Pedro Molina: [Mara]




Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Borges y Yo


Aquí, que no abandonara ella temiendo 
y ávido de verla, giró el amante sus ojos, 
y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo. . .
Las Metamorfosis, X
I

Mi novia actual nunca me ha preguntado por la foto de ella que tengo en mi escritorio. Como ya no temo a las cursilerías, lo suelto: nadie ha sido, ni es, ni será como ella.

II

Luego de unos minutos de inercia, titubeando, miré alrededor y me acerqué al bulto recostado de la pared del pasillo del Departamento de Historia. El aire entraba forzado a mi nariz mientras me aproximaba, interceptando las sombras de las columnas, que hendían la luz del sol. Encerré el papel entre las páginas de un poemario, y me senté cruzado de piernas en el piso, cerca del bulto. Unos minutos más tarde ella hizo lo mismo justo al lado de la mochila, con la espalda apoyada en la pared, y abrió el poemario. Como sabía que no tendría sentido desesperarme, esperé contemplando los pájaros zigzagueantes, siguiendo con los ojos el flujo de personas y saludando a algunas. Cuando hubo acabado de leer el poema, alzó la cara, cuya sonrisa delataba cierto gusto, y volvió a esconderlo entre las páginas.
III
La próxima vez que la vi, sentada en un banco con una amiga, tenía una blusa negra que siluetaba sus pequeños y firmes senos. Yo miraba las palabras del libro abierto en mis manos.

—Loca, chequea esta nota que me dejaron —dijo ella, y prosiguió—:

El destino me ha dado la dicha de enamorarme de una mujer a la cual conozco muy poco, y aunque no abra mares oscuros, cura mi soledad con su oscuridad.

—Ay, que chulo. ¿Quién lo escribió?

—No sé. Dice Orlando.

IV

Al día siguiente, ella, cobijada por la sombra de un árbol, se sentaba en uno de los bancos de Plaza Antonia. Sintiendo los latidos en el fondo de mi garganta, respiré profundo y caminé hacia ella con un tic en el pulgar que no cesaba ni con la confirmación reiterada de mi futuro éxito, ni con el consuelo de saber que el rechazo no es nada. A mitad de camino, entre el runrún de las voces y el chirrido de los changos, me detuve y giré. 

—Puñeta.

Cuando al fin su soledad venció mi miedo, me aproximé a ella sin pensarlo mucho y, luego de halagar su traje oscuro hasta las rodillas —que flotaba alrededor de su figura recortándola sin precisión— traté.

—¿Quieres comer un helado? Entornó los ojos y entreabrió la boca. Me iba a detener, pero después de aceptar que el hormigueo que ella me provocaba solo me llevaría a corte por agresión sexual, me salió:

Boca que susurra en mi oído,
cuyo cuerpo recorro en vano:
que toco y se va

Mujer palabra,
te guardo en papel.
Sin tocarte,
eres foto y te saboreo.


Abrió los ojos y enarcó las cejas. «Con que eras tú». «Sí. Siempre he sido yo».

V

Aún le dejaba notas en el bulto, cuando se descuidaba o se le quedaba en mi carro. Era mi manera de ser romántico, además de las flores, las caricias y las lisonjas, que venían acompañadas de largos besos, que siempre lograban erizar mi espalda.

Ella me presentaba una infinidad de detalles que oscilaban entre la novela Lima y Limón con una razón por la cual me amaba escrita en cada página, mensajes de texto con “buenas noches”, hasta las ausencias a clase para verme en el trabajo, por las que la regañaba. Luego de las peleas inusuales, en las que al menos uno de los dos salía llorando, tardábamos de dos a tres días en reconciliarnos.

Y la mirada.

Una vez, acostados en el capó de mi carro apreciando las pocas estrellas del cielo urbano, cuando pedíamos deseos y le acariciaba el pelo corto, me miró. Sus iris parecían capas de avellana superpuestas unas a las otras, claras en la superficie y más densas hacia la pupila. Lo sentía. Los que han sido amados entenderán.

VI

Ya a los dos meses de nuestra relación, comencé a notarlo, y de ahí, solo siguió en declive. Ocurrió más o menos cuando empecé a firmar los poemas con mi propio nombre. Me senté un día a escribir, y me quedé en blanco. Una semana más tarde me salió algo que luego le escondí en uno de sus mahones favoritos. La vi descubrir la nota —sin que ella me viera—, leerla y hacer un ademán de asco, forjado quizás no con el fin de herirme, pero doloroso de todos modos. Esa tarde me senté frente al Consejo y, entre el palabreo de mis amigos, me fumé un cigarrillo. Recuerdo que la brasa se avivaba y se apagaba, y, mientras la tomaba con el pulgar y el índice, pensé en cómo esa luz se parecía a mi relación con Mara y en una cita que decía: «a cigarette is the perfect type of pleasure. It is exquisite, and it leaves one unsatisfied». Tenía un atolladero en la garganta.

VII

—Fuck her, man. Si no te quiere, que se vaya pa'l infierno, me aconsejó uno de mis amigos. 

—Esperemos que eso no pase. —pensé. 

Era en algunos de esos momentos sin ella —cuando estaba lejos de mí, cuando me la imaginaba en la oscuridad abismal, cuando era invisible— cuando más la quería. Ya había parado lo de las notas y no nos besábamos, ni nos agarrábamos de manos, ni siquiera nos veíamos. Y fue eso, lo de las manos, lo más que me jodió. Sentí que la había perdido.Un día mis padres me dijeron, con sus voces siderales, que no querían que yo siguiera con ella, que era imposible y que para mí, ella debería estar muerta. Pero no lo estaba porque ese mismo día me envió un mensaje, como de vuelta del pozo.

«Tenemos que hablar. Voy a estar frente a Lenguas.»

No sé ni por qué fui, si ya sabía lo que venía. Sin embargo, me la esperaba más profundamente negra y me volvió el tic. Justo después del papelón, en el que dijo, «pero te agradezco por el amor y los poemas», se alejó. A mitad de camino giró su torso, me miró a los ojos y continuó caminando. El momento no fue tan efímero como pensaba que iba a ser. No pasó nada.

VIII

No la he vuelto a ver más. 

En esa época, mi rutina consistía en casa, trabajo y, de vez en cuando, universidad. En la casa —que, por un giro del destino, se había convertido en un auténtico tártaro—, escribía «poemas», que más tarde escondería en su mochila o en su buzón, físico y electrónico. En esos días escribía pura mierda. Cosas como: «qué daría por al menos ser tu Dante y tú mi Beatriz» o «porque escribo tan solo para que ella lo lea y para recordar que jamás podré estar a su lado». Mierda que sin embargo yo quería que ella leyera, porque sabía que nuestra relación existió solo gracias a mis palabras.

Me daba contra la pared por estúpido, por cobarde, por no haberla buscado cuando ella estaba en aquel pozo, por no poder sacrificarlo todo por verla, por quererla cuando no estaba junto a mí, por obedecer a mis padres y por prudente.

También me cuestionaba a menudo, ¿había gozado alguna vez de momentos tan sublimes y tan inolvidables? ¿Quizás durante los veranos en los que jugaba con mis hermanas a tirarnos bombas de agua? ¿Acaso en las estadías en la casa de mi tío donde me perdía en el bosque, caminando por las estrechas veredas que ya hace tiempo retomó la naturaleza? ¿Cuándo me reía hasta que se me empañaban los ojos? ¿Cuándo traducía mis emociones al español? ¿Cuándo disfrutaba de la prosa de Flaubert?

IX

Muchos meses más tarde pude «renacer», si se me permite. No encontré a Dios. No hablé con ningún gurú. No salí con muchas mujeres para luego advertir que las usaba para olvidarme de ella. No tuve una conversación trascendental con mi mejor amigo. Nada de eso. Salí con amistades y con mujeres, viajé a ciudades, a campos; y dejé de escribir bien. Y tras varias lunas llenas, poquito a poco, se ha esfumado, o más bien, ha disminuido, porque siempre persevera una gota en el fondo, un peso, aquí en el pecho, que ni se evapora ni se avena. Cuando a veces me dan ganas de escribir poesía, ella todavía ronda por mi mente, inspirándome, matándome.
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