Edgardo G. Ortíz: [Amalia]



Por mi parte, soy, o creo ser, bastante cursi, pero jamás he conocido un hombre tan melancólico y necesitado como Carlos Casalduc. 

Era una tarde de principios de semestre, y me sobraba tiempo para la próxima clase, así que salí a tomar un café y leerme una novela para pasar el rato. Recuerdo que leía El Conde de Monte Cristo por cuarta vez. Miré el reloj, y como aborrezco todo café servido dentro de la Universidad, emprendí marcha hacia el casco de Río Piedras. 

Debí cortar por la facultad de Humanidades, porque cerca del puente que da acceso a la Brumbaugh me encontré a Antonio, el menor de los gemelos Casalduc, sentado en un banco liándose un cigarrillo. Ese verano lo había pasado de internado y no vi rastro de ninguno de mis amigos. Me sorprendió que efectivamente no lo hubiera visto ni a él ni a su hermano hacía casi dos meses. Después de un todobién, de esos que no se contestan, me ofreció un cigarrillo. Negué con la cabeza, era demasiado temprano, y él hizo un cómico gesto de allá tú mientras lamía el papel para sellarlo. Me dijo que iba para el apartamento, que si quería ir, y yo que, de momento, no tenía nada mejor que hacer, opté por acompañarlo. Por lo visto su verano había transcurrido sin mayores novedades. Antonio nunca se destacó por dar cuentas detalladas de nada, siempre acababa uno mismo atando los cabos. 

Cruzábamos la Ponce de León cuando le pregunté por su hermano. En el apartamento con Amalia, contestó. ¿Con quién? Amalia, Pollina. ¿Con Pollina?, no le creí. Sí, Pollina. Me tomó un minuto asimilarlo. Pollina era una muchacha que conocimos una vez fumando frente al Teatro. Era el tipo de persona a la que le dices que te duele una herida y la toca por fastidiarte, sólo porque le da risa. En realidad su nombre era Amalia, pero a sus espaldas le decíamos Pollina, porque la llevaba terriblemente mal cortada, de modo que no le sentaba muy bien, pero más que nada porque no la soportábamos en discusiones. Andaba siempre con un chamaco del Programa de Género que se llamaba Wálter o algo así, no recuerdo. Nosotros le decíamos Heteronormativo. Juntos hacían una formidable pareja de debate, él transgrediendo la subversión abyecta de queseyoqué y ella dilatándose con rodeos, al punto de hacerte olvidar su argumento inicial. Los detestábamos a ambos. Naturalmente, la idea de que Carlos estuviera a solas con alguien como Pollina, que no era fea pero bastante por debajo de los estándares del grupo, me sobrecogió. Antonio, en cambio, se reía de mí. ¿Te sorprende?, preguntó. Concluí que no, si algo distinguía al mayor era que no sabía estar solo. 

Bajamos las escaleras hasta el redondel de la calle Humacao, cerca de donde ellos se hospedaban. Según pude reunir del pobre recuento de Antonio, a Carlos lo había dejado su novia de seis meses a principios de verano y este, abatido, no tardó en recalar en los consoladores brazos de Pollina. Nada me prepararía para lo vivido esa cálida tarde de agosto. 

Se trataba de un edificio de dos pisos: Antonio y Carlos ocupaban el nivel inferior, mientras que su hermana (que de paso está buenísima) compartía los altos con una amiga de la infancia. El acceso al apartamento se daba mediante un portón que abría a un pequeño patio, espacio que esta vez por alguna razón lucía muy distinto. En los cuatro años que conocía a los hermanos Casalduc, jamás había visto un solo indicio de vida en esa lúgubre loza de cemento, pero ese día la vi poblada de todo género de flores, orquídeas, plantas medicinales, bonsáis y hasta una enredadera comenzaba a hacer suya la pared que albergaba la puerta de entrada. Era, en todos los sentidos, otro lugar. ¿Qué carajo pasó aquí?, pregunté. Antonio volvió a reírse. Pollina, claro. Debo admitir que las plantas le habían dado un nuevo soplo de vida al patio, pensé que quizás este nuevo episodio amoroso de Carlos podría resultar al menos en algo ventajoso. 

Avanzamos hasta la puerta abierta, frente a la cual se habían puesto a secar dos mats de yoga. Son de pilates, aclaró Antonio con las cejas bien arriba, como queriendo decir que no me atreviera a confundirlos. Ni bien me había disculpado cuando entrábamos a la sala y me azotó un fuerte tufo, dulce y empalagoso, como si alguien me hubiese enterrado una rama de canela en cada fosa nasal. No pude más que toser incontrolablemente. Pude identificar que el hedor provenía del humo de una pequeña estaca que quemaba encima del televisor. Me eché el cuello de la camisa encima de la nariz. Antonio me miró con los hombros alzados: te acostumbras. Es un incienso, dijo Carlos, que aparecía por el pasillo del apartamento. Se me hace difícil incluso ahora detallar lo que llevaba puesto ese día: una especie de camisa (camisa, blusa, nunca supe bien) con el cuello abierto hasta casi el ombligo y de mangas exageradamente anchas, muy largas para ser cortas pero a la vez muy cortas para ser largas, un pantalón de tiro embolsado que sólo pude asociar con los de Alí Babá (aunque bien los de éste fuesen de más gusto). Para rematar, unas sandalias de gladiador. Era todo un espectáculo penoso. 
Logré retirarme la camisa de la nariz para decirle a Carlos que parecía que lo habían sacado de una lámpara mágica. Es un dashiki, es de África, contestó él. ¿Te la regaló Pollina?, bromeé. Me corrigió: Amalia. Ah, pues te sienta muy bien. Mentí. 

De alguna otra parte del apartamento el sonido de una ducha hizo vibrar el aire. Me excusé de no estar allí más tiempo con el pretexto de mi próxima clase, para la cual realmente aún faltaba. Pronto saldría Pollina de la ducha a rociarme con Dios sabe qué diablos y no hubiese podido soportar mucho más la penumbra de tanto infortunio. Carlos me despidió en la puerta, no sin sentirse impelido a regalarme un cuarzo. Lo acepté, y ahora se lo saco en cara cada vez que me invita a una clase de crossfit o algo parecido porque según él sutana o mengana están metidas en eso. Ya no está con Amalia, obvio, pero afortunadamente aún queda una que otra planta con vida en su patio en la Humacao.
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