Edgardo G. Ortiz Flores: [Dos Gardenias]

                              

El caso es este: hacía poco llegaba a Santiago y no conocía a nadie, así que la buena Laura quiso tirarme una fiesta en su apartamento para darme la bienvenida y de paso presentarme a algunas de sus amistades de la Universidad Católica. Yo detesto ese tipo de soirées, especialmente si son para uno, o lo que es peor por el bien de uno, pero después de vagar solo tantos días te cansas y el pisco se hace pésima compañía, comienzas a preguntarte si la soledad tuya es mayor que la de ese o aquél aunque una cosa es clara: debo ser el puertorriqueño más solitario en todo Chile.

Omitiré los detalles de una fiesta por lo demás sosa. Éramos tres puertorriqueños: Laura, Whiskeylabia y yo. Ese no era su nombre, claro, respondía a las primeras palabras que me dijo luego de presentarse: hoy es noche de whiskey y labia. Mientras decía esto movía las cejas de una manera insoportable. Me preguntó si quería ser su wingman, yo dije que si quiero ser tu qué y él repitió: que si quieres mi wingman. Obviamente dije que no, aunque igual hablé poco con él, puede que fuera el tipo más banal que he conocido en mi vida. 

En determinado momento de la noche también conocí a Mariela Mendiguren, una especie como solo se encuentran en estos rincones de Latinoamérica, lo que se diría una cero posibilidad, no por iniciativa mía, claro, cuando llegó puede que me mirara de reojo, no sé, aun así el recato me mantenía a cierta distancia, algún propósito debía obedecer el pretexto de la fiesta. Ya Laura se encargaría. Lindo apellido, me dijo que era catalán, eso y veinte cosas más, puedo ser muy locuaz si me lo propongo. La conversación con ella fue placentera. Confesó haberme visto el otro día en el metro, en Los Héroes, esperando al otro lado de los rieles. Pregunté qué le había hecho fijarse en mí. Tu mirada, dijo, noté que me mirabas justo a mí. Traté de acordarme. Por un momento pensé que se trataba de una mala broma, Los Héroes a esa hora estaba atestado. yo seguramente miraba para cualquier lado. Me supo mal no recordarla. Parecía el único ser interesante allí. 

Nos interrumpió Whiskeylabia, que ignorando por completo mi presencia se puso a hacerle conversación a Mendiguren. Parecían conocerse. Yo entonces dejé que se moviera a sus anchas. Whiskey era un tipo guapo, pero si algo pasaba entre ellos, yo habría perdido toda fe en la humanidad. Además, era bajito. Los dejé hablando y fui al balcón a buscar una cerveza, eso sí, sin dejarlos fuera de vista. Afuera estaba Laura con una pareja de chilenos. Eran simpáticos, ofrecieron llevarme a Valparaíso la semana entrante. 

Volví la mirada y vi que seguían hablando. Advertí algo más: me miraba, el hijueputa me miraba. Sentí que me hervía la sangre, algo extraño operaba en mí, una sensación que nunca había tenido antes. Whiskeylabia había herido mi orgullo. 

Tengo dos formas de llevar la embriaguez, la primera es mal y la segunda también es mal. El vino transmuta la nieve en fuego y al fuego lo vuelve piedra. Eso no lo digo yo, eso lo dijo Nicanor Parra, que sin duda es el poeta más groso que jamás parió Chile. Algo parecido debí de decirle a Laura y los chilenos cuando, contrario a mi voluntad, toqué el suelo. 

Cuando cobré el sentido me encontré sentado en una silla del balcón. En mi desconcierto vi que la propia Mendiguren me pasaba hielo por la frente, no había nadie más. Me sacudí. Nada como el agua fría, el bochorno y el calor de una mujer para devolverle los ánimos a uno, ahí estaba ella a dos pulgadas de mi cara. ¿Qué más necesitaba? No vacilé. Ella me respondió el beso algo sorprendida. Atrevido, dijo, esbozando una sonrisa cómplice. El resto sobra contarlo. Nos dimos cuenta de que éramos los últimos que quedábamos en el apartamento, así que bajamos. En el fondo de las escaleras nos topamos con Laura, que se estaba despidiendo de alguien. Era el Whiskey. Ella nos miró sugestivamente y él, bueno, el Espíritu Santo no estaba en sus ojos. Crucé el portal que ni Bismarck el Arco del Triunfo. Mi apartamento quedaba en Huérfanos. Subimos torpemente al octavo piso y sucedió lo que tenía que suceder. 

El sol me despertó casi a mediodía. Lamenté mi pereza de no haber comprado cortinas. Entonces miré el amasijo de rizos que descansaba sobre mi pecho y me reí pensando que ayer esta habitación había sido el centro de operaciones de mi soledad. 

Fuimos a desayunar a un café cubano cerca de mi edificio. Nos sentamos afuera. Por un momento imaginé cómo sería si de casualidad Whiskeylabia se apareciera por allí. Miraba la esquina de la calle esperando, anhelando, que en cualquier momento diera la vuelta y nos viera. Luego me reproché duramente tan infantil actitud. ¿Acaso no era suficiente ya? Después de todo, Mendiguren sí me gustaba, el hecho de que hubiera querido irme con ella nada tenía que ver con Whiskey. 

Cuando volví a ella noté que había bajado su menú. Me miraba fijamente y sonreía con los labios. Riéndome pregunté si pasaba algo. Nada, dijo, cuando te vi en el metro nunca pensé que estaríamos así. Me sonrojé. En la radio sonaba Dos Gardenias, en principio un bolero romántico, aunque si uno aguza el oído, más bien es un bolero melancólico. Pensé en mis primeros días en Santiago y en cómo quizás a los caribeños, exportadores mundiales de la felicidad, se nos ha vedado el derecho a estar tristes. Luego del desayuno subimos de nuevo al apartamento. 

Cuando terminamos ya estaba oscuro. Las cortinas no eran lo único que faltaba en mi apartamento, tampoco había luz eléctrica. Me salí de la cama y la dejé a ella durmiendo. Desnudo, fui a mi balcón, mucho más pequeño que el de Laura, y por un momento contemplé las luces nocturnas. Bajé la vista a la calle y noté que bajo la luz de un farol se erguía una silueta. Hubiera jurado que me miraba a los ojos y se me pusieron los pelos de punta. Luego recordé que en la oscuridad sería imposible que alguien me viera. Al cabo de unos segundos, identifiqué el rostro de Whiskeylabia. Parecía llorar. Claro, su deuda conmigo estaba salda. Aquel era otro pobre diablo condenado a la felicidad.
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