encanto peculiar. Es una casa grandota con dos ángeles en sus bordes que invitan a quienes entran a un enorme salón. Mis descripciones son una falta de respeto a tan increíble lugar. Le Grand Foyer es enorme y dorado con candelabros, columnas inmensas y pinturas en el techo. Parecía una iglesia sin bancos. Por alguna razón, veía fantasmas danzando a nuestro alrededor. Angeliz y yo éramos los únicos seres vivos que caminábamos hacia la gran escalera.

Entramos luego al teatro en sí. Es inmenso y hermoso. Parece algo que tomó tiempo en la imaginación de su arquitecto, si es que hubo solo uno. Angeliz agarró mi mano como si me conociera de siempre, como si necesitara que le pasara un poco de valentía. No sé si se la di, pero sé que absorbí su nerviosismo. Cerca de la tarima había tres personas. Nunca supe para qué exactamente iba a audicionar. Solo que fue hacia ellos y se presentó. Yo me quedé atrás, sentado en un rincón de las filas del medio. Subió a tarima y habló en francés, pero de todos modos entendí que dijo algo parecido a esto.

—Mi nombre es Angeliz Urquía, y cantaré La Reina de la Noche, de la flauta mágica.

Había escuchado la canción antes en The Fifth Element. No sé si la gente la conoce, pero por si las moscas, es una melodía dulce con contenido siniestro. Me sentí feliz por reconocerla y tararearla en mi cabeza. Al principio se notaba algo nerviosa, pero luego se volvió una diosa. Y no lo digo figurativamente. Literalmente también. Mi boca no pudo cerrarse una vez todo comenzó. Ya la había escuchado cantar una canción ahí que dice Tucci o algo parecido en un concierto de la Universidad y puedo confirmar que tiene una voz hermosa. Pero no fue eso en lo absoluto lo que me impactó. 

La canción había comenzado, sin ningún instrumento que la acompañara, pero la música estaba ahí. Su semblante cambió a uno lleno de ira. Su vestimenta, sencilla, creció de la nada y se tornó oscura. Su cabello se enroló hasta formarse dos donas y de estas salió un velo negro que cubrió su rostro. El traje se volvió parte de su cuerpo, como si de ella fuera la oscuridad. Se veían en él las constelaciones. El polvo de todo el teatro se reunía a donde cantaba. Detrás de ella se creó un universo. A su lado el polvo se reunió hasta materializar a otra mujer. Fui testigo de cómo la reina de la noche le exigía a Pamina que matara a Sarastro porque lo odiaba. Su música creó una cama y una daga que le daba a Pamina para que cumpliera la venganza. Su hija se resistía y la reina la amenazaba de desheredarla si no cumplía su orden. Los súbditos de la dama se creaban del polvo. La otra mujer se lanzó en la cama a sollozar mientras su madre desató toda su ira hasta su último suspiro.

La canción acabó. Los súbditos se lanzaron al universo que se había creado a espaldas de la soprano. Pamina continuó llorando en su cama, desconsolada. No quería matar a Sarastro. Sin embargo, Angeliz, la Dama de la noche, observaba a los evaluadores tan impactada como ellos, aún con la noche vistiendo su cuerpo.

Recitativo Secco

No fue la última vez que la ví, pero sí la última que me vió. Desde entonces, fue aceptada en la compañía de ópera. Al principio cantaba en escena con sus compañeros, pero al rato todos huían, porque ella creaba todo a su alrededor con el sonido de su garganta. Dejó desempleados a muchos diseñadores de arte y a otros cantantes en escena. Cuando se regó la voz de que había una mujer que podía crear cualquier cosa con tan solo cantar, todo el mundo se volvió amante de la ópera. La gente hacía filas kilométricas para verla y se empujaban unos a otros por la hermosa soprano. Hizo viajes a diferentes partes del mundo para que apreciaran su grandeza. Las personas tenían su imagen en la cartera, frente a sus casas y en sus mesas de noche. Una vez fue a Perú a cantar y crear comida para los pobres. Todos se arrodillaron ante su presencia. A ella parecía gustarle saber que tenía poder y el don de crear. Compró un terreno donde diseñó y construyó su propia mansión, un lugar inmenso y hermoso. Y decidió dar trabajo a personas que lo necesitasen. Fue entonces cuando se enamoró de un hombre alto, fuerte y de pelo castaño de nombre Eduardo Puccini. Los paparazzi la seguían a todos lados. Se dijo que en una noche, luego de un romance del que había imágenes en exclusiva, ella lo expulsó de su casa, gritándole que solo la quería por su don. Dos días después un grupo de fanáticos mató al hombre por romperle el corazón a la diosa. 

Las iglesias encontraron su gatillos para atacar. Desde la aparición de esta mujer, habían perdido feligreses. Decían que ella era el Anticristo primero por ser mujer, segundo por su piel, tercero por su canto. Ella solo desea crear furor y caos. Hubo un intento de secuestro, que salió fallido gracias a su voz. Tuvo un segundo romance con un tal Eduardo Fornaris, quien según rumores, también deseaba hacerse con su poder, por lo que fue apuñalado. Pero ella lo amaba, y él a ella también. Le arrebataron al primer hombre por el que ella pudo sentir amor y que le correspondía. Al principio daba entrevistas a cualquiera para hablar sobre su color favorito y los trajes con falda de una pieza. Ahora se escondía en su casa y solo salía para conciertos. Botó a todos los empleados, quienes robaban cosas de su hogar con la excusa de que ella podría crearlas otra vez. 

Luego, ocurrió el mega escándalo. Un video en el cual se veía cómo ella, mediante una canción, creaba a su hombre perfecto, pero este la rechazaba por ser su creadora y él un simple mortal. Se sentía destrozada. En las imágenes, ya no veía a Brunilda, solo a una mujer derrotada por querer ser alguien y dar toda su energía a lo que más amaba. La gente, impactada, comentaba que cómo se atrevía a jugar a ser Dios una vez dejó de dar sus funciones. 

Sus puertas se cerraron. Sus ventanas también. Su casa tenía púas por todos lados. Un paparazzi falleció apuñalado por la casa en un intento de escabullirse dentro de ella. La sociedad se volvió en contra de la cantante. Incluso fuerzas militares atacaron su casa para apresarla, pues era un peligro para la humanidad. Ella solo quería estar sola. Todas las fotos en las carteras y los ídolos fueron quemados. Soldados dispararon a su casa, siendo asesinados por los tentáculos espinosos que la casa tenía por extremidades, como si se hubiese vuelto una villana de Disney. Por último lanzaron misiles y granadas y la mansión explotó. Entraron a conseguir su cuerpo entre las llamas y los escombros. Se sospechó que Angeliz se consumió, como toda criatura vil. Los pobres a los que alimentó celebraron la partida de la Anticristo y lamentaron haber recibido ayuda. Las iglesias hicieron un nuevo libro bíblico. Los cantantes de ópera recuperaron su trabajo. Todos fueron felices de que esa mujer tan terrible y blasfema hubiese desaparecido. 

Última Aria

Habían pasado 5 años desde la última vez que me vió. Yo había vuelto a Puerto Rico. No me fue bien escribiendo por allá. Al menos lo intenté. Vivía con mi madre en Toa Alta y decidí tirarme a la playa durante la madrugada a apreciar el cielo mientras escuchaba las olas del mar. Me llevé la guagua y viajé hasta Vega Baja. Era mi playa favorita incluso cuando no soy amante de ellas. Me trepé en el enorme peñón y pensé en cosas que no recuerdo. Fue entonces cuando la ví. Una mujer con piel brillante caminaba hacia el mar a dejarse abrazar por el océano cantando la canción más hermosa y especial de todas. Nunca más la escuché de nuevo, nunca nadie la ha vuelto a cantar. Era tan única que ni yo mismo puedo tararearla. Entonces, mientras caminaba hacia las olas, estas formaban un manto que la vestía. Frente a ella, muy lejos, se creaba una esfera con arena que salía del mar. Y caminó por encima de las aguas, que creaban un puente hacia la esfera, que crecía cada vez más y se elevaba. En el tope del pequeño planeta en formación, había un hombre. Recuerdo haberlo visto en los periódicos. No parecía haber sido creado por ella, parecía que había vuelto a la vida. Cuando subió a la esfera, se abrazaron y se besaron con tanto amor que me pesó el pecho. El planeta se elevó hasta los cielos, llevándose la voz más hermosa con él.

El mundo no la necesitaba, y ella mucho menos.
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