Esther Andrade: [Plagio]



Río Piedras: Arte Urbano


Lo peor es cuando has terminado un capítulo
y la máquina no aplaude.

Orson Wells



Lleva meses aterrorizada con el tintineo del cursor en la pantalla de la computadora. No logra organizar sus ideas y en ocasiones escribe oraciones empleadas en cuentos anteriores. Se deja seducir por el humo de la yerba que inhibe los sentidos. El sabor a té le impregna los labios, la lengua, el paladar. La mente y la pantalla continúan en blanco. 

Las paredes a su alrededor se transforman en papeles de líneas. El suelo se cubre de decenas de páginas estrujadas. Se queda mirando fijamente el armario de libros que se contorsionan formando una cara de payaso. Se burla. Lo ignora. 

Aturdida, cierra los ojos y se le escapa una lágrima. Esta recorre suavemente la mejilla, luego besa sus labios secos, espera en la barbilla hasta saltar al abismo. En el silencio del pequeño cuartooficinaestudio, puede escucharla caer al suelo, creando el sonido de una ola al golpear un arrecife. 

Se sienta frente a la computadora y entabla una guerra con el cursor. Escribe…borra. Escribe….borra. Inhala, escribe, borra. Inhala, escribe, lee, borra. Escribe, inhala, lee, lee, escribe, inhala, borra. Siente que la batalla, por el momento (aunque teme que para siempre) la gana el cursor. 

Una brisa entra por debajo de la puerta y, suavemente, en complicidad con el humo, comienza a formar un pequeño remolino. Las letras del teclado se desprenden. Primero, las consonantes; luego las vocales, y por último, los números y los signos de puntuación. Todas se unen al remolino de humo que, poco a poco, se convierte en la figura de un hombre sin rostro. Temerosa, sin poder moverse, puede ver cómo dentro del torso las letras forman oraciones. El miedo y la confusión se apoderan de ella. Se escurre hasta el piso. Gatea. Se arrastra tratando de alejarse del humohombre, que ahora se sienta y mide fuerzas con el cursor.

Siente frío. Las paredes sudan y el papel se arruga. Se abraza las piernas y lo escucha hiperventilar, sacudiendo el escritorio con su furioso tecleo. Súbitamente levanta los brazos y señala al cielo, lanzando una carcajada maléfica. 

El humohombre renueva con afán su escritura secreta. Las oraciones se desprenden de su cuerpo mientras escribe, y él se desvanece al compás de cada tecleo. La brisa se lleva el humo al techo y forma una nube gigantesca. Se desata una tormenta y comienza a llover letras. La impresora escupe decenas de papeles. 

Ella sostiene en sus manos temblorosas y empapadas de letras, lo que parece ser su mejor escrito. Cuenta la cantidad de páginas y el filo del papel abre una pequeña herida en el dedo índice. El hilo de sangre mancha las hojas, creando dibujos como en la prueba de Rorschach. Se espanta y las deja caer regándolas por el suelo. En el techo, el humo recobra su forma de hombre y la observa detenidamente. Aumenta su ansiedad y el corazón galopa a la velocidad de una estampida de cebras. Boca arriba en el piso, se agarra el pecho. Se le escapa el aliento. La brisa aglomera el escrito, mientras de la nube llueven páginas en blanco sobre su cuerpo inmóvil. 

Pierde la noción del tiempo. Pasan los días, las semanas, los meses y nadie sabe de su paradero. Las autoridades tocan a la puerta. No contesta. La brisa se cuela por debajo de la puerta, se enreda con el humo y se escapa de la habitación bajando las escaleras. Se detiene en la acera. Se mezcla con las hojas de los árboles y las páginas sueltas de un periódico que vuela sin rumbo. La portada reseña la noticia de una mujer desaparecida. 

Las autoridades regresan, fuerzan la puerta y encuentran el cuerpo de la mujer en estado de descomposición. El agente trata de descifrar la escena. Hay papeles pegados en las paredes, libros regados por el suelo y el cadáver sobre una mancha violeta oscuro. El oficial nota los papeles con sangre y decide recogerlos. El humo envuelto en la brisa regresa y con un rudo golpe entra por la espalda del agente poseyéndolo. Aturdido, el hombre se incorpora, se mira las manos y observa su alrededor. Palpa su rostro, recoge el escrito y lo coloca en el bolsillo de su chaqueta, sin que nadie lo note.
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