Luis Ponce Ruiz: [Espacio Fugaz]

Mi REINO
es de papel
y todo lo que toco
se convierte en palabra. 
-El Rey de Gramercy Street 

Y encima el sol dejando
crecer inmensamente sus cabellos
sobre nuestras cabezas de alfiler. 
-De vuelta de paseo 
Lorenzo Helguero, Poeta en Washington, D.C. 


Este papel no estaba destinado a aguantar esta historia. Salió de algún árbol de los bosques canadienses y fue comprado por el gobierno federal estadounidense en su forma final, como hoja blanca y crujiente. La Oficina General de Administración apropió parte de ese cargamento y al ser pedida por los jueces territoriales, la partida de papel fue finalmente entregada a los despachos de la Corte de Distrito para el Distrito de Puerto Rico en el Viejo San Juan. Lo sacaron de su empaque junto a sus demás hermanos papeles una calurosa mañana de junio, arreciada por los polvos del Sahara, y cuando entró en las frías cámaras de las impresoras nunca se imaginó que en estas latitudes caribeñas se reciclara. 

Fue en la consecución de este afán ciudadano que Héctor Caro cobró conciencia de esta hoja cuando la tomó del cesto azul de reciclaje para usarla en algunos de sus apuntes. Hacía unos días el papel había servido de portada a uno de los incontables documentos legales que imprimía. Estaba escasamente impreso y al reverso aún se constataba la blancura virginal de un producto de calidad. Cuando Héctor tocó el papel, jamás imaginó que meses después pintaría con palabras un atardecer de mediados de septiembre. 

Ese atardecer tampoco sabía que eventualmente cabría en estas páginas. Todo fue un impulso, un estruendo que dividió el tiempo en tres rebanadas de viento. Poca cosa para servir como excusa de un escrito que nadie se había propuesto escribir. El papel, Héctor y el atardecer encadenados en una secuencia impredecible, en un elaborado nudo de partículas residuales de lo que fue, es y pudo haber sido. 


Fue a decirle a ella que la luz de las seis de la tarde de los domingos era más placentera que cualquier otra. Como Héctor había estado todo el día leyendo y ella pintando, no habían preparado nada para comer. Tostadas con queso mozzarella, dijo ella. Mejor una ensalada, interpuso él. La mirada de ella rondó por los espacios superiores de la cocina y al final se encogió de hombros: la lechuga se terminó de podrir ayer. Rió secamente y salió de la estrecha cocina en dirección a la terraza del apartamento art deco verde que compartían en la avenida Fernández Juncos. 

Héctor, todavía aquejado por el hambre, trazó tras ella el camino de regreso. Deleitándose en sus incontrastables piernas de ciclista (llevaba un corto, cortísimo, hasta la suave frontera de las nalgas), no entendía cómo ella mantenía limpios sus pequeños dedos de los colores de las pinturas, mientras la tinta de los bolígrafos que él usaba para resaltar los pasajes imprescindibles de sus lecturas le había transgredido no solo las palmas de las manos sino hasta la tela de su camisa. Pediremos chino, sentenció él, y ya a su lado terminó el recorrido hasta la terraza, de ventanales enrejados, donde pasaban los fines de semana en que no salían al interior de la Isla a fotografiar su folklore. 

Cuando ella se echó sobre la hamaca y lo empezó a examinar con su dosis de coquetería despiadada Héctor lanzó el comentario de las seis de la tarde, de la luz que sellaba esos domingos de entregas a domicilio, irresistiblemente quietos, cuando el silencio engullía a las calles de Miramar, trasplantándolas a una dimensión más amable. A todo esto, ella ya esperaba, ansiosa, las certeras caricias de Héctor sobre sus muslos siempre tibios. 


Es hoy cuando este papel recibe el bonito atardecer a base de estos trazos. Los libros de derecho mutan por páginas amarillentas de viejas novelas redescubiertas y estas por el fresco de colores que se recrea apesadumbradamente en el cielo. A los rayos del sol, claramente, no les hace falta papel para escribir. Y para ver, ¿qué mejor que abrir la boca y tocar las cosas con el paladar? Así entran las esencias del fin del día, de esos lazos invisibles de gases que encienden el firmamento en llamas. 

Héctor separa suavemente los labios, asoma la puntita de la lengua al aire y sin abrir los ojos sabe que esas horas tan espléndidas de las que hablaba y todavía habla se suceden demasiado rápido como para viajar en el tiempo y recuperar ese roce eterno o espacio fugaz que, piel contra piel, aprisionaba frenéticamente sobre el menudo cuerpo de ella. 


Pudo haber sido que el árbol que creció en el frío de Canadá nunca hubiese nacido, ni que Héctor Caro se hubiese decidido a escribir y, en su lugar, se hubiese estrellado contra la frialdad de los números. De este modo no habría podido darse cuenta de que el ocaso de los domingos tiene un sabor a esencia de clavos y a un baño caliente con espuma de gardenias. 

El atardecer también se hubiese dado en otro planeta, muy lejos de este, con un sol cuyos rayos hicieran crecer voluntades y no sólo palabras, inútiles para revivir esas tardes de Miramar cuasi mudas, y ya mustias.




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