Lucía Z. Martínez: [Condición del Noveno Piso]



“En estas facilidades está prohibido portar armas de fuego o armas blancas”. “Favor mantener esta puerta cerrada”. “Área restringida, no entre.” 

Así dicen los rótulos de la sala de espera de psiquiatría en el Recinto de Ciencias Médicas. Estas oficinas se acomodan en los hospitales según el requerimiento de las condiciones de los pacientes. Los pacientes de psiquiatría pueden caminar mucho; sala de emergencia es la que queda en el primer piso. Las oficinas de psiquiatría quedan en el noveno piso del edificio. Tienen una vista panorámica del sector Río Piedras – Guaynabo de la isla. Muchos edificios (no se sabe si vacíos) que se levantan prominentes frente a un horizonte que aspira a mostrar montañas no lo suficientemente altas. Un horizonte largo y lleno de información. Me parecen curiosas las precauciones contra armas de fuego, drogas ilícitas y secretos que se tienen para con los pacientes de psiquiatría. Además me parece curioso que las oficinas estén en el noveno piso. Después de todo, cualquier aspirante al suicidio se encontrará en una oficina-consultorio médicocubículo, tras una puerta que advierte que debe mantenerse cerrada y unas barandillas que separan las escaleras del borde del noveno piso. 

Entro a mi cubículo para la “evaluación inicial”. Dicen que tengo depresión crónica, como los dolores crónicos que se diagnostican al perdurar seis meses. Dicen que necesitan un diagnóstico oficial de un psiquiatra practicante. Es la escena de siempre, un asiento acojinado y cómodo y el clásico cuadro motivacional: “Life is good”. Me preguntan lo de siempre: cuántas veces he dispuesto a que contabilicen mi tristeza, cuándo fue la primera vez, porqué razones, cuántas razones. Yo digo que la condición de la isla, que el ex novio, que el machismo, que los hombres. Desvían mis preocupaciones con preguntas que siento no tienen nada que ver. No me escuchan, me están escribiendo. El diagnóstico solo debe alcanzarse seis meses después de esto. Me atienden con un rosario prendido en la bata blanca que tiene bordado el título M.D. Antes de tantas preguntas me informan que será posible medicarme, de yo acceder y que si mi vida está en riesgo o la vida de otra persona está en riesgo tienen el deber de hospitalizarme. Entre tanto vórtice emocional, el reloj de la sala me mira como siempre, burlándose de que no tengo el sentido para cambiar tantos meses de tristeza que me ha impuesto, tanto pasado podrido que no se desprende como el polvo de las manecillas. Quiero gritar, pero solo puedo lamentarme y evitar darles las herramientas para un diagnóstico inoportuno. 

Ya salí y fueron veinte dólares la visita inicial, quince la subsiguiente, bi-semanalmente por seis meses. Agarro la cajetilla. Empiezo a auto medicarme. ¿Qué puedo decirles? Patrón de tristeza de hace ocho años empezado en la adolescencia, repetido cada dos años. La peste es los muertos guardados en gavetas. Es esa la tristeza: que ya el suelo no vale lo que antes para descansar en paz. Fumigo la ansiedad. No es cuestión de bipolaridad, de síndrome de estrés pos traumático, de fobia social, de trastorno de personalidad múltiple o de trastorno límite de la personalidad. No hay bupropión que valga, citalopram, desipramina, duloxetina ni dosis de litio que recompense. 

Me autodiagnóstico: esto es simplemente tristeza perpetua, eterno badtrip. Esto es lo que pasa cuando un pueblo acostumbra usar modos tergiversados de estimular su dopamina, esto es serotonina fallida del primer siglo de la tecnología. Termino mi cigarrillo y decido que no volveré a ese noveno piso. Después de todo, somos más los que estamos afuera que adentro.

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