Wilfredo Burgos: [Trance Bachata]




Esta es la historia de Rey, a quien conocí después de masturbarme en el baño del Vidys. Está allí, mirando a lo lejos en el tedio tropical del San Juan que se derrumba sobre mí. Se toma una cerveza, fría, bañada en rocío que sucumbe ante los desfases climáticos cual gringo que se baja y se derrite en las compuertas de las Llegadas del Luis Muñoz Marín. Rey la disfruta, a destiempo. Algo quiere contar. Y yo, que nací con la enfermedad de la coquetería, me le siento al lado y lo saludo con voz de ultratumba, para que sienta un poco de mi hombría. 
Saludos. Hace calor, ¿verdad? lanzo en mi pequeña dosis de labia caribeña, única en su tipo.
Rey no contesta. Me mira y parece que no necesita compañía. Por lo tanto, me alejo y ordeno una cerveza para mí. La más barata, porque la cosa está mala. Él no se mueve. Pero ha seguido mis pasos y, con su mirada que abre mundos a abismos del alma que arrebatan la tranquilidad, me trae de vuelta hacia él. Se da otro sorbo de su fría. Abro la mía y le sigo la jugada.
Oye, Sandrita grito con toda la barriada saliéndose a través de mis cuerdas vocales. Ponme la bachata de Anthony Santos que me gusta. Deja ver si me quedan cincuenta chavos.
Rey no habla. Me desespera. Agito su lata a ver cuánto le queda. No queda casi nada. Hago el aguaje de buscar un dólar entre los bolsillos raídos. No creo que pueda complacerlo. La de él vale una peseta más y me descuadrará el presupuesto de las 24 horas. Vuelve y me mira fijamente. Permanece lelo, pero lanza la primera munición: sonríe. Su risueño semblante hace juego perfecto entre cabellera medio larga y ondulada por el molde de una almohada a la que le imagino el olor. Todo se combina con una barba tímida, rala, que se siente suave, grácil, cordial y cortés al que la toque y hasta para quien la mira. Rey enamora, sin hablar, en vaivén de ojos, con sonrisa jovial que te suaviza las tensiones de una mañana de lunes.
Empieza mi bachata, al fondo, y hace juego perfecto para desbaratarme la angustia de la rutina que todo lo maltrata. Vuelo instantáneamente. De pronto, Rey está en mi boca y yo le paseo los contornos sobre la mesa adornada con residuos de cerveza. Le sostengo los cabellos como nadando sin saber nadar. Le miro a los ojos y quedo sumergido en silencios de otros tiempos. Le acaricio el pecho, la espalda, el cuello y el rostro como si se concretara el éxodo de mi cuerpo en el suyo, que es todo pasiones contenidas, que es todo sonrisas mañaneras bajo sábanas que huelen a futuros prometedores. Rey responde, sin malicia. Rey me lame, sin razón. Bajo, subo, abro la bragueta de su pantalón corto. Saco, saboreo, chupo, no resisto.
El punteo de la primera guitarra me carcome los sentidos. El mambo está en pleno apogeo. El coro llora en hecatombe de voces y yo sufro en trance cadencioso. Rey me abriga y me rindo. He alcanzado la bendita plenitud.
Ahora, la bachata cae en un abismo de almas que no me escuchan. Los acordes finales tocan lo que queda de mi cuerpo. La cebada hecha amargura se agudiza en cada papila. Un grito me despoja del conjuro.
Rey, ¿estás bien, mi pana? le pregunta el regordete que todas las noches me patea sin pensarlo dos veces. 
Él le contesta mientras, lentamente, empuja mi cuerpo hacia la otra esquina de la mesa. Lo veo partir, pero, al fin, hablando. Compartiendo, mientras asiente repetidas veces con la cabeza, lo bien que le va en el semestre. Yo, me levanto, y me acomodo bien la bolsa de basura que carga mis tres piezas de ropa. Me arreglo el semblante con una servilleta pasada por sudores de una lata, y acomodo el vaso plástico con el menudo en el bolsillo del lateral izquierdo de mi abrigo raído.
Me dispongo a salir derrotado. Como siempre. Pero, de pronto, me lanzan una segunda munición. Rey extiende su mano sobre un pequeño grupo de amigos recién formado y me regala cincuenta centavos. A falta de amor, me ayuda con la limosna. A falta de caricias, me despido entre sonrisa y risas y vuelvo a sentarme en la esquina habitual, desde la que siempre escucho la bachata que me adormila, mientras imagino un lugar en el que pueda volver a ser feliz sin la necesidad de soñarlo todo.


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